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Opiniones libres de algoritmos

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Youngsplaining

Foto: Tiago Muraro | Unsplash

Mi madre tiene una edad. 81 años. Siempre le han dicho que no aparenta los años que tiene, que es algo que se le dice a las personas inteligentes, a los guapos, a los que visten de forma desenfadada. A todos aquellos que no imitan a un grupo o una tribu: la llamada “gente sin edad”, pero la realidad es que es una anciana y como anciana se siente cuando va por el mundo.

Todas las semanas me habla de sus aventuras en la gran ciudad, de sus visitas al cine o al teatro, me tiene al día de la cartelera, de sus lecturas, de lo que merece la pena. Es una mujer informada, que compra la prensa y que disfruta de una grata conversación, a poder ser, literaria. Entre las historias que me cuenta de sus compras, de sus paseos, se repiten incesantemente una serie de frases, de anécdotas, de quejas sobre la gente joven. Un día, un dependiente de una librería le corrigió como si fuera boba la pronunciación de un autor. Ella quería un libro de André Gide (y lo pronunció en francés, es decir, Yid) y él la corrigió sonoramente pronunciándolo en español (diciendo Jide), otro día, una dependienta de otra librería le dijo que no la entendía cuando le pidió un libro de Knausgard y mi madre se lo tuvo que escribir… Y oye, pues será una señora mayor, pero miren, mi madre sabe perfectamente decir Knausgard, porque no hay mayor fan de Knausgard que ella. Otras veces, me comenta lo doloroso que le resulta que ya no se puedan sacar entradas por teléfono para el teatro, porque ahora todo se hace a base de páginas web y ella, dinosauria digital, o bien tiene que pedirle al hijo de una amiga que se las saque, cosa que le fastidia, o bien tiene que presentarse en persona en el teatro, a riesgo de encontrarse con que no haya entradas tras el largo recorrido en autobús, seguido de alguna contestación condescendiente por parte de la taquillera, que siempre la refiere a alguna página web para informarse.

Mi madre me pone al día de los obstáculos que encuentra y en su queja suave y estilosa —siempre lo hace con humor— me he dado cuenta de que lo que creemos un cliché, eso de que los “viejos” siempre se quejan de que los jóvenes de hoy día son unos maleducados, es una realidad. Porque es verdad. No porque los jóvenes de hoy sean peores que nunca, sino porque los jóvenes de todas las generaciones vimos con desprecio a los ancianos que convivían con nosotros. Un desprecio paternalista, lleno de prejuicios, de desconocimiento de lo que es un anciano, como si al ser viejo dejases de ser individuo y te convirtieras en un animal de una raza diferente. Si las mujeres nos quejamos del mansplaining, imaginen lo que los viejos podrían decir del youngsplaining. Ese explicarle al anciano como si fuera imbécil la cosa más tonta y encima, explicárselo mal. “Señora, es que es Jide, Jide, no Yid”.

Yo creo que este es el quid del asunto, que los jóvenes, de hoy y siempre, que probablemente sean muy majos con su novia o con su madre, y unos encantos con sus amigos, se exasperan con los ancianos antes de que toque exasperarse, entablando con ellos una relación tensa desde el inicio por culpa del consabido cliché de que los viejos “no se enteran”. Pues se enteran. Esperad sabiduría y buen humor, y veréis que risa os pasáis con ellos, porque los ancianos son divertidos, se las saben todas, les gusta la interacción.

Así que, jóvenes, no seáis jóvenes con los viejos, guardaos en la mochila el youngsplaining, hombre, no esperéis que una señora de pelo blanco desconozca la existencia de Knausgard o no sepa hablar francés. Al contrario, esperad que un viejo sea, por ejemplo, fan de Bob Dylan… Cause we were so much older then, I am younger than that now.

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