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Zaplana, el sospechoso antibalas

Foto: Flickr

Aquella boda de El Escorial ha terminado siendo una parrillada humana. Hubo una época en la que el PP no estaba quemado por las cajas B llevadas por managers de boxeo, los vendecoches con bigote de forzudo de la Gürtel ni los ajustes de cuentas en un Madrid julio-claudio. Sí, estuvo el caso Naseiro, pero se desinfló y quedó muy lejos de Aznar. Lo más que hacíamos con los del PP, pues, era llamarlos pijos, y si estaban quemados era como por un sol de Panamá, que es lo que parecía Zaplana, un indiano en el Gobierno. Antes de ser culpable o soso, el PP sólo era pijo, traía regatistas de Valencia, sacaba pamelas con botavara y llevaba morenos de Julio Iglesias al Congreso, que parecía todo decorado de griferías de caoba. O se casaba en El Escorial, que es como el asador de pollos de los arcángeles, arrastrando los mismos peperos las colas y los fracs como alas reventonas. Allí se envenenaron con algo, quizá con la propia historia de la ceniza humana o de los dioses, y se pusieron de acuerdo para ir cayendo también todos como ángeles caídos, ángeles de primera comunión con alitas refritas. Zaplana ha sido el último llamado a cumplir su destino.

Zaplana entró en la política tras una moción de censura con tránsfuga en Benidorm. Se hizo alcalde ya con esa primera sospecha o clasicismo, y que no es una manera de empezar mal, sino al contrario, una manera de empezar negándolo todo con una naturalidad que ya se hace confiada y habitual. Es falso que dijera “estoy en la política para forrarme”. Ése fue Vicente Sanz, aunque en conversación con Zaplana. Las escuchas del caso Naseiro lo pillaron también hablando con Salvador Palop, pero fueron declaradas nulas. La sospecha se le pegaba y se le despegaba con la misma facilidad, así que Zaplana era una especie de sospechoso habitual que no te convence, pero te cansa por no encontrarle nunca nada.

Quizá porque la sospecha indemostrable da mucho caché en política, Zaplana llegó pronto a presidente de la Generalitat valenciana. Sólo Rita Barberá, fallera perpetua, le hacía algo de contrapeso en un PP valenciano que dominaba. Zaplana no sólo tenía moreno de faraón, sino que tuvo una época de verdadero faraón levantando monumentos en el desierto o en los palmerales, la Ciudad de las Artes y las Ciencias o Terra Mítica, donde también hubo sospechas de comisiones ilegales que no llegaron, sin embargo, a rozar al presidente, al que le rebotaban todas las balas. Hasta unos pagos a Julio Iglesias por su promoción de la Comunidad Valenciana tuvieron caso propio, el caso IVEX. El de Iglesias y Zaplana era un dúo de morenos digno de un mambo, pero la cosa no llegó a más.

Zaplana fue nombrado ministro por Aznar y Valencia quedaba en manos de Camps, con el que mantuvo siempre un enfrentamiento sostenido y expresivo, como de consuegros. Aún se echan en cara quién llevó a Valencia a la Gürtel. El PP valenciano, luego, se iría pudriendo como ya conocemos, o estaba podrido antes, de tanto resol de mar y naranja haciendo su propio bodegón de oro con la política. En Madrid, Zaplana fue un ministro olvidable y un portavoz cenizo que tuvo que dar la cara, algo torcida ya por las evidencias, tras el 11-M. En 2008, Zaplana, a quien Rajoy mantenía sin ganas, como por compromisos de pariente, se marchó por una puerta giratoria para dejarnos ese recuerdo de indiano con limpiabotas que se nos viene a la mente con su nombre.

A Zaplana nunca le pudieron probar nada, aunque (casi) toda la Comunidad Valenciana fue suya en la época en que se levantaba su Egipto y engordaban sus escorpiones. Nunca perdió su influencia allí, cosa que enfurecía a Camps. Y siempre presumió de no tener mancha judicial. Ahora, el faraón con moreno de cantor de jazz ha sido detenido acusado de blanqueo y cohecho. Es como el que faltaba para completar la baraja de caídos de El Escorial. Pero qué es la maldición de El Escorial ante un sospechoso antibalas.

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