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Foto: Andy Miah | Flickr

Dejó dicho Jorge Semprún que el hecho político más relevante del siglo XX había sido el fracaso del comunismo. O, si se quiere, el fracaso de la praxis comunista tal como fue entendida en la Unión Soviética y sus distintos satélites, incluida la China de Mao. A su juicio, quedaba con ello demostrada la imposibilidad del colectivismo a gran escala. Y lo decía alguien que había creído fervientemente en esa posibilidad: un viejo feligrés de la religión política más exitosa de la modernidad. En La guerra ha terminado (1966), que escribió para su amigo Alain Resnais, Semprún vuelca su experiencia en la clandestinidad antifranquista y su distanciamiento del Partido Comunista que había abandonado en 1964. El protagonista, interpretado por Yves Montand, trata inútilmente de convencer a sus camaradas de que las así llamadas “condiciones objetivas” para la revolución no se daban ya en España y que, por tanto, era absurdo repartir folletos convocando una huelga general que no tendría lugar. Se adelantó a su tiempo: el PSOE no abandonaría formalmente el marxismo hasta 1974 y los noveaux philosophes que romperían con el marxismo todavía iban al colegio.

Es fácil olvidar que por aquel entonces todo el mundo era marxista, en cualquiera de las denominaciones existentes: estalinista, leninista, maoísta, trotskista. Ser marxista y ser cool era lo mismo: no se podía ser otra cosa. Y no digamos en una España que todavía soportaba el peso intolerable de una dictadura militar. Aunque la verdad sobre el comunismo realmente existente no era del todo desconocida para los compañeros de viaje, defender la causa general del comunismo -por encima de sus encarnaciones terrenales particulares- aconsejaba vivirla discretamente. Tal como confesó en cierta ocasión Manuel Vázquez-Montalbán, no había que desilusionar a la clase trabajadora. Luego, pasó el tiempo y cayó el Muro de Berlín: aprendimos que la realidad del marxismo revolucionario se parecía muy poco a su abstracta promesa filosófica.

Pero ha pasado algo más de tiempo y esa abstracta promesa filosófica ha vuelto a recuperar su brillo. En un inolvidable spot para la así llamada Universidad de Verano de Podemos, Juan Carlos Monedero no se olvida de meter en la maleta el tomo 24 de las Werke de Marx y Engels. ¡En alemán! Ser (neo)marxista vuelve a ser cool: abajo con el hipster sin sustancia. Para quienes nos dedicamos a la teoría política, el asunto puede ser fascinante: la teoría ha incorporado algunas novedades (las tesis lacanianas, los estudios culturales, el tiempo mesiánico de inspiración paulina) y ocasionales dosis de realismo antropológico (la precupación por el día después de la revolución, el problema de la envidia, la cuestión ecológica). Pero no hace falta añadir que las instituciones políticas y económicas llamadas a organizar el tiempo nuevo del socialismo aún no han sido descritas: lo que era hermético sigue siendo hermético. En eso, debe admitirse que el cristianismo lleva ventaja: el entero Libro IV de la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino está dedicado a describir las postrimerías humanas con todo detalle. Y hemos de suponer que el escolástico italiano también llenaba los auditorios.

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