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Zweig procesado

Foto: HANDOUT | Reuters

Desde hace siglos sabemos que aquellos que atentan contra la libertad, la democracia o la cultura lo suelen hacer en el nombre de estas, ya que cuando las palabras pierden su significado, los demagogos toman el poder. Así, el independentismo catalán logró, en su momento, disfrazar con ropajes democráticos lo que iba a ser un asalto a los derechos y las libertades de todos los catalanes. Y en eso siguen cuando nos pretenden vender su localismo iliberal con envoltorios cosmopolitas o humanistas.

En el último pleno del Parlamento catalán pudimos observar un nuevo ejemplo de los tiempos a los que nos enfrentamos. Un diputado de Junts per Catalunya expuso desde la tribuna su proyecto excluyente y lo hizo con referencias a Stefan Zweig. El compañero de listas de Puigdemont -sí, del político que llegó a prometer “más miedo” y a celebrar que se había convertido “en un pollo para el Estado”- se presentaba como un Castellio renacido.

Pocos fenómenos políticos en la Europa de hoy son tan contrarios a la cultura cosmopolita del escritor vienés como este separatismo que ha conducido la sociedad catalana al borde del abismo. Pocas actitudes más alejadas de los ideales humanistas que las de quienes no sólo se erigen en la voz del pueblo, excluyendo a todos los que no comparten sus objetivos maximalistas, sino que consideran traidores a los compañeros de viaje que reclaman algo de realismo. En fin, si algo odiaba Zweig era el fanatismo. Algo lógico en un auténtico hombre de cultura.

No nos engañemos. El nacionalismo observa la cultura como algo meramente instrumental. Estamos ante una ideología de poder, que no desea una cultura de excelencia. Simplemente la quiere al servicio de su proyecto político. Y sabe hacerlo. El propio Zweig destacaba, entre admirado y preocupado, “el modo en que el nacionalismo sabe representarse con los recursos del arte y del teatro”. El nacionalismo catalán -como todo nacionalismo- no ha impulsado la cultura, entre otras razones, porque no ha exigido calidad, que es de lo poco exigible, sino proselitismo político. El nacionalismo es mediocridad subvencionada. Y, como nos recuerda Rob Riemen en sus necesarios libros, sin cultura, no hay libertad. De este modo, el proceso nacionalista que sufrimos en Cataluña no sólo socava pilares de la libertad como el Estado de derecho o destruye el manto protector que es la sociedad civil, sino que también perjudica la sociedad que dice defender, politizando y manipulando lengua y cultura.

Con todo, finalicemos el artículo con cierto optimismo. En su Erasmo de Rotterdam, Zweig afirma que “el destino de todo fanatismo es consumirse a sí mismo. La razón, eterna y calladamente paciente, sabe esperar y perseverar. A veces, cuando los demás, ebrios, se embravecen, tiene que callar y enmudecer. Pero su tiempo llega, siempre vuelve”. Tras un sexenio de ebriedad nacionalista, la soberbia les ha conducido a la frustración y ésta a un peligroso resentimiento. Sí, se consumen a sí mismos. Estamos en esa fase, aunque me temo que la desintoxicación moral va para largo.

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