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Aurora Nacarino-Brabo: «España es un país detenido»

La politóloga y exdiputada de Ciudadanos habla con David Mejía sobre su pasión por el fútbol, su vocación política y el sueño frustrado de la regeneración democrática

Aurora Nacarino-Brabo es licenciada en Periodismo y analista política. Ha colaborado con medios como Letras Libres, El Mundo, El País, El Confidencial o THE OBJECTIVE y participado en los libros colectivos Anatomía del Procés (Debate) y El porqué de los populismos (Deusto). Asimismo coordinó, junto a Juan Claudio de Ramón, La España de Abel (Deusto). Ha sido Editora Ejecutiva en Grupo Planeta y fue asesora parlamentaria en las legislaturas XI y XII y diputada en el Congreso en la XIII legislatura por el Grupo Ciudadanos.

P. Siempre que te leo pienso en dos cosas: una, tu capacidad de análisis político y tu afición por el Real Madrid. Entiendo que cronológicamente vino antes el Real Madrid.

R. Sí, pero tampoco mucho antes, no creas. Pero sí, el Real Madrid es algo que ha estado conmigo desde pequeña, no sé muy bien por qué, porque en mi casa eran del Madrid, pero mi padre no ha sido nunca una persona muy futbolera. Para mí el fútbol es una de las cosas más importantes de la vida. Se dice que de las cosas menos importantes, es la más importante. Pienso que cuando sea muy vieja, si tengo la suerte de llegar a serlo, eche la vista atrás y piense cuáles han sido las cosas que me han dejado huella en la vida, una será el Real Madrid. Haber visto a Modrić o a Benzema, ver correr la banda a Roberto Carlos o a Marcelo, ver jugar a Ronaldo o a Cristiano Ronaldo. Eso me lo llevaré.

P. Ignacio Varela nos dijo en este mismo sofá que el fútbol nos permite abrir una ventana de irracionalidad. ¿Compartes esa decantación emocional en el fútbol que no te la permites en otros ámbitos?

R. Sí, digamos que es la pacificación de las costumbres. Hay algo en el fútbol que es muy difícil de trasladar a quienes no lo viven así, a quienes no lo disfrutan, y por extensión creo que pasa con el deporte en general. Recuerdo hace muy poquito, cuando Roger Federer anunció su retirada, esa imagen de Nadal y él cogidos de la mano llorando. Y el deporte y el fútbol tienen eso, el compañerismo, la rivalidad, la entrega, el sufrimiento, la victoria, el júbilo, la lealtad… una serie de valores que no se me ocurre otro sitio en el que puedan registrarse, salvo quizá en la guerra. Ese tipo de amistad y de rivalidad, de entrega y de sacrificio, solamente lo vemos en las películas de guerra y en el western. 

P. Porque además de ser aficionada, has jugado mucho al fútbol.

R. Sí, he jugado mucho, de hecho hasta hace unos meses que me rompí los ligamentos del tobillo -precisamente jugando al fútbol. De niña me iba a jugar al fútbol con los chicos de mi urba, eran todos niños y yo era la única niña, pero nunca me causó ningún malestar, ni me hice demasiadas preguntas sobre si eso era normal, o por qué no había otras niñas allí. Simplemente éramos un grupo de niños pasándolo bien, jugando al fútbol o jugando a las chapas -en verano hacíamos el Tour de Francia-. Era algo muy natural.

P. Dices que nunca se te hizo raro ser la única chica entre chicos. Desde esa experiencia, ¿cómo ha sido tu relación con el feminismo?

R. Bueno, el feminismo, por oposición al machismo, lo descubro tarde porque crezco en una familia y en un ambiente en el que nada me permite intuir que existe una desigualdad de género. En mi casa me dieron todas las oportunidades, sin distinguir con mis hermanos varones, y siendo niña jamás pensé que se me pudiera poner nada por delante por el hecho de ser mujer. Eso lo vas descubriendo posteriormente. Para mí el feminismo siempre ha sido una idea muy emancipadora, de derribar barreras. Por eso no me siento muy identificada con el discurso, a veces victimista, que trata a las mujeres como seres frágiles a los que hay que proteger. Veo la forma en la que se habla muchas veces a las chicas más jóvenes, a las adolescentes, y lo que tratan no es de que sea una mujer más fuerte, más autónoma, más libre. Lo que tratan es que sea una mujer que viva con miedo, que tenga miedo de salir por la noche, que desconfíe de sus compañeros en el instituto, que piense que allí donde hay un hombre, hay una amenaza. Y esto me preocupa porque nos hace menos libres. Sí creo que existe la desigualdad de género, incluso que las mujeres afrontan obstáculos que los hombres no se ven obligados a afrontar. Y más cuando una mujer quiere ser exitosa profesionalmente y al mismo tiempo quiere tener una familia. Esa conciliación sigue siendo una tarea pendiente. Pero jamás he visto en el hombre a un enemigo. Desde pequeña, no solamente porque jugara al fútbol, en todos mis grupos de amigos estaban presentes las chicas y los chicos mezclados por igual, y esa era una convivencia muy natural y normalizada. Entonces nunca he tenido ese problema.

Aurora Nacarino durante la entrevista. | Imagen: Carmen Suárez.

P. Cumpliendo con la tradición de este sofá, ¿tú también reniegas de haber estudiado periodismo?

R. Sí. Yo estudié periodismo porque no sabía qué estudiar. Y esto me lleva a otra idea, que es cómo en la vida hacemos adoptar decisiones súper trascendentes a personas que no están formadas, a chavales de 17 años que no tienen muy claro lo que quieren hacer en la vida. Y muchas veces esas decisiones son irreversibles. O después, para cambiar de rumbo, exigen un esfuerzo muy grande. Estudié periodismo porque, sin tener muy claro lo que quería hacer en la vida, era algo que intuía que se me iba a dar bien porque se me daba bien escribir. Mi madre era periodista e incluso mi bisabuelo fue un periodista importante, y simplemente por eso decidí estudiar periodismo.

P. ¿Quién era tu bisabuelo?

R. Bueno, mi bisabuelo fue el pionero de la radio en España. Esto nunca he tenido ocasión de contarlo, pero cuando se habla de los orígenes de la radio en España, siempre se dice que Radio Barcelona, de la Cadena Ser, fue la primera emisora que hubo. Pero no es cierto, la primera emisora que hubo se llamaba Radio Ibérica y estaba en Madrid. Y la primera voz que habló por las ondas de la radio en España fue la de mi bisabuelo, que se llamaba Arturo Pérez Camarero, y tenía un seudónimo que era «Micrófono». Y guardo alguna foto familiar en la que sale él reunido con Guillermo Marconi.

P. ¿Tu experiencia en la universidad fue buena?

R. Soy todavía de esas promociones que hicimos licenciatura, es decir, cinco años de carrera. Y creo que le sobraban dos años. Y mi sensación es también que el aprovechamiento que uno obtiene del paso por la universidad depende mucho de uno mismo, no tanto del programa, sino de cómo quiera uno complementar lo que se imparte en la carrera, de las lecturas que quiera hacer, las asignaturas de libre elección que uno elige… todo eso es importante.

P. ¿Ya entonces te gustaba la política?

R. Sí, claro. Yo no tenía vocación de periodista, y de hecho estudié periodismo sin la más mínima intención de ejercerlo, que es peor. Y acabé de algún modo haciendo política. Si preguntas a la gente que ha estado en política, casi todos te dicen lo mismo, que es que jamás pensaron que iban a estar en política, es algo que les vino después. No es mi caso, si tengo que ser honesta, tengo que decir que la única vocación clara que he tenido en mi vida es la política.

P. ¿Era una vocación de servicio público abstracta o te sentías atraída hacia algún partido concreto?

R. Es la idea de trabajar por tu país, de hacer que el país en el que vives sea mejor, que es una idea de partida, expresada a través del entendimiento de alguien que todavía es un niño o adolescente. Puede ser un poco naíf, la pretensión de que un país puede cambiarse a mejor. Pero bueno, de algún modo sigo creyendo en esa forma de entender la política. Además, crecí en una familia politizada. Mis padres habían militado en el Partido Socialista, incluso cuando todavía era un partido en la clandestinidad. Mi socialización política tuvo lugar en el centro izquierda y en el PSOE. Ahora que precisamente se cumplen 40 años de la victoria de Felipe González, tengo en casa una de esas fotografías instantáneas de las elecciones del 82, en la que salen mis padres, algunos de mis tíos y algunos de sus amigos celebrándolo. Tienen una bandera del PSOE, con el logo antiguo además, y una tarta con el puño y la rosa donde pone «viva el cambio». Y me hace mucha gracia; es una foto fija que retrata muy bien un país y un tiempo determinado, que es ese momento en el que la democracia está echando a andar. Es un recuerdo bastante entrañable que tengo.

P. Uno de los hitos de la politización de nuestra generación fue el 15-M de 2011. ¿Dónde te pilló y cómo lo recuerdas?

R. El 15-M me pilla viviendo en Inglaterra. Había terminado la carrera en 2010. Mi madre había muerto en el año 2009, y bueno, hay un momento en el que decides que tienes que seguir adelante y retomar tu vida, que tienes que dejar de llorar todas las noches y cambiar de aires. Y decido irme a Brighton, a vivir con una prima mía. Y recuerdo el estallido de las protestas aquí en Madrid, porque las noticias evidentemente llegaban allí. Pero lo que me sorprendió mucho fue un día, bajando el parque Level camino del gimnasio al que iba, de repente ver una serie de tiendas de campaña con unas pancartas, y darme cuenta de que era una especie de sección del 15-M en Brighton. Creo que da una idea de la dimensión social y generacional que alcanzó el fenómeno en un momento determinado.

«Creo que España es un país detenido, que ha dejado de hacer reformas y que está perdiendo muchos trenes»

P. Decía Manuel Arias Maldonado en un artículo reciente que aquellas protestas fueron contra el sistema porque gobernaba la izquierda y no se podían dirigir contra la derecha. ¿Coincides en que esto permitió que se pudiera hacer una impugnación generacional del sistema en su conjunto?

R. Creo que sí había algo de generacional, más allá de lo ideológico, y que era comprensible. Esa generación que de repente se da de bruces con una gran recesión, a la que parece que el futuro sólo le depara incertidumbre, a la que se le dice que ya no va a vivir como vivieron sus padres. Eso generó un malestar en un país con el paro estructural más elevado de Europa, y especialmente el paro juvenil más elevado de Europa. Todo eso hace muy comprensible la queja generacional, y de hecho hace muy comprensible que después el sistema de partidos se rompa generacionalmente con dos nuevos líderes, y no solamente con una impugnación de izquierda, sino también con una impugnación de centro, que sería la de Ciudadanos. Pero antes de llegar eso, era una protesta indefinida, un poco naíf, con unos eslóganes sin definir. Recordemos aquello de «nuestros sueños no caben en vuestras urnas», que era cursi e infantil, pero que de algún modo expresaba un malestar justificado. Es verdad que no gobernaba la derecha, pero lo que sucedió después en las urnas  fue la mayoría absoluta más robusta que ha obtenido jamás la derecha en España. Tampoco me parece sorprendente, porque algo parecido había sucedido en mayo del 68, donde hubo una reacción conservadora a favor del orden, con la victoria de De Gaulle.

P. Sí, pero tampoco la victoria es una reacción al 15-M, sino a la situación económica y a los errores.

R. No digo que sea una reacción al 15M, pero de algún modo es como si no lo hubiera tenido en cuenta. Este fenómeno tan disruptivo que ha protagonizado el país durante los últimos meses, resulta que no ha quedado registrado en absoluto en las urnas. Es llamativo.

P. Y cómo viviste el nacimiento de Podemos, ¿en algún momento lo percibes con esperanza?

R. No, en lo personal jamás me lo creí, nunca me creí esos mensajes que convivían entre el populismo y la antipolítica. Pero me parecía razonable que el sistema estallara generacionalmente. Y lo que hicieron los líderes de Podemos fue tomar nota de lo que decíamos antes: ha habido un estallido político y social muy disruptivo y sin embargo, cuando se han abierto las urnas, esto no ha quedado registrado de ningún modo. Y al final, todo eso que era tan poco jerarquizado, tan anárquico, tan asambleario, tan desordenado… se dan cuenta de que la única manera de que produzca un cambio real en la política del país es canalizarlo a través del orden institucional y de los partidos políticos. Y entonces montan esa plataforma que es Podemos. Volviendo a mayo del 68: al final, Daniel Cohn-Bendit acaba haciendo carrera política en el Parlamento Europeo por los cauces normales de la política. Y eso es bueno porque significa que el sistema es sólido, que las instituciones funcionan y que son capaces de canalizar las demandas y los malestares de la sociedad.

P. ¿Y en qué momento empiezas a intuir que Ciudadanos es el partido que mejor te representa?

R. Cuando se produce esa quiebra del sistema bipartidista, lo hace con la aparición de dos nuevos partidos y con un claro sesgo generacional. Se diferencian en muchas cosas, pero lo que tienen en común los nuevos partidos es que son jóvenes. Es decir, hay algo muy evidente, hay una insatisfacción de las nuevas generaciones con la gestión política que han hecho los viejos partidos. Esa quiebra del bipartidismo se produce hacia la izquierda con una propuesta rupturista que es la de Podemos, que pretende plantear una enmienda a la totalidad del 78 y aboga incluso por un nuevo proceso constituyente. Frente a eso hay una vía reformista, que es la que representa el centro, y en la que yo me sentía mucho más representada. Es decir, creo que los viejos partidos lo habían hecho mal; la izquierda, a cuya tradición yo me sentía más cercana, lo había hecho mal, especialmente en Cataluña por esa connivencia con el nacionalismo, que creo que ha sido muy perniciosa para el país. Y yo, como parte de una generación joven, sentía que la socialdemocracia clásica no estaba haciendo nada por los jóvenes, y Ciudadanos representaba esa enmienda reformista. Y teníamos además la sensación de que España estaba perdiendo muchos trenes. Fíjate si tenía ya esa sensación en 2015, cómo tengo esa sensación ahora. Creo que España es un país detenido, que ha dejado de hacer reformas y que está perdiendo muchos trenes y, sobre todo, está perdiendo competitividad a una velocidad de la que no somos conscientes. Vivimos de las rentas del 78. Y por un lado está bien que queramos conmemorar el momento histórico en el que fuimos nuestra mejor versión como país -pusimos en marcha una democracia y empezamos a alcanzar a los países europeos que nos sacaban cierta ventaja-. Pero después nos detuvimos y no hicimos nada durante 40 años. Yo siempre he reivindicado el impulso reformista y eso fue lo que en algún momento simbolizó para mí Ciudadanos. Y por eso creo que los errores que llevaron a Ciudadanos al borde de la extinción son una oportunidad perdida, no solamente para un partido político, sino para un país. Creo que puede volver a haber otro momento reformista, pero costará recuperarlo, y habría sido muy importante que España no dejara pasar esa oportunidad.

P. En la agenda reformista había muchas personas del amplio espacio socio-liberal. ¿Ese espacio se quiebra con la moción de censura?

R. Sí. Creo que en esa coalición reformista había una generación joven que empezábamos a ocupar puestos de cierta responsabilidad en el entorno de los partidos políticos, en los medios de comunicación o en la academia, en las universidades. Nacía del convencimiento sincero de que España necesitaba hacer reformas, pero también de integrar a ambas partes de esa coalición reformista: la socialdemocracia y el centro. El Partido Socialista atraviesa unos momentos muy bajos y piensa que la manera de poder volver a gobernar pasa por una alianza estratégica con el centro, que ya representa Ciudadanos. Y por la parte de Ciudadanos pasa un poco lo mismo, era un partido joven con un programa reformista, pero la única manera de implementarlo, de conseguir que se convierta en un programa de gobierno, es llegar a acuerdos con otros. Y en aquel momento nos parecía que era natural alcanzar un acuerdo con el centro izquierda. Un acuerdo que después llegó a materializarse políticamente.

Aurora Nacarino y David Mejía durante la entrevista. | Imagen: Carmen Suárez.

P. Lo que se llamó el «Pacto del abrazo».

R. Sí, que era un acuerdo que se definió como reformista y de progreso. Pero con la moción de censura, esa mutua necesidad que se había establecido se rompe. La izquierda ya no necesita a Ciudadanos para gobernar, y las ambiciones reformistas pasan a un segundo plano. Ya habían pasado a un segundo plano, desgraciadamente, porque con la irrupción del procés se relega mucho el programa reformista y la cuestión territorial e identitaria ocupa muchísimo espacio. Creo que eso hizo daño a España, no solamente a Cataluña, y no solamente en términos constitucionales, sino en los términos de coste de oportunidad por todo lo que se dejó de hacer mientras estábamos ocupados resolviendo la crisis constitucional en Cataluña.

P. En el año 2018, en conmemoración del 40 aniversario de la Constitución, coordinaste, un libro que se llama La España de Abel, donde muchos jóvenes escribían un texto contra el mito de la España cainita. ¿Cómo ves -a la luz de los acontecimientos posteriores- aquella publicación?

R. Bueno, Juan Claudio de Ramón, que coordinó ese libro conmigo, te diría que es un libro maldito, porque es un poco volver a la que hablábamos: la moción de censura se llevó por delante acuerdos importantes para el país, pero también a un nivel más micro nos afectó a una generación concreta, a un grupo de personas que habíamos compartido muchas cosas en un momento determinado y es frustrante. Creo que forma parte de lo mismo, de una oportunidad perdida. A veces me refiero a todo aquello como una cicatriz, que no está necesariamente mal porque a veces que tenemos que mirarnos las cicatrices para recordar de dónde venimos, y para que cuando vuelva a presentarse una oportunidad para hacer algo que valga la pena, políticamente hablando, tengamos en cuenta qué errores hemos cometido. No quiero ser demasiado pesimista con lo que pasó, «no es más que la vida», decía el poeta. Lo que hay que hacer es mirar hacia adelante, extraer enseñanzas de los errores que se cometen y tratar de hacer las cosas bien cuando se vuelva a presentar una oportunidad. Lo que importa es el país y las reformas que necesita el país que se hagan. Y creo que los nombres de los que van a protagonizar esas acciones son muy secundarios. Aquí hay una serie de tareas que hay que hacer y hay que hacerlas bien. Y eso está muy por encima de las biografías individuales de ninguno de nosotros.

«Yo siempre he reivindicado el impulso reformista y eso fue lo que en algún momento simbolizó para mí Ciudadanos»

P. ¿Y a Albert Rivera le reprochas algo?

R. Yo creo que se equivocó, pero uno de los grandes damnificados fue él mismo, así que no creo que haya que meter el dedo en esa herida. Sí que me disgusta la sensación de oportunidad perdida. En cualquier caso, Albert Rivera fue un político brillante. Cualquier persona que haya tenido una conversación con él sobre política se da cuenta de que entendía la política de una manera muy inteligente e hizo cosas valientes. Empieza su carrera política siendo muy joven, partiendo de la nada en Cataluña y consiguiendo que ese partido tan pequeñito que consigue tres escaños en el Parlament acabe siendo incluso una opción de gobierno en España.

P. ¿Se equivocó por no pactar con Pedro Sánchez ese gobierno de los 180 escaños?

R. Creo que lo que él no entendió, y no era fácil de entender, es que aunque sus electores no querían que pactara con Sánchez, preferían que él pactara con Sánchez a que Sánchez pactara con Podemos. Y eso era una carambola que quizá fue difícil de ver, y fue el error que le costó la carrera política. Hay gente que le guarda mucho rencor a Rivera, pero el que ha pagado el precio más alto ha sido él. Yo creo que Albert Rivera ha nacido para la política. Y cuando lo ves retirado de aquello para lo que tiene talento y aquello que constituye su vocación de forma indiscutible, es duro.

P. ¿Pero no ves la posibilidad de que pueda retomar una carrera política?

R. No lo sé, eso tendrá que decidirlo él. Pero es verdad que cuando se le pregunta, dice que no quiere volver.

P. ¿Cómo ves el futuro de Ciudadanos?

R. Me cuesta mucho creer que pueda tener continuidad.

P. ¿Y del espacio que ocupa Ciudadanos? ¿Puede haber otro proyecto de centro o ves una vuelta muy evidente al bipartidismo?

R. Yo creo que el sistema de partidos nunca cristaliza del todo. Creo que volverá a haber una oportunidad para que crezca algo en el centro político. Pero no sé cuándo podrá ser. También es verdad que dependerá mucho del ciclo de polarización. Cuando pensamos en el eje izquierda-derecha y en cómo se distribuyen los votantes a lo largo de ese eje, imaginamos una campana de Gauss. Es decir, la masa más grande de votantes está en torno al centro político, y eso podría parecer algo bueno para una opción de centro. Pero cuando tienes un escenario de polarización como el que ha vivido España en los últimos años, ese espacio se vacía. Y luego, aunque se ha querido proclamar durante años la muerte del eje izquierda-derecha, al final lo que la experiencia nos ha demostrado es que ese eje sigue siendo más importante de lo que pensábamos. Y para los votantes, traspasar esa frontera que supone el centro es difícil. No diré que es un muro porque siempre hay trasvase de votantes en todas las elecciones entre bloques. Por ejemplo ahora parece que las encuestas están viendo que hay un trasvase de votos desde el PSOE hacia el PP. No es un muro infranqueable, pero de algún modo sí es un espacio incómodo de cruzar. Y ese es el espacio precario en el que se mueve el centro político.

P. Ciudadanos nació como una alternativa socialdemócrata al PSC cuando este viró definitivamente hacia el nacionalismo. Pero esa cara socialdemócrata fue desapareciendo cuando el partido consumaba su implantación a nivel nacional, sobre todo en esa última deriva en la que se aproxima muchísimo al Partido Popular. ¿Tú sentiste que esa era una vía ideológica que había que reivindicar?

R. Sí, de hecho, el partido tiene su origen en ese espacio de personas desencantadas del PSC. Entonces, para mí era un espacio perfectamente natural. Es verdad que después, cuando el partido da el salto nacional, ese equilibrio se altera, parece que las fuerzas socialdemócratas en el conjunto nacional son menores, y yo eso lo sabía y me producía cierta incomodidad. Pero al final tratas de defender tu espacio, y me sentía a gusto en la opción de un partido reformista en el que tuvieran mucho que decir gente como Antonio Roldán, Luis Garicano o Nacho Prendes. Y además, al ser un partido pequeño como era Ciudadanos, la capacidad que tenían esas personas de influir era importante. Es verdad que podía haber ciertas posturas de miembros del partido que me generaban incomodidad, pero también había algo de ejercicio virtuoso en esa convivencia. Somos conscientes de que formamos parte de un grupo heterogéneo y ser liberales es convivir dentro de ese espacio plural y hacer del pluralismo una bandera e incluso una fortaleza que no se ve en otros partidos que son profundamente sectarios.

P. ¿Te gustaría que los recursos humanos que todavía tiene Ciudadanos pudieran ser aprovechados por otro partido político?

R. Yo quiero que la gente de talento, la gente inteligente que quiere trabajar por mi país, estén en puestos donde puedan contribuir a ello. Puede ser en el Parlamento, en un partido político, en instituciones europeas, o puede ser en la universidad o en otros cargos públicos. Desde luego, quiero que esa gente cuente.

P. ¿Crees que los votantes han sido ingratos con Ciudadanos? Pienso, por ejemplo, en el trabajo que se ha hecho en el Parlamento Europeo.

R. Me parece un ejercicio fútil hablar de si los votantes son ingratos, si votan bien o mal. Es absurdo, esto es la democracia, y cada uno vota lo que le da la gana. Sí que me hubiera gustado que gente como Luis y otros compañeros en Europa hubieran tenido otra recompensa. Pero probablemente lo único que significa eso es que los españoles no le concedemos tanta importancia a la política europea como a veces nos gusta decir.

P. Aurora terminamos con la pregunta habitual: ¿a quién te gustaría que invitáramos?

R. Pues mira, antes me preguntabas por compañeros de Ciudadanos y salía el nombre de Nacho Prendes. Es un tipo magnífico, así que me gustaría verlo aquí sentado.

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