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Ella, Marlene

Foto: Christian Charisius | Reuters

Marie Magdalene Dietrich fusionó su primer y su segundo nombre para convertirse en Marlene. Después de pasar su juventud disfrutando de la fiesta constante que era el Berlín de los años 20, frecuentando la escena gay underground de la capital alemana, la fama le llegó con su papel de cabaretera en El ángel azul (1930) y no la abandonó hasta su muerte a los 90 años, el 6 de mayo de 1992, hace exactamente un cuarto de siglo.

Con aquella película de la UFA (la cumbre del cine europeo de la época), el director Josef von Sternberg le abrió la puerta de Hollywood y ella la cruzó en el momento oportuno. Los convulsos años 30, que vieron cómo se apagaban las libertades para dar paso al monstruo del nazismo, pillaron a la actriz en el exilio. "Los alemanes y yo ya no hablamos el mismo idioma", dijo años más tarde.

A los Estados Unidos llegó pisando fuerte, con una película, Marruecos (1930), que marcó el resto de su carrera. De título africano y producción americana, el sabor de la cinta de Sternberg es inequívocamente europeo. Si bien logró para la actriz su única nominación al Oscar, el filme es más recordado hoy por introducir el icónico atuendo de traje de hombre con el que sigue siendo recordada Dietrich y por el beso con una de sus compañeras de reparto. Dos pecados igualmente escandalosos, travestismo y homosexualidad, que solo fueron posibles debido a que el cine, entonces un arte joven, todavía no tenía definidas las líneas de su censura (la época pre-code, que terminó a mediados de los años 30).

La actriz, en una imagen sin datar. | Foto: CC0

La actriz, en una imagen sin datar. | Foto: CC0

"La novia de mamá"

La ambigüedad de la actriz en Marruecos llegó a convertirse en marca de la casa también en su vida privada. "Su libre sensualidad y su apreciación por ambos sexos", en palabras de su única hija, Maria Riva, que publicó unas controvertidas memorias de su madre el año de su muerte, la llevaron a compartir sábanas con algunas de las personalidades más prominentes del Hollywood clásico. A los nombres de Kirk Douglas, John Wayne, Gary Cooper y Douglas Fairbanks hijo hay que sumar los supuestos romances con Claudette Colbert, Dolores del Río o la escritora Mercedes de Acosta ("la novia de mamá", dejó escrito Riva).

Se fue retirando prácticamente de la actuación a partir los cincuenta. En una época en la que Hollywood imponía juventud, se dedicó casi exclusivamente a desarrollar su faceta de cantante haciendo actuaciones por todo el mundo, que nunca se cansó de su Lili Marleen. Sus apariciones en pantalla se hicieron cada vez más esporádicas. Es notable la excepción que hizo para Vencedores o vencidos (1961), un drama sobre los juicios de Núremberg dirigido por Stanley Kramer que logró once nominaciones a los Oscar y que contó con la participación de algunos de los mayores nombres del cine de la época: Spencer Tracy, Burt Lancaster, Judy Garland, Montgomery Clift, Maximilian Schell... Interpretó a la viuda de un dirigente del Tercer Reich porque creía en el mensaje antinazi de la cinta. De hecho, muchas de las estrellas que participaron en el proyecto accedieron a cobrar una fracción de sus salarios habituales por el mismo motivo.

Además ser considerada como la novena mayor estrella femenina del cine clásico por el Instituto Fílmico Estadounidense, Dietrich mantiene hoy su estatus como uno de los primeros iconos sexuales de Hollywood. Pero la leyenda es producto tanto de su talento como de su ingenio. "Ella no entendía nada de sexo. Sobre sexo visual, sobre erotismo sexual, sí sabía mucho: piernas, medias, ropas, cuerpo. Pero del sexo en sí pensaba que era algo muy vulgar y que el acto era muy feo, lo mismo que dos personas haciendo el amor. No creo que nunca conociese o experimentase el amor sexual real. Pienso que jugaba a ello, que lo pretendía, que hacía la farsa (ella era una gran farsante)", escribió su hija en 1992, antes de zanjar: "Era una magnífica actriz fuera de la pantalla, incluso mejor que dentro de ella". La ambigüedad y el misterio han quedado en sí mismos como prueba fehaciente de la existencia de Marlene Dietrich, recordada hoy por lo que dijo y por lo que cantó, pero también por lo que calló. Todavía no está clara la veracidad de la frase que supuestamente pronunció justo antes de morir en París: "Lo quisimos todo. Y lo conseguimos, ¿no?".

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