30 años de 'Hablemos de sexo', el programa con el que los españoles perdieron el miedo a hablar de folleteo
Foto: Imagen de 'Hablemos de sexo'

Cultura

30 años de 'Hablemos de sexo', el programa con el que los españoles perdieron el miedo a hablar de folleteo

30 años de 'Hablemos de sexo', el didáctico programa que habló (por vez primera en la televisión española) de sexualidad.

por Álex Ander

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Quienes le conocieron aseguran que la mente de Narciso Chicho Ibáñez Serrador, padre del mítico concurso Un, dos, tresresponda otra vez —que a principios de los setenta lograría congregar ante la pantalla a 24 millones de telespectadores—, nunca dejaba de dar vueltas. Empecinado siempre en inventar programas pioneros, al uruguayo se le ocurrió a finales de los ochenta que era hora de poner en pie un programa donde se hablase abiertamente de sexo. Y fue así como el desaparecido guionista y director de cine y televisión, Goya de Honor 2019, puso en pie a comienzos de marzo de 1990 el atrevido Hablemos de sexo, que se emitió en la primera cadena de TVE con el objetivo de informar sobre sexualidad desde una perspectiva científica y humana sin entrar en juicios de valor de ningún tipo.

Ibáñez Serrador se tomaba muy en serio todo lo que hacía, por lo que se encargó de supervisar personalmente el casting para encontrar a la presentadora idónea para aquel programa que pretendía que la gente perdiera el miedo a hablar de sexo. Después de entrevistarse con varias profesionales de la sexología, acabó escogiendo a la entonces desconocida Elena Ochoa, una atractiva profesora universitaria que habitaba en la treintena y tenía entonces tanta labia como escasa idea de sexo. “Elena era una buena comunicadora y Chicho supo ver en ella la persona que podía trasmitir esos conocimientos con rigor y buena comunicación”, apunta la sexóloga Lorena Berdún.

En aquel momento, la doctora Elena Ochoa trabajaba como profesora titular de psicopatología en la Universidad Complutense. Según contó la propia Elena, al principio tuvo muchas dudas, ya que no terminaba de verse hablando de penes y masturbaciones frente a la cámara. Es más, estuvo a punto de renunciar al trabajo, pero acabó aceptando el reto porque le pareció que aquello podía ayudarle a mantener la mente ocupada y superar así la prematura muerte de su madre.

Desde el primer día, Ochoa se empleó a fondo para memorizar en su casa los guiones del programa, ensayando cómo decir frente a la cámara ciertas palabrejas de forma natural. Y aquello dio sus frutos, pues fue capaz de abordar, sin recurrir a chistes facilones o connotaciones eróticas, un montón de cuestiones relacionadas con un tema delicado en un país (aún) en pleno proceso de consolidación democrática. “Fue un programa muy importante y completamente novedoso, porque nunca se había hablado de sexualidad en televisión, de forma tan abierta y didáctica. Chicho era un adelantado a su época. Era un gran ideólogo”, explica Berdún.

Cada noche, durante las 42 semanas que estuvo el programa en antena, Ochoa exponía un tema, entrevistaba a expertos en la materia y respondía a todas las dudas que le planteaban —tanto en plató como a través del teléfono— los curiosos ciudadanos de aquella España gris y pacata. El propio Ibáñez Serrador dijo en alguna ocasión que su programa tenía “la elegancia suficiente como para no molestar a nadie”, aunque no faltó quien lo tachó de frívolo. Nunca llueve a gusto de todos. En cualquier caso, el espacio no dejó a nadie indiferente. “Recuerdo con simpatía los comentarios de los famosos que daban su opinión en cada entrega y las parodias que generó el programa, como aquel Hablemos de eso de Martes y 13, y otros como los que hacían en el Tutti Frutti de Telecinco”, señala el documentalista y crítico de televisión Miguel Herreros.

Los responsables del programa supieron combinar entretenimiento y didactismo para sacar adelante un espacio diferente que lo mismo hablaba de masturbación como de fetichismos. En uno de los programas más recordados, dedicado a un tema tan controvertido entonces como el de la homosexualidad, un reportero salía a hacer entrevistas a pie de calle, para descubrir qué harían los españoles si su hijo les confesara que era gay. La inmensa mayoría le respondió que comprendería y ayudaría a ese vástago. “¿Pero también intentarían ustedes comprender, ayudar y amparar si su hijo se declara heterosexual? Seguramente que no, que lo tratarían como un individuo normal. Pues bien, en la homosexualidad no hay nada que comprender. Simplemente, es una cuestión de tratamiento, y no precisamente médico”, reflexionaba desde el plató la siempre prudente doctora Ochoa.

De la noche a la mañana, la gallega se convirtió en toda una estrella de la televisión. De hecho, después de que aquel programa terminase Ochoa volvería a formar tándem con Chicho para conducir Luz roja (1995), un nuevo espacio divulgativo donde se analizaban los problemas más crudos que azotaban la sociedad. Poco después, la psicóloga e investigadora decidió casarse con el arquitecto Norman Foster y hacerse editora de libros de artistas, fundando allá por 1997 la galería y editorial Ivory Press —de la que hoy día sigue siendo jefaza—.

“Aunque Luz roja también se hizo con gran calidad, el que Antena 3 tuviera entonces un programa con Isabel Gemio llamado Esta noche sexo, donde sí se hablaba de los temas sexuales muy abiertamente, hizo que los anunciantes se retiraran de ambos por morbosos, pese a la injusticia que eso suponía con TVE (ya que incluso recibió premios de especialistas muy prestigiosos)”, expone Herreros, que señala como único aspecto negativo de Hablemos de sexo el que llegara a descubrirse que todas aquellas encuestas de calle que se emitían en el programa “estaban ya preparadas” y que los encuestados eran, en realidad, actores a quienes el programa había seleccionado para decir las frases de turno. “Pero eso no resta en nada el valor de un programa que revolucionó el medio en 1990 y estaba lejos de productos zafios que vimos años después”, apostilla. “Hablemos de sexo fue todo un ejemplo de lo que era la buena televisión”.

Álex Ander

Madrileño de adopción. Periodisto. Escribo sobre sociedad, cultura y marcianadas. Defensor de causas perdidas. Alérgico a la gilipollez humana. No tengo una opinión para todo. Solo creo en John Waters.