65 años sin Bela Lugosi, el excéntrico actor que terminó devorado por sus adicciones (y por Drácula)
Foto: Bela Lugosi con su primera esposa Ilona Szmik en 1917| Wikipedia

Cultura

65 años sin Bela Lugosi, el excéntrico actor que terminó devorado por sus adicciones (y por Drácula)

Béla Ferenc Dezső Blaskó, conocido profesionalmente como Bela Lugosi, fue un actor húngaro-estadounidense más recordado por interpretar al Conde Drácula en la película de 1931 y por sus papeles en otras películas de terror

por Álex Ander

La de Bela Lugosi es una vida digna de un guion de cine. Igual no alcanza para una película de terror, pero seguro que sí daba para una tragicomedia. Sus biógrafos cuentan que el actor nació en 1882 en la ciudad provincial de Lugoj, perteneciente entonces al imperio austrohúngaro, y que empezó a hacer teatro en su país natal en 1900. Aunque tuvo bastante éxito, abandonó los escenarios para combatir en la Primera Guerra Mundial tras decidir enrolarse voluntariamente como teniente de Infantería. El versátil actor resultó herido en la pierna y la espalda durante el conflicto, y con los años se volvió adicto a la morfina que tomaba para aliviar el dolor crónico que sufría. Hasta llegó a crear un sindicato de actores en su país, aunque su ideología de izquierdas le obligó a huir en 1919 a Alemania.

Lugosi creía en el sueño americano, así que acabó cruzando el charco al año siguiente. Al principio las pasó canutas, pero consiguió abrirse paso en la escena teatral estadounidense. De hecho, en 1927 comenzó a encarnar a Drácula en la adaptación teatral del libro de Bram Stoker puesta en pie en Broadway por John Balderston y Hamilton Deane —desafortunadamente, Stoker murió tres lustros antes de esto y nunca llegó a conocer el éxito de su obra gracias al mundo del teatro—.

La obra gustó un montón, aunque el actor tuvo el momento culmen de éxito tras ponerse a las órdenes de Tod Browning en el clásico Drácula, una adaptación al cine producida en plena era dorada del cine de terror de la Universal Pictures y estrenada en 1931. El veterano actor  que aún no dominaba el inglés y tuvo que memorizar sus frases  ansiaba tanto filmar esta película que ayudó a la productora a conseguir los derechos del libro de Stoker y aceptó un exiguo sueldo de 3.500 dólares por dar vida al conde Drácula, un vampiro que recibe en su castillo la visita de un joven que pretende venderle una casa en Inglaterra. El malvado aristócrata termina atacando e hipnotizando al muchacho, para abandonar luego los Cárpatos y trasladarse en barco a las costas inglesas, llevándose como sirviente a su víctima. Una vez allí, Drácula se enamora de una joven que ya está prometida y mantiene un duro enfrentamiento con el heroico profesor Van Helsing. 

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Imagen promocional de ‘Drácula’ vía Universal Pictures.

Siempre se ha comentado que el filme adolece de excesos teatrales, lentitud y sobreactuadas interpretaciones, pero eso no le resta un ápice de grandeza a Drácula. «Sus principales valores son la consecución de una fascinante atmósfera (especialmente cuando la acción transcurre en Transilvania), gracias al talento fotográfico del gran Karl Freund, la capacidad expresiva de los decorados ideados por Charles. D. Hall, y la estilizada narración de Tod Browning que toma tanto del gótico como del expresionismo alemán. Los brillantes ojos de un Bela Lugosi atrapado por su caracterización, la inolvidable interpretación de Dwight Frye en el papel del enloquecido Renfield y la disposición del equipo realizador del film para retener con elegancia el aspecto romántico son otros puntos clave de esta cinta esencial del cine fantástico», opinaría el profesor Ramón Breu en su libro 99 películas que las nuevas generaciones deben conocer.

Drácula elevó a la categoría de estrella a Lugosi, que después del estreno recibió montones de cartas de mujeres enamoradas de su exótico personaje y deseosas de recibir uno de sus mordiscos.

Drácula elevó a la categoría de estrella a Lugosi, que después del estreno recibió montones de cartas de mujeres enamoradas de su exótico personaje y deseosas de recibir uno de sus mordiscos. Sin embargo, el vampiro que nunca muere también le encasillaría en ese tipo de papeles. Convertido ya en icono del cine clásico de terror, el actor húngaro rechazó encarnar al monstruo en El doctor Frankenstein (1931) porque, según decía, el personaje carecía de diálogo (tan solo emitía gruñidos) y debía llevar siempre una gruesa capa de maquillaje con la que él se iba a sentir demasiado incómodo. Aquel papel fue a parar a manos del entonces desconocido Boris Karloff, que en los siguientes años desplazó a Lugosi como rey del terror —parece ser que el húngaro encajó mal aquello y se arrepintió bastante de haber rechazado aquel trabajo—.

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Foto: Fortepan vía Wikipedia.

Lugosi, que a los 56 años tuvo a su primer y único hijo con Lillian Arch, su cuarta esposa, compartió créditos con su ‘rival’ Karloff en títulos como La sombra de Frankenstein (1939), donde le tocó dar vida al encorvado y astuto pastor que se hace amigo del monstruo. Pero pronto se tuvo que ir acostumbrando a que Universal le fuese relegando a un papel cada vez más secundario en el mundo del cine. De hecho, Lugosi se vio actuando en producciones teatrales regionales y en películas de bajo presupuesto, lo que llevó a que su reputación cayera poco a poco en picado. 

El actor siguió tratando de llamar la atención de la prensa y del público realizando apariciones públicas caracterizado como Drácula, lo que en esa época dio pie a numerosos rumores y leyendas urbanas —como aquella que aseguraba que Lugosi dormía en un ataúd—. La paródica comedia Abbott y Costello contra los fantasmas (1948), en la que se despidió de su personaje Drácula, fue la última película que Lugosi hizo para un gran estudio. A partir de entonces, su vida iría cuesta abajo y sin frenos. 

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Carte de ‘La sombra de Frankenstein’ vía Wikipedia.

Hay quien dice que su ideología política llevó a que los principales estudios de Hollywood le colocaran en su lista negra. Pero también parece ser que la actitud peculiar y retraída del actor le hizo poco sociable en su vida —todo un handicap en la meca del cine, donde siempre han reinado el postureo y las relaciones sociales—. «No digo que no me guste la gente en absoluto, pero, si te digo la verdad, tan solo me gustan si tengo ocasión de investigar en lo más profundo de sus corazones», confesaría Lugosi en una ocasión durante una entrevista. 

Su afición por la bebida, su adicción a los fármacos, y sus continuos celos llevaron a que su esposa acabara divorciándose de él y se marchara de casa con el hijo que ambos tenían en común. Lugosi andaba desesperado, sin trabajo y sin dinero, cuando se topó por casualidad con un aspirante a cineasta llamado Ed Wood, considerado por muchos como el peor director de cine de todos los tiempos. El entonces veinteañero neoyorquino, entusiasmado con la idea de contar en su primera película con una vieja gloria hollywoodiense, contrató a Lugosi para actuar en la cómica Bela Lugosi Meets a Brooklyn Gorilla (1952), donde un científico chiflado se dedica a mutar seres humanos en monos —luego, le daría también un papel en la película de culto Plan 9 del espacio exterior (que no se estrenó hasta 1959)—.

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Con Angelo Rossitto in ‘Scared to Death’ (1947) | Imagen vía Wikipedia.

En abril de 1955, Lugosi se convirtió en portada de los periódicos tras convertirse en el primer actor que reconocía públicamente que era un drogadicto y que necesitaba ayuda para salir de aquel pozo. «Mostró a los periodistas sus piernas con las marcas de las agujas, contó historias de cómo había llegado a comerse sus pijamas y de cómo su cuerpo pasaba del calor al frío cuando se drogaba. Era un hombre pidiendo atención a gritos», explicaría luego el escritor Greg Mank en un documental sobre la figura del húngaro, que se casó una última vez con Hope Lininger, una fan que le escribía cartas para animarle mientras él se encontraba en un hospital de Los Ángeles luchando contra su adicción a la morfina. 

Tras abandonar aquel centro hospitalario, el actor siguió llevando una vida decadente y algo complicada. Estaba arruinado por completo, se sentía débil, no podía evitar beber a menudo a escondidas de su nueva esposa y trataba sin éxito de volver a encontrar su hueco en el mundo del séptimo arte. El 16 de agosto de 1956, Lugosi falleció en su casa tras sufrir un infarto mientras dormía. Tal y como siempre había deseado, fue enterrado con la capa de un disfraz del personaje que le catapultó al éxito profesional —pero no con la misma que usó en la película de Browning, como tantas veces se ha dicho—. Aquella fue la última actuación de un actor inmortal que siempre será recordado como el primer Drácula del cine.

Álex Ander

Madrileño de adopción. Periodisto. Escribo sobre sociedad, cultura y marcianadas. Defensor de causas perdidas. Alérgico a la gilipollez humana. No tengo una opinión para todo. Solo creo en John Waters.