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7 películas para explorar el universo de Ingmar Bergman

El cineasta sueco marcó un antes y un después en el arte de hacer cine: visitamos su obra a través de esta lista de películas fundamentales

Foto: AP

Antes de morir, Ingmar Bergman comunicó su última voluntad: que todos sus materiales se subastaran y que el bote se repartiera entre sus hijos, que no eran pocos. Al resto, nada; para ellos el recuerdo. En su funeral no hubo actos institucionales, él no los quiso, allí estuvieron sus amigos y sus familiares, que fundamentalmente eran actores y actrices y exparejas; casi siempre coincidían las categorías. Murió el 30 de julio de 2007, a los 89 años, y no hubo ajedrez ni sentimentalismos. El cine quedó de luto porque junto a su muerte, con horas de diferencia, llegó la de otro maestro europeo, Michelangelo Antonioni.

Bergman escribió decenas de películas y obras de teatro, una faceta que a menudo se ignora: descubrió en las tablas a talentosas actrices, algunas de ellas trabajaron en sus películas, y alcanzó un prestigio que nunca le abandonó. Su cine es sencillamente único –por reconocible– y maravilloso –por su belleza–, de austeras ambientaciones y con pocos autores; un bisturí que disecciona las tristezas y las ilusiones y las decepciones del alma humana. Dios esta en todas partes y en ninguna. Su capacidad virtuosa para la escritura de guiones era tan extraordinaria que Olivier Assayas pidió el Nobel de Literatura para el sueco.

Se dice en el documental Entendiendo a Ingmar Bergman que en su filmografía siempre mostró “facetas de sí mismo de las que no está orgulloso”. Una característica que no es novedosa, pero que es valiente. En esta lista alcanzamos siete títulos que dibujan o radiografían la obra de un hombre que cambió el estilo y la sensibilidad del cine.

Un verano con Mónica (1953)

Su nombre había aparecido ya en multitud de créditos, ya fuera como autor o como ayudante de realización, y la mayor parte de esos trabajos previos son interesantísimos. Sin embargo, esta película marcó un antes y un después por una razón de peso: sirvió para que los críticos de Cahieurs du Cinema comenzaran a prestar atención a Bergman. Hay que recordar que Cahieurs es algo más que una revista: es el lugar donde nació la Nouvelle Vague. La visión del amor y la pasión inicial de los jóvenes enamorados que protagonizan la cinta cautivó a los escritores de la publicación.

El séptimo sello (1956)

Una obra maestra. La fascinación surge desde el mismo momento en que un caballero desafía a la Parca con una partida de ajedrez. Su cuerpo está preparado para partir, pero su alma sigue dispuesta a seguir intentándolo. “La película trata sobre el miedo y la muerte”, escribió el autor sueco. “Y me liberó de mi propio miedo a la muerte”. Es uno de los ochomiles que nos ha dejado el cine, profunda y sincera y comercialmente exitosa, con un reparto donde destacan dos de sus más fieles actores: Max von Sydow y Bibi Andersson.

Fresas salvajes (1957)

Una sensibilidad arrebatadora, un viaje con principio y fin sobre un hombre mayor, en los últimos momentos en este mundo, que al final del camino parece tener una certeza: cuál es el sentido de la vida. El personaje principal es para Victor Sjöström, toda una institución cinematográfica en Suecia, cuya actuación nos sigue dejando sin palabras. Las interpretaciones, los flashbacks, las miradas entre actores y algunos momentos de esta película son superiores en valor que filmografías enteras.

Como en un espejo (1961)

Fue su segundo Óscar a mejor película de habla no inglesa; el primero lo obtuvo por El manantial de la doncella. La belleza de las imágenes es admirable, la joven Harriet Anderson simplemente lo borda. La dureza del argumento nos deja ver con claridad el horizonte existencialista que perseguía Bergman, la búsqueda de porqués y la importancia del cómo. Tal vez quede alejada del virtuosismo de las dos películas mencionadas anteriormente, pero encontramos en cada escena al Bergman más reflexivo.

Persona (1966)

Bergman dio un salto vital y filmográfico con esta película, donde se atrevió a experimentar y a probar con nuevas ideas. La crítica, sorprendentemente, no le penalizó por ello. El autor sueco nos presentó aquí a Liv Ullman, una actriz que pierde la voz, y a su enfermera –Bibi Andersson–, y de algún modo atendemos a la fusión de sus personalidades. Bergman quedó embaucado por los parecidos que compartían físicamente; tan embaucado que, tras su separación de Andersson, comenzó a verse con Ullman, con quien tuvo una hija.

Fanny y Alexander (1982)

La despedida de su trabajo para la gran pantalla –o eso prometía– es un regreso a los comienzos, a la infancia, un territorio donde se encuentra asombrosamente cómodo, donde lo hace desde la perspectiva de dos niños y no de sus mayores, donde escenifica cuidadosamente la capacidad para el asombro, para el aprendizaje, la sinceridad del amor y la amistad en los primeros años, también el hallazgo de las miserias del ser humano y sus convenciones sociales. Son cuatro horas de gran cine y un modo maravilloso para levantar el brazo y despedirse.

Zarabanda (2003)

Su primera película en digital; también la última de su carrera. Es un retorno a Secretos de un matrimonio, un trabajo que creó para la televisión y que contó con Liv Ullmann y Erland Josephson, un reencuentro entre dos personas que se separaron treinta años atrás. Esta película televisiva es probablemente superior a su antecesora y fue acogida con entusiasmo en Cannes por su sencillez en la ejecución, humildad en los medios y profundidad en los diálogos. Bergman murió cuatro años después.

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