Adrián Grant: «En Luxemburgo hay menos barreras sociales que en países como España»
Foto: Juanma del Olmo Piera| The Objective

Cultura

Adrián Grant: «En Luxemburgo hay menos barreras sociales que en países como España»

Hablamos con Adrián Grant, que ha plasmado sus vivencias como asesor en Luxemburgo en su primera novela, 'Nada ilegal, nada inmoral'. La novela es una reflexión sobre lo ético en el mundo de las finanzas aderezada con cerveza belga

por Juanma del Olmo Piera

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Nada ilegal, nada inmoral es la primera novela de Adrián Grant (Madrid, 1988). La columna vertebral del libro, publicado por la editorial Caballo de Troya, es un escándalo fiscal que ocurre en una prestigiosa asesoría de Luxemburgo. Grant se sirve de la filtración de unos documentos confidenciales (acuerdos entre esa empresa y el Gobierno luxemburgués) para retratar los claroscuros del universo financiero y proponer un debate: ¿en qué medida es legítimo, aunque la ley lo permita, trabajar para que grandes compañías paguen menos impuestos? Aunque no se ahorra párrafos técnicos ni detalles sobre estructuras fiscales, la narración no se embarra. El autor recurre al punto de vista de los diferentes personajes y contrapone las reflexiones de los peces gordos de la asesoría fiscal (que entienden que, en la filtración, ellos son las víctimas y no los culpables, puesto que la ley ampara sus actividades para posibilitar la creación de riqueza) con la vida de los jóvenes emigrantes del sur de Europa que cobran un sueldo decente en Luxemburgo. Estos jóvenes empiezan a ganar dinero y se dedican a beber cervezas belgas (Chimay, Orvak, Leffe…está todo el repertorio), a salir de fiesta y a ligar con mayor o menor éxito. Hay algo de paródico en el retrato del día a día en la asesoría (aunque Grant no censura a estos chavales) y ecos del cinismo de Houellebecq o Beigdeber. Nada ilegal, nada inmoral resulta atrayente por las hipótesis en torno a la filtración y por la sensación de irrealidad de las oficinas luxemburguesas. Bajo los adoquines, las ratas.

¿Cómo surgió la idea de escribir sobre un escándalo fiscal desde Luxemburgo?

Yo empecé a trabajar en una asesoría y a los pocos meses ocurrió un escándalo parecido al del libro, el «LuxLeaks»: un empleado de una asesoría robó unos documentos que eran confidenciales, acuerdos entre multinacionales y el Gobierno, y eso me hizo pensar que ahí había una historia. También estaba interesado en leer novelas sobre españoles que se fueron por la crisis, y algo de eso hay.

¿Falta un gran relato de toda esa gente joven que tuvo que irse de España?

En los últimos años han salido varias novelas, pero yo empecé a escribir este libro en 2015. Cuando venía a Madrid preguntaba en las librerías si había libros sobre esto y al principio el tema de los españoles que habían tenido que irse no estaba muy tratado.

¿Qué se echa de menos de España desde Luxemburgo?

Bueno, ciertos tópicos… La familia, el sol, los amigos, el ambiente, la forma de ser desde la gente…

El personaje de Digiacomo representa una suerte de conflicto generacional a partir del cual los hijos habrían perdido cierta conciencia de clase respecto a los padres, que sí están más comprometidos. Los jóvenes de tu libro actúan con un individualismo que desemboca… ¿en cinismo?

Digiacomo no es un ejemplo de toda una generación, pero sí he visto personajes como él que vienen de familias humildes que han tenido que trabajar mucho para que sus hijos lleguen a la Universidad, y me dio la sensación que el precio que pagan es ese: que sus hijos acaben aceptando otra ideología, otro punto de vista más acorde con el sistema.

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Imagen vía Caballo de Troya (Penguin Random House)

En tu novela, los personajes son perfectamente capaces de disociar su trabajo técnico de su carga ética o política. Muchos historiadores han señalado que esta actitud es la que permitió poner en marcha la maquinaria del Tercer Reich: profesionales cualificados, de clase media, que separaban sus labores de sus consecuencias políticas. Quería preguntarte por la autonomía del trabajo respecto a otras esferas.

Sí, esa es una de las ideas principales de la novela. Cuando estuve trabajando de asesor fiscal me di cuenta de que me costaba un poco justificar lo que hacía ante mis amigos, y al final decidí no pensar en ello y razonar “yo hago un trabajo que es bastante interesante, es bastante técnico, me llena la cabeza”… y luego, ciertamente, estuve leyendo Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt, y salvando las distancias, porque los campos de exterminio son una cosa y la asesoría fiscal es otra, es una pirueta mental parecida. Se hace una separación radical: «Yo sigo órdenes y está». Hay asesores fiscales que le dan más o menos vueltas, pero si tu conclusión va a ser que lo que estás haciendo no es correcto, es más fácil vivir ignorándolo que teniendo que enfrentarte a ello.

En el libro ocupan un lugar central las reflexiones de los jefazos de la empresa, que echan la vista atrás, y recuerdan un pasado impregnado de olores, de sensaciones, de vida palpable que se contrapone a lo aséptico de las oficinas de Luxemburgo, que describes como «lugares donde la vida cotidiana no sucede». ¿Cómo es contraste?

En este tipo de sitios, da la sensación de que la gente viene de ningún lugar, que cuando acaba el día los guardan en el armario o algo así. Todo el mundo procura ser muy neutro. Y, desde luego, la comida tiene menos sabor… Ahora vas a un supermercado y está todo muy empaquetado, desconoces de dónde viene… Y en un sitio como Luxemburgo, esta sensación se acentúa.

En estos monólogos, los altos cargos razonan que «ser moral es cumplir la ley». Es una tesis opuesta a las teorías que identifican que lo moral reside precisamente en quebrantar la ley cuando no es justa. Pero, por otra parte, los asesores fiscales plantean que ellos consiguen crear riqueza, a través de la cual pueden ofrecer un sueldo decente a jóvenes de Portugal, de España o de Grecia que en sus países no tienen esas oportunidades. ¿Cómo crees que se puede construir una moral particular?

Con el tiempo, a mí me ha dado la sensación de que tenemos una serie de circunstancias que, al final, nos llevan a algún lado. Hacemos una serie de cosas y en base a eso construimos nuestra moral. Adaptamos la moral a nuestras circunstancias y posibilidades. Para el que nunca se ha visto en una situación de tener que trabajar para una multinacional es relativamente fácil decir que eso está mal, pero para quien por circunstancias de la vida ha acabado allí, es mucho más complejo.

Dibujas Luxemburgo como un lugar donde sí hay un ascensor social potente.

Lo hay, lo hay. Hay menos barreras sociales que en otros países como España. En España, la gente de cierta posición intenta mantenerla y eso implica que mucha gente se queda fuera. En Luxemburgo hay más puestos de trabajo que gente cualificada, y eso les lleva a recurrir a mano de obra extranjera. Dentro de este tipo de multinacionales no es infrecuente ver gente que viene de pueblos humildes franceses, belgas o alemanes que quizá en sus países no podría haber llegado tan arriba.

¿Qué piensas sobre las intenciones de los filtradores?

En el libro no detallo la motivación del filtrador, los personajes especulan sobre cuál puede ser el motivo pero no me he mojado. De todos modos, es interesante que alguien llegue a tomar esa decisión: llegas a la conclusión de que lo que hay (en una empresa) no te gusta y crees que es correcto hacer una filtración. Y me parece valiente. Al tipo que hizo el «LuxLeaks» ya no lo van a contratar en una gran multinacional de este tipo. Ahora bien, a veces los filtradores también surgen de una oportunidad, gente que considera que no tiene nada que perder porque va a ser despedida o alguna razón similar. Me gustaría creer que la mayoría de los filtradores son gente valiente que tiene un ideal, pero no siempre es así.

En tu novela no aparece una brecha muy acentuada entre europeos del Norte y del Sur. Hace unas semanas, en el contexto del debate sobre los fondos de recuperación europeos, fue muy polémica la imagen de un semanario holandés que pintaba a los países del sur como holgazanes, bebedores, hedonistas…

En Luxemburgo son conscientes de que esa gente vino a currar, son un grupo muy grande y además realizan trabajos que un luxemburgués no se dignaría a hacer. No he visto grandes problemas más allá de la clásica segregación de clase que ocurre en cualquier sitio. Una vez viví un episodio con un policía luxemburgués con cierta actitud en ese sentido, así que quizá exista algo latente ahí. En el caso de Holanda es evidente, el partido de Geert Wilders tiene muchísimo apoyo y hay un sentimiento muy hostil al sur de Europa. Pueden tener sus motivos, no lo niego. Quizá nos vean, de algún modo, como los independentistas catalanes ven al resto de España.

Ya para ir terminando, ¿con qué personaje de novela te irías a tomar un café?

Mmmm…no sé, con alguna chica guapa. Madame Bovary sería muy divertida.

¿En qué cuadro te gastarías una cifra indecente?

Si tuviera una cifra de dinero indecente, me compraría un cuadro de cualquier pintor sobrevalorado para poder especular y poder venderlo un x por ciento más caro.