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La agroecología como respuesta al deterioro ecológico y la polarización social

Foto: Loren Gu | Unsplash

José Manuel Naredo, premiado economista y estadístico con más de una veintena de libros publicados, desmonta la ideología detrás del sistema económico imperante para proponer un modelo más justo, sostenible y solidario.

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En un mundo al borde del colapso medioambiental, político, económico y social, la agroecología se está erigiendo como una disciplina fundamental para nuestro planeta. En palabras de José Manuel Naredo, economista, estadístico y profesor ad honorem en la Universidad Politécnica de Madrid, con más de una veintena de libros publicados sobre la cuestión: “Si hay algo inviable es el sistema industrial. En un sistema cerrado como la Tierra esto no tiene futuro”.

Comenzando por breve definición, la agroecología se entiende como “la disciplina científica que enfoca el estudio de la agricultura desde una perspectiva ecológica, pretendiendo construir un espacio teórico que permita analizar los procesos agrarios con un enfoque global, incluyendo la perspectiva del espacio y la del tiempo, y considerando ensamblados los problemas sociales, económicos y políticos”. Porque a diferencia del enfoque productivo tradicional, reduccionista e interesado, ha llegado el momento de pensar y aplicar una economía solidaria y humana.

Sobre este último concepto versó la clase magistral que Naredo, Premio Nacional de Economía en 2000 y el Premio internacional Geocrítica en 2008, ofreció el viernes en La Casa Encendida, donde desmontó la idea imperante y aparentemente irreversible de la economía, desvelando su invención y consolidazación como una pieza clave de la ideología dominante. Su objetivo: revelar sus mecanismos de funcionamiento para después tratar de rehumanizarla convirtiéndola en una ciencia económicamente justa y solidaria, socialmente ética y agronómicamente sostenible.

“La ideología es la que orienta nuestros enfoques, instituciones y comportamientos. La percepción del presente y del pasado condiciona la percepción del futuro y las posibilidades de cambio”, explicó Naredo. “Trascender la ideología y estos enfoques hoy dominantes exige relativizarlos, viendo que no lo fueron en el pasado y que, por tanto, no tienen que serlo en el futuro”, añadió. Y empezó utilizando la antropología.

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En un mundo al borde del colapso medioambiental, político, económico y social, la agroecología se está erigiendo como una disciplina fundamental. | Foto: Spencer Pugh | Unsplash.

 

“Durante largo tiempo la cultura occidental ha venido proponiendo como natural y universal una idea de naturaleza humana tan malvada y codiciosa que las personas que la asumieran quedarían excluidas en otras sociedades” afirmó en este sentido. “El triunfo del dualismo cartesiano y del racionalismo científico y parcelario justificaron el divorcio entre la especie humana y la naturaleza, el individuo y la sociedad, la razón y la emoción”, continuó. De modo que se idearon mecanismos de control para que la sociedad pudiera paliar la maldad de la Humanidad.

“A mí no me parece mal que se pongan esos contrapesos, el problema es que se produce una inversión ideológica. Desde finales del siglo XVIII el afán de acumular dinero dejará de ser un vicio para ser visto como algo bueno, a potenciar y como causa del progreso de las naciones”, afirmó. “La invención de la política, que gestiona el poder, y de la economía, que gestiona la riqueza, como disciplinas independientes de la moral hizo que acabaran ejerciendo como apologéticas de un statu quo jerárquico y desigual”, añadió.

La economía moderna surge, de este modo, sobre la metáfora de la producción y el objetivo del crecimiento. Pero “hasta entonces no se pensaba que la especie humana fuera capaz de producir nada, sino de colaborar con la naturaleza para aumentar y perfeccionar sus frutos”, primero mediante los ritos y después por medio de la experimentación racional.

Entonces Adam Smith afirmó en La riqueza de las naciones que “el trabajo anual de cada nación es el fondo que la surte de todas aquellas cosas necesarias y útiles para la vida”. Y Naredo se pregunta: “¿Y el aire? Aquí Smith se pasa varios pueblos, pero cuela y la gente se lo traga”. León Walras sigue: “el capital es el factor limitativo último en la creación de riqueza, ya que puede sustituir a la tierra y al trabajo”. Y sienta las bases del reduccionismo monetario. En palabras de Naredo: “se corta el cordón umbilical del mundo físico”, que es finito, “para circunscribirlo a los valores de cambio”, con un potencial de crecimiento más atractivo.

Así pues, la economía se consolidó aislándose. Desvió la atención desde la adquisición y redistribución de la riqueza –entendida como un juego de suma cero– hacia la producción de la misma mediante el trabajo. Pero esta metáfora, afirmó Naredo, “encubre los procesos de adquisición y los daños físicos y sociales que generan” al tiempo que obvia un medio ambiente inestudiado por el sistema y a costa del cual funciona. Por poner un ejemplo, “se habla de producción de petróleo y no de extracción”. Y es que la sociedad industrial se apoyó inicialmente en materiales abundantes como el hierro, el agua o el carbón; más tarde en otros algo más escasos y peor distribuidos como el petróleo y el gas natural; y cerró los ojos ante la contaminación o el calentamiento global.

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“Algo falla si el cultivo que mejor funciona es el que peores productos genera y más contamina”. | Foto: Sam Carter | Unsplash.

 

“El enfoque económico estándar soslaya las raíces del deterioro, pues ignora el habitual reduccionismo monetario, que además, valora solo el coste de extracción, no el de reposición de los recursos naturales; e impone una creciente asimetría entre el valor monetario y el coste físico y humano de los procesos”, según explicó Naredo, la llamada regla del notario o curva del lucro. “A mayor coste físico y trabajo más penoso, menos valoración monetaria”. Todo avalado por un marco político subordinado al poder económico y organizaciones jerárquicas donde predomina el clientelismo. “Entonces la supuesta igualdad y libertad entre los individuos no existe”.

Tres siglos después, el resultado obligatorio es el deterioro ecológico y la polarización social. En cuando a lo primero, hemos inaugurado una nueva era geológica, el Antropoceno, ya que la Tierra está cambiando aceleradamente por culpa de la actividad humana. “El 97% en peso de los mamíferos son la especie humana y los animales que tiene a su servicio”, apuntó Naredo. En cuanto a lo segundo, afirmó: “Los beneficios empresariales y el crecimiento económico no suponen ya mejoras generalizadas de la calidad de vida de la mayoría de la población, que tiene que sufragar el festín de beneficios, plusvalías y comisiones originado. Se ha producido una escisión entre una élite de políticos y empresarios activos y una mayoría de gobernados y explotados pasivos. Los jóvenes hoy en día están peor que sus padres, no pueden acceder a una vivienda o un trabajo estable”. Y remató: “Bajo el paraguas de la producción y del mercado parece que todo cuela y el mar de corrupción que hoy aflora evidencia que suele ser legal, tiene gran peso económico y carácter sistémico. No es el libre albedrío del mercado el que reclasifica unos terrenos en una operación urbanística”.

En este contexto, la respuesta pasa por la agroecología: una ciencia socialmente ética, agronómicamente sostenible y económicamente justa y solidaria, que valora la multifuncionalidad de las parcelas agrarias, especialmente en lo relativo a los servicios que prestan a la naturaleza los campos cultivados manteniendo el paisaje, preservando la biodiversidad, conservando los suelos, sosteniendo una población, su cultura y sus tradiciones, además del valor que puedan obtener sus productos en los mercados.

“Es necesario un enfoque ecointegrador: ampliar el objeto de estudio de la economía ordinaria y democratizar la reflexión económica hacia una economía de sistemas” tomando como ejemplo el sistema de la biosfera, donde no se extraen recursos para elaborar productos y generar residuos, que quizá posteriormente se reciclen, sino que todos los elementos son objeto de una utilización posterior. “Los sistemas agrarios tradicionales hasta la revolución industrial eran así. La economía tradicional no generaba residuos, al contrario, los digería. Algo falla si el cultivo que mejor funciona es el que peores productos genera y más contamina”, afirmó Naredo.

En su opinión, el estado de insatisfacción general frente a este neocaciquismo debería ser el caldo de cultivo ideal para que estas ideas calen. “No solo es una cuestión de economía y política, sino que supone una reconstrucción de identidades y la recreación de una sociedad civil” que exija responsabilidades. “Es necesario implantar reglas que prioricen el uso de materiales abundantes y reciclables y corrijan este despilfarro interesado; así como desvelar y clasificar todas las formas de lucro y penalizar las más dañinas”, concluyó. En definitiva, romper con la insostenible ideología imperante de lo superindividual y plantear otro modelo más ecológico y social.

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