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Agustín Pery: “La realidad siempre es más cruda pero los personajes imaginados los construí a partir de retazos reales”

Foto: Matías Nieto Koenig

“Una hostia en la sien. Cuatro patadas en el estómago. Quizá cinco. Las costillas rotas. El cuello quebrado. La cabeza abierta. Los ojos morados. Los dientes desperdigados. Un guiñapo en una escombrera”. Estas son las primeras palabras con las que el periodista Agustín Pery empieza el encuentro. Se trata de Moscas (Pepitas de calabaza), una primera novela con la que el autor quiere hacernos sentir que estamos “en un combate de boxeo”. Su lenguaje es directo, mordaz. Todo un golpe no solo en la sien sino en cada músculo del cuerpo, incluido el cerebro. El lector se puede revolver en su sofá, si es ahí donde lee, y es que el texto remueve y fustiga.

El periodista dirigió El Mundo / El día de Baleares entre 2007 y 2013, desde cuyas páginas informó sobre algunos de los escándalos más graves de la isla. Conoce muy bien, por tanto, la corrupción de la que habla en la novela y aunque no está basada en hechos reales, el ambiente de trabajo que Pery vivió en Palma de Mallorca hace que el relato sea creíble. Demasiado, quizá, teniendo en cuenta los casos que leemos en los diarios. Realidad o no, se acerca a ella y te azota. Pery gana el encuentro y el lector queda noqueado. 

 

Agustín Pery: “La realidad siempre es más cruda pero los personajes imaginados los construí a partir de retazos reales” 1

Imagen vía Pepitas de Calabaza.

 

La frase de Jean de la Bruyere nada más abrir el libro, “Los malvados son como las moscas que recorren el cuerpo de los hombres y solo se detienen en sus llagas”, es ya una declaración de intenciones en sí misma. ¿Cuál fue la chispa que encendió Moscas?

La frase, maravillosa en su crudeza, me sirvió para construir la trama y dar forma al personaje del prestamista. La chispa, bueno mi mujer que me dijo: ponte a escribir. Era mejor eso que pasarme el día lamentándome por tener que ir a rehabilitación para recuperar la movilidad perdida mientras intentaba asimilar un golpe que ni esperaba ni imaginaba.

 

La España retratada en la novela es corrupta hasta el extremo, sin bondad, sin límites.... y, sin embargo, no nos sorprende. ¿Será que, desgraciadamente, nos hemos acostumbrado?

Todavía peor, convivimos con ella, muchas veces fustigamos a los de las siglas ajenas y justificamos las de las propias cuando la realidad es que la corrupción se extiende como la gangrena y afecta a todos los niveles sociales. Eso es lo que he querido narrar en Moscas.

 

Trabajaste en Mallorca durante muchos años y con tu equipo destapaste muchos escándalos de la isla. ¿Hasta qué punto se funden realidad y ficción en Moscas?

Creo que matrimonian bien. Me he inspirado en el ambiente en el que trabajé junto a un puñado de periodistas brillantes, honestos y con un olfato que ya me gustaría tener. La realidad siempre es más cruda pero los personajes imaginados los construí a partir de retazos reales. Son fabulados pero desgraciadamente los de carne y hueso son siempre peores.

Tu escritura es muy directa, sin titubeos, como puñetazos desde ese inicio en el que encuentran el cadáver. En ocasiones incluso te revuelve el estómago. ¿Es esa la idea, que el lector, esté donde esté, se revuelva, que se pare a pensar?

Ojalá. Soy periodista y mis jefes siempre me decían: “frases cortas, párrafos de no más de nueve líneas. De escritores están las tumbas llenas”. Supongo que es deformación profesional pero también es cierto que quería lograr que el lector se fajara con Moscas, que lo viviera como un combate de boxeo. Breve, pero espero que intenso.

 

En la novela no se salva ninguno, casi como en la realidad que vivimos. ¿Somos conscientes de las consecuencias que tanta corrupción puede tener? ¿Se ha cuantificado?

Creo que no. Siempre he pensado que no calibramos el sobrecoste real de la corrupción, la podredumbre nunca es cuantificable del todo y creemos que es algo que corre paralelo a nuestras vidas cuando en realidad acaba por contaminarlo todo. Fíjate que cuando un medio destapa un caso de corrupción, el tribunal del pajarito parece preocuparse más por el motivo por el que ese medio lo destapa antes de si lo contado es cierto. No debería ser así, al menos no en ese orden.

 

¿Cómo es cambiar la redacción y la escritura periodística por la novela? ¿Cuáles son las mayores diferencias y retos?

Bueno, lo primero es mi oficio, un trabajo coral que nunca puedes acometer solo. Amo, respeto y me debo a las redacciones, hoy tan vapuleadas. Lo de escribir una novela te lo deberían responder mejor los escritores. Yo soy un periodista que ha escrito una novela, entre el vértigo, el intrusismo y el pudor. 

 

En la actualidad el género negro vive una buena etapa. Como periodista, ¿cuál crees que es el estado de salud de los detectives (de la ficción, claro) de nuestro país?

-Muy bueno. Son los mejores cicerones para recorrer las cloacas. Hay inmensos escritores de novela negra dentro y fuera de nuestro país. Creo que además, en el caso de España, hay que alabar que no son descritos como héroes y que sus miserias hacen aún más creíbles las tramas de las novelas.

En ese sentido, ¿en qué te has fijado para dar forma a Alto?

Alto es hijo de muchos policías y guardias civiles que he conocido por el oficio. Desde luego los reales son infinitamente mejores que el imaginado.

 

¿Hay esperanza de que las cosas mejoren en este país o seguiremos leyendo noticias sobre la corrupción?

Lo segundo. Seguro. Seguirá existiendo corrupción mientras exista una administración sobredimensionada, unos empresarios que buscan el atajo y que en todos los estamentos se valore más el servilismo pesebrero que la eficacia, la honradez y la entrega al trabajo. El sectarismo con el que nos enfrentamos a esta hidra no ayuda a cortar sus infinitas cabezas.

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