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Cuando Aixa de la Cruz no era feminista

Foto: Aixa de la Cruz

La escritora narra en Cambiar de idea los “delitos menores” que cometió en “la época de la inconsciencia”: un relato que nos recuerda el complejo camino que las mujeres han transitado hasta abrazar el feminismo.

 

Se escriben ya memorias al llegar a la treintena y si esto ocurre es por simple narcisismo o logorrea o bien porque algo suficientemente determinante ha ocurrido entre un año u otro -entre una década u otra- y merece ser contado. El caso de Aixa de la Cruz y de su novela Cambiar de idea (Caballo de Troya, 2019) apunta de forma clara a la segunda opción, ya que, como a tantas mujeres -y también a algunos hombresen los últimos años el feminismo le ha hecho cambiar de idea, revisar el sistema, revisar a los demás, revisarse a sí misma. Esto es relevante en tanto que forma parte de un despertar generacional, colectivo, porque “en muy poquitos años hemos cambiado de paradigma por completo”. Hay, además, al menos otra cosa que hace valioso el texto de De La Cruz -un texto, por cierto, con vocación de autobiografía que después de muchas correcciones tornó en autoficción, pues “la literatura te obliga a traicionar los hechos reales siempre”: hubo que modificar lo escrito para ajustarse y respetar las condiciones de los otros, que al fin y al cabo son inseparables de nuestra propia experiencia-. Esa otra cosa radica en su voluntad -su valor- de señalarse como parte del problema durante algunos años, los que pertenecen a “la época de la inconsciencia”: ella renegó de ser mujer en su infancia; ella apreciaba la atención masculina como lo único que le hacía sentirse reconocida; ella silenció conductas machistas; ella, finalmente, se comportó igual que ellos: trató mal a algunas mujeres y llegó a acosarlas. Bien, ¿y quién no?

Pero Aixa de la Cruz -que antes de Cambiar de idea ya había publicado cuatro novelas, entre las más recientes, Modelos animales (Salto de Página, 2015) o La línea del frente (Salto de Página, 2017)- lo ha contado. Influenciada en 2017 por el caso de La Manada, por el #MeToo y por el #Cuéntalo en redes, fue escribiendo este ahora libro en el que repasa sin pudor cómo algunos hitos de su vida la han llevado finalmente a abrazar el feminismo, y cómo también ese proceso ha sido “doloroso”. “Genera muchísima culpa intentar entender desde el paradigma actual nuestro comportamiento de hace 15 años. Antes estábamos muy ciegos ante ciertos temas que ahora resplandecen de alguna manera y, cuando contraponemos ambos paradigmas, la sensación de culpa, de complicidad, de silenciamiento es terrible”, explica. Había terminado una tesis que de repente le convertía en doctora (“¿y ahora qué?”) y decidió que un clavo saca otro clavo: “esta es la idea: narrar mi trayectoria, mis treinta años de delitos menores, para demostrar que casi todo lo que me avergüenza tiene que ver con un defecto tan paradójico como el de la misoginia”.

Cuando Aixa de la Cruz no era feminista 1

Imagen vía Caballo de Troya.

Delito menor 1: Negarse mujer

“Yo no quería luchar por mis hermanas. Yo quería dejar de ser una hermana. Como Virginie Despentes, pensaba que “todas las cosas divertidas son viriles” y “todo lo que no deja huella”, femenino, y odiaba que me encasillaran en lo segundo. Por eso en el parvulario me deshacía de los lápices de color rosa que venían en mi caja de pinturas, y en segundo de primaria escribí una pieza teatral para la función de fin de curso sobre una princesa que se negaba a llevar vestidos y a coser su ajuar de boda, y en tercero me encaré a la dirección del colegio por haber organizado una actividad extraescolar que no era mixta: el fútbol”.

De Cambiar de idea, página 43.

Muchas mujeres, entonces niñas o adolescentes, nos creíamos más poderosas cuanto más nos acercáramos a los hombres, en cuanto a compañía, aspecto incluso, maneras de comportarse. ¿También nos sentíamos más atractivas, había también un componente sexual?

Recuerdo mi infancia muy ligada a la negación absoluta de ser mujer y a la idea de que lo prestigioso era lo masculino y, como señalas, a un esfuerzo continuo por acercarme a este ideal de lo prestigioso que les pertenecía a ellos. Y luego también recuerdo mi adolescencia tardía como todo lo contrario: apreciar la atención masculina como lo único que te hacía sentirte reconocida. Creo que muchas saltamos de una visión infantil en la que lo que queríamos es ser como los chicos a una visión más adolescente y más asimilada al sistema en la que de pronto te das cuenta de que tu valoración pasa por ser aceptada, por ser deseada o admirada por los hombres, y en todo caso me parecen las dos caras de la misma moneda porque estamos negando cualquier acto emancipador que se pueda asociar a ser mujer en estas dos posturas.

Es importante tener en cuenta que todos y todas las que hemos nacido bajo un sistema determinado de opresión somos, de alguna manera, partícipes de ese sistema. En los últimos años se ha empezado a hablar mucho de feminismo a nivel académico y, como es un tema que he estudiado, me venían muchos hombres a pedir explicaciones: “a ver, ten paciencia conmigo que yo no nací feminista”. Y claro, me veía obligada a decirle: “ya, es que yo tampoco”. De hecho, todo lo contrario: aun siendo la parte oprimida de la ecuación, yo nací con los mismos ideales misóginos, en este caso de autoodio y de rechazo que me inculcaron. Para mí también fue un proceso hacerme feminista, para mí también fue un proceso de deconstrucción que nunca termina, que sigue abierto.

 

Delito menor 2: Acosar, silenciar, maltratar

“Maixa evalúa mi proyecto con un resoplido. Pide ejemplos de mis afrentas contra las mujeres y yo le hablo de una erasmus a la que arrastré a los baños de un bar con la excusa de invitarla a droga y de cómo, una vez dentro, le pedí que se liara conmigo a cambio de la invitación; de cómo abandoné a Milena en un contexto que me pareció peligroso y mientras me suplicaba que no la dejara sola; de la novia de Manu, de lo mucho que tuve que acosarla para que no haya vuelto a contestar a mis mensajes…”

De Cambiar de idea, página 105

Quizás uno de los momentos más duros pero también más interesantes de tu libro es cuando confiesas tus “delitos menores”, los acosos o tus malos comportamientos con las mujeres, ya fueran amigas o amantes. ¿Estabas ahí también emulando a los hombres, como hacías cuando eras pequeña?

Sí, por supuesto, de alguna manera estaba arrimándome al poder, entre comillas, porque si ves que los hombres, que son los poderosos, se comportan de dicha manera en sus relaciones de pareja, afectivas, pues al final este uso déspota del poder acaba siendo casi un deje de prestigio. En el libro hablo de esta época de la inconsciencia, es decir: la cantidad de cosas que ahora me parecen intolerables que llegué a cometer por no haber adquirido la conciencia feminista que he adquirido ahora. Y, bueno, sí: genera culpa comparar eso con quien soy ahora y qué cosas me parecen tolerables ahora y sin embargo las cosas que hice cuando no había dado este paso, cuando no había cambiado de idea.

Se está escribiendo mucho y necesario tanto en redes como en libros y artículos del machismo y micromachismos de los que éramos víctimas sin ser conscientes de ello hace unos años, pero poco sobre los que nosotras, por ser víctimas del sistema, también cometíamos o éramos partícipes.

Es que es un tema complicado. En mi caso particular, he tenido relaciones bisexuales en las que de alguna manera yo encarnaba la posición de poder de un hombre. De ahí sí que mis experiencias, digamos, de complicidad son comparables a las de un hombre, pero en otro tipo de contexto creo que no se puede comparar la complicidad en la que incurre una víctima de un sistema de opresión con las que comete alguien que se beneficia de dicho sistema. Entonces creo que no se ha hablado tanto de este tema por miedo a que lleguemos a un discurso de equiparar a agresores y víctimas, que es lo último que debería hacerse.

Fue la parte más dolorosa de escribir también, ahí sí que saqué un poco el látigo y me estuve fustigando, pero es que también forma parte de la tragedia, entre comillas, de ser mujer en esta sociedad que muchas veces te obliga a transitar por ambas posiciones, por la de la víctima y por la del poderoso que ejerce poder sobre otros cuerpos y personas. En esa ambigüedad radica mucho de la tragedia de habitar este sistema.

 

Delito menor 3: Escribir como un hombre

“Mi propio y escasísimo caché como mujer que escribe se ha desmoronado desde que dejé de escribir como los chicos: con voces falsamente neutrales, con personajes que pasan de puntillas por su género y se hermanan desde la hiperviolencia y las parafilias. Eso es lo que los editores que no publican a mujeres quieren que escribamos las mujeres. Los editores que no publican a mujeres andan locos por publicar a mujeres que escriban de una determinada manera, para refrendar que la subjetividad masculina es la subjetividad universal. Sus autores pueden ser sentimentales e intimistas, pero sus autoras siempre estarán estancadas en la impostura de lo masculino”.

De Cambiar de idea, página 126.

Se ha hablado mucho de Cambiar de idea (y de su éxito) como una especie de “primer libro” para ti. ¿Crees que alguna vez, en los anteriores, has escrito “como un hombre”?

Sí, de alguna manera lo que yo sentía o he sentido durante mucho tiempo es que cuando escribes algo tienes en tu cabeza las voces posibles de todas las críticas que pueden verter contra lo que estás escribiendo, y yo tenía la sensación de que las peores críticas que me podían hacer eran las que tenían que ver con valores asociados a lo femenino. Es decir, que lo peor que me podían decir era que pecaba de sentimental, de intimista, “ay, mira, otra mujer hablando de su menstruación…”. Es decir, todos los tópicos y las críticas asociadas a lo que se consideraba literatura femenina me aterraban, y por tanto me sentía obligada a sobrecompensar ciertos atributos que me libraran de estas culpas. Es decir, si tenía miedo a que me tildaran de sentimental, decía: “voy a escribir de escenas ultracrudas, muy violentas, con puntos de vista muy lejanos, muy fríos…”.

Sí que es cierto que esta declaración, creo que para bien, ha caducado bastante pronto, ¿no? Porque sí que estamos viviendo un auge de la literatura escrita por mujeres: creo que en los últimos meses lo mejor que se ha escrito ha resultado estar escrito por autoras y esto parece que coincide con un interés por parte de los editores en romper con esta tradición de negar la subjetividad femenina y casi con explotarla de alguna manera. Yo empecé a escribir muy joven, a los 18 años, y a lo largo de esa década sí que sentí muy fuerte la presión para escribir de una forma que no pudiera ser acusada de todo lo que comentaba antes.

Hablando de industria editorial, en un momento del libro te refieres a que antaño pensabas que, lejos de sufrir un trato discriminatorio, te habrías “beneficiado” por ser “una chica joven medianamente atractiva”.

Lo que cuento es que hubo una época en la que yo negaba que existiera cualquier tipo de discriminación en el mundo editorial, y que incluso sostenía eso sin darme cuenta de que si eso era cierto ya era un tipo de discriminación, ¿no? No es tanto que esté de acuerdo con ello sino que estaba recordando de qué manera pensaba en esa época, cuando tenía 20 años.

¿Y qué ha cambiado en esta década, desde que empezaste a escribir, cuando erais muy pocas mujeres jóvenes publicando, hasta el auge que estamos viviendo ahora? ¿Era más fácil destacar entonces?

Éramos poquísimas, y ahora, visto con perspectiva, tampoco creo que se nos diera mayor bombo por ser de las pocas mujeres que escribían, lo que sí que siento es que la presión era doble. O sea que la presión crítica y el escrutinio eran terribles; que, además, siempre te exponías a críticas que sabías que no iban a tener que ver con tu libro, sino con tu apariencia física, con el hecho de que fueras joven y mujer; es decir, una sensación de presión social súper fuerte.

Respecto a lo que ha cambiado: para empezar han surgido muchas más voces. Siempre está la pregunta de “¿antes se publicaban pocas mujeres porque había pocas mujeres que mandaran sus manuscritos? ¿O es que realmente mandaban manuscritos las mujeres pero los editores misóginos no las querían publicar?” Yo creo que había un poco de ambas cosas. Creo que este clima de escrutinio terrible contra una mujer que escribiera también provocaba que las mujeres no se atrevieran siquiera a dar el paso a la publicación. Hemos mejorado en muchos aspectos: las mujeres han perdido el miedo a escribir y los editores está empezando a querer dar voz a sus propuestas.

 

Coda – un debate importante: la autoficción

“A medida que me acerco al desenlace, los problemas éticos se me hacen más y más presentes. No tengo derecho a utilizar la experiencia de terceros para dar sentido a la propia, pero resulta imposible trazar la línea que mee separa de los demás; soy todos los que me han contaminado; estoy hecha de préstamos y de hurtos y avanzo por un callejón sin salida, queriendo redimir mi culpa a través de un proceso que la renueva. Debería parar, pero no lo hago (…) Así que sigo escribiendo hacia la colisión frontal, contándole a un lector imaginario lo que no tengo derecho a compartir con nadie. Tan solo me ampara un código que consiste en ser honesta en todo lo que me incumba y en omitir o desdibujar los hechos que no tenga permiso para compartir. Escribo tres versiones de esta ,misma historia antes de llegar a la definitiva, a la que cuenta la verdad sobre lo que yo hice y miente sobre todo lo demás”.

De Cambiar de idea, página 109-110

Recuerdo un artículo de Anna Caballé en el que decía que la autoficción, de tanto usarla, corría el riesgo de convertirse en una fórmula. Desde luego, no es una cosa de hoy, pero sí parece que está en boga. ¿Hay que emplearla con cuidado?

Sí, a lo largo del libro también hay una reflexión sobre eso, sobre los límites de la autoficción o sobre los problemas de trabajar con la autoficción de una forma responsable políticamente. Yo creo que el único motivo por el que escribimos ficción basada en lo biográfico es porque intuimos que hay algo que puede llegar a lo colectivo de nuestra experiencia personal; es decir, hay una voluntad de pasar de lo individual a lo colectivo, de lo subjetivo a lo universal. Para mí es esa voluntad la que hace interesante el género. Ahora bien, es un género que sí, que contiene también el riesgo del ensimismamiento, de que aún queriendo traspasar las barreras de la subjetividad y llegar a algo más universal nos quedemos atascados al final en el dolor, en la culpa propia, en el ego, y no seamos capaces de dar ese paso.

Laura Fernández, periodista y escritora, me contó una vez que cree que “leemos cada vez más autoficción porque necesitamos recordar que la realidad sigue ahí”. Decía: “La realidad cambia cada día y no hay nada fiable. Lo que tenemos son visiones de la realidad (…) Queremos ver que alguien nos devuelve algo que nosotros vemos comprensible. De la realidad está escribiendo todo el mundo, pero de su realidad y ese es el peligro”. ¿Estamos faltos de grandes relatos que aborden problemas universales?

Igual nos hemos dado cuenta de que los relatos universales se nos han vuelto más bien insuficientes, ¿no? Porque hay una vocación en la idea de contar un relato universal que es bastante ciega a los conceptos de ideología. Antes se solía pensar que se podían contar historias casi sin sesgo, que si conseguíamos contar una historia desde todos los puntos de vista casi podíamos comportarnos como pequeños dioses que analizaran la realidad tal cual era y trasladarla de una forma fidedigna y objetiva. Creo que a medida que nos hemos vuelto más relativistas, sobre todo bajo la influencia de la filosofía posmoderna, se han devaluado bastante estos grandes relatos y hemos empezado a entender que lo máximo a lo que aspiramos, con toda la honestidad del mundo y con toda nuestra pequeñez, es a contar con honestidad visiones sesgadas de la realidad y que por tanto igual se puede alcanzar lo universal desde lo privado, desde lo personal, de una forma más sincera. Es como: si no podemos contar la verdad tal cual porque no existe pues voy a contar al menos mi verdad, mi verdad pequeñita que se queda al menos en una ambición manejable.

¿Hay algún tipo de relación entre esta literatura confesional con esta nueva ola del feminismo, como si las mujeres necesitásemos hablar de ciertas cosas sin escondernos tras ficciones?

Podría ser. Es de alguna manera feminista escribir desde el yo, al menos por dos motivos: por un lado, creo que la literatura escrita por mujeres ha estado muy asociada a la escritura de memorias, a la escritura intimista, a la escritura desde el yo, y por tanto muy denostada durante mucho tiempo; entonces, nos enfrentamos a un género que, cuando la escritura de las mujeres estaba siempre bajo censura, no tenía ningún tipo de prestigio. Sucede que en los últimos diez años la autoficción se pone muy de moda porque los hombres empiezan a transitarla; escritores de prestigio empiezan a escribir desde el yo y parece que el hecho de que las plumas masculinas se metan en un género históricamente femenino consigue revalorizarlo. Teniendo en cuenta esta pequeña genealogía, me parece que volver a apropiarnos de la primera persona, de estos géneros que siempre nos habían pertenecido, de alguna manera es un acto reivindicativo. Y por otro lado, una de las cosas que el feminismo nos está enseñando es que la subjetividad femenina ha estado silenciada durante muchísimo tiempo: nos hace falta para entender el mundo de una forma más completa, y por tanto sí, no hay nada más idóneo para sacar esa subjetividad femenina que había sido silenciada que apropiarse de la primera persona y de los relatos desde el yo.

¿Necesitamos en este siglo hablar más de nosotros mismos en libros al igual que en las redes?

Creo que no hay trabajo más narcisista que el de un escritor: todos los escritores estamos hablando continuamente de nosotros mismos. Entonces a lo que quizás sí que han contribuido las redes sociales es a quitarnos el pudor. Yo lo veo mucho en términos generacionales: para mí no significa lo mismo la exposición que llevo a cabo en este libro que para mi madre; para ella sigue siendo un acto de valentía, casi de inconsciencia, incluso mucho mayor que para mí porque todavía estas divisiones entre lo íntimo y lo público son más marcadas y, en definitiva, porque pertenece a una generación en la que no ha crecido tan acostumbrada a ver su intimidad expuesta. No le daría más importancia que eso.

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