Alber Elbaz, el último mago de la moda, sale de escena
Foto: Benoit Tessier| Reuters

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Alber Elbaz, el último mago de la moda, sale de escena

La inesperada muerte de Alber Elbaz ha conmocionado el mundo de la moda. Dotado de una personalidad expansiva y generadora, Elbaz reflotó la casa Lanvin durante 14 años y acababa de presentar su proyecto más personal, AZ Factory, un verdadero manifiesto creativo y empresarial del que se alimentará el universo de la moda en las próximas décadas

por Isabel Vaquero

El pasado 24 de abril murió en París Alber Elbaz, víctima de la COVID-19. La vacuna no llegó a tiempo para este genial creador de 59 años, reconocido hipocondríaco, acostumbrado a hacer bromas sobre sí mismo. Elbaz era una de las personas más queridas en el mundo de la moda, tanto por sus compañeros de profesión como por periodistas y estilistas de la prensa especializada, empresarios, modelos y desde luego sus fieles clientes. Durante los últimos dos años estuvo embarcado en un proyecto personal ilusionante, AZ Factory, que finalmente vio la luz en enero de este año y le reportó admiración general en la profesión. Alber Elbaz era una persona buena, generosa, con sentido del humor, talento para tomar el pulso a la moda y sabio para llegar al corazón de las mujeres. 

El diseñador israelí, nacido en Casablanca en 1961, se mudó a los diez años con su madre, ya viuda, y sus tres hermanos a Israel, donde estudió en la Facultad de Ingeniería y Diseño Shenkar, cerca de Tel Aviv. Comenzó su carrera en la moda trabajando en una pequeña tienda en Nueva York, en 1984. Cinco años después, en 1989, entró en el taller del famoso modisto norteamericano Geoffrey Beene, de quien fue asistente principal hasta 1996. Elbaz siempre dijo que al lado de Beene logró no solo experiencia en resolver problemas contrarreloj, sino también una profunda formación en diseño. Entre 1996 y 1998 dirigió el departamento creativo de la marca francesa Guy Laroche, en París, destacando por su gestión sobresaliente. Elbaz se manifestaba ya entonces como un valor seguro, y en las trastiendas de la moda todo el mundo andaba pendiente de sus movimientos.

Fue entonces cuando el todopoderoso Pierre Bergé le invitó a diseñar la línea femenina de prêt-à-porter Rive Gauche, de Yves Saint Laurent. Una oferta que nadie en su sano juicio podía rechazar, pues incluía sustituir al gran Yves, un mito de la moda francesa, cuando se retirara. Pero tan solo tres temporadas después, tras la adquisición de la marca francesa por el grupo Gucci, Elbaz fue reemplazado por Tom Ford. En 2000 decidió tomarse un sabático que resultó breve, porque no tardó en aceptar el puesto de diseñador jefe de la casa italiana Krizia. 

Pero en 2001 le ofrecieron la oportunidad de su vida: despertar a la bella durmiente, la centenaria casa Lanvin, la más antigua de Francia, que no ha cerrado sus puertas desde su creación, en 1889. En aquel momento, la marca ya había sido vendida por L’Oreal a la magnate taiwanesa Shaw-Lan Wang, que dio carta blanca al creador para relanzar Lanvin.

Alber Elbaz, el útimo mago de la moda, sale de escena

Imagen publicitaria de Lanvin del verano de 2008 que resume muy bien el concepto de estilo de Elbaz. | Imagen vía Lanvin.

Grande entre los grandes 

A comienzos del siglo XXI, la moda europea vivía un momento de máximo esplendor, una verdadera fiesta creativa. John Galliano llevaba tres años deslumbrando en Dior, Alexander McQueen ya destacaba como una luminaria, Marc Jacobs había cosechado un gran éxito con la línea de prêt-à-porter de Louis Vuitton –que hasta entonces no existía–, los belgas Margiela, Dries van Noten y Anne Demeulemeester empujaban desde Amberes, Miuccia Prada reinaba en Italia, Jil Sander en Alemania y Karl Lagerfeld en Chanel. La aparición de Elbaz en Lanvin fue un soplo de aire fresco, de alegría, espontaneidad y color. Colección tras colección, durante catorce años, hizo una moda evolutiva, es decir, que no cambiaba de rumbo con las tendencias y permitía ir construyendo un armario coherente con un estilo optimista, brillante y relajado.

La aparición de Elbaz en Lanvin fue un soplo de aire fresco, de alegría, espontaneidad y color.

«Creo en el confort y en la individualidad. Aunque casi nunca puedo, me encanta estar en la tienda, entender a mis clientas, descubrir qué es lo que les gusta de ellas mismas y ayudarlas a potenciarlo», confesaba a quien esto escribe en 2007. «Hago ropa para que las mujeres disfruten y se sientan bien con su cuerpo. Para eso hay que escucharlas, respetarlas, hacerlas sentir seguras. En ese momento, cuando se miran al espejo y se sienten guapas, para mí el vestido desaparece y ya solo veo su cara de felicidad».  

 

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Así es como recordamos en la alfombra roja a una luminosa Meryl Streep vestida de lamé dorado, recogiendo su Oscar en 2012; o a la imponente Tilda Swinton cuando, sorprendida, recogió el suyo en 2008, subiendo al escenario con un vestido negro de terciopelo de una sola manga. O cuando Elbaz acompañó a Emma Stone, con un minivestido rojo cubierto de aplicaciones, a la gala del Metropolitan Museum con motivo de la inauguración de la exposición Schiaparelli and Prada: Impossible Conversations, en 2012. 

 

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El renacer de Lanvin

El trabajo de Alber Elbaz fijó el modelo de cómo reflotar una antigua y venerable casa de costura, conservando y dando relevancia a ciertos elementos característicos de la marca desde su fundación, como el famoso lazo Lanvin bordado, o los vestidos de falda acampanada, gráciles y flotantes, pero con un carácter de modernidad radical, sin miedo. También magnificó los colores clásicos de Lanvin, como el negro o el ‘azul no me olvides’ –famoso en época de Madame Lanvin, que se inspiró en Fra Angélico para obtenerlo–, modernizados con nuevos matices, y añadiendo otros como el verde esmeralda, el rosa en todas sus gamas, los tonos arena, el rojo vibrante y el amarillo limón. La demostración de su filosofía cromática deslumbró en la colección de verano de 2008, con una salida en pasarela de cinco vestidos largos de seda flotante que iluminaron la década. 

En esos años se llevaban pocos estampados, salvo los de flores y de leopardo, omnipresente en la moda, pero que él tuvo la genial idea de interpretar en azul, que resultaba mucho más amable. Lo mismo ocurrió con sus tejidos dorados, plateados, irisados, tan de moda en aquellas temporadas, que reflejaban una modernidad insólita, más ligeros y elegantes que otras propuestas contemporáneas. 

Alber Elbaz, el último mago de la moda, sale de escena

Casa Lanvin en las pasarelas de Londres en marzo de 2009. | Imagen vía Lanvin.

Las aportaciones de Elbaz al estilo de la época son incontables: renovó la bisutería de lujo, las aplicaciones en la ropa, los volúmenes ágiles, los drapeados modernos, los tocados y sombreros ingeniosos, los zapatos que alargaban las piernas… Y sin embargo, muchas mujeres que vistieron estas tendencias en marcas que reinterpretaban cuanto él inventaba, no conocen siquiera el nombre del creador. No importa, a él no le importaba. 

Alber Elbaz era discreto, humilde, tierno y divertido. En la época en que imperaba el diseñador estrella, él vestía siempre una especie de uniforme de chaqueta y pantalón negros, o de túnica y pantalón, para ocultar sus kilos cuando se veía muy gordo, que en ocasiones alegraba con una pajarita de colores.

Diseñador prolífico

El desarrollo comercial de Lanvin creció de modo imparable desde su incorporación a la firma. Entre 2005 y 2007 aumentó un 60% su facturación. Lanzó entonces la línea de novias, ‘Lanvin Blanche’ –que resulto un éxito generacional, pues sus novias eran modernas, diferentes y encantadoras–, y también la línea para niñas, ‘Lanvin Petite’, un homenaje a Madame Lanvin, que empezó su carrera haciendo ropa para vestir a su hija. La ropa infantil de Elbaz no tenía parangón, no podía ser más ocurrente y simpática, tanto por los vestidos, diminutos y sofisticados, como por las fotos con que se presentaba. Prolífico y sereno, alejado de la jet set de la moda, Elbaz se divertía creando. Y su felicidad era contagiosa.

Prolífico y sereno, alejado de la jet set de la moda, Elbaz se divertía creando. Y su felicidad era contagiosa.

A finales de 2015, después de colaborar con Olivier Saillard en una gran exposición retrospectiva de Jeanne Lanvin en el Palais Galliera de París, Elbaz fue despedido repentinamente de Lanvin. Respetado y querido también por los trabajadores de la casa, la noticia provocó indignación y protestas: fue una auténtica conmoción. La prensa no daba crédito, incluso Jack Lang, exministro de cultura francés, intervino declarando que «Alber Elbaz es uno de nuestros tesoros nacionales. Cortar las alas de este talento excepcional es muy triste». De nada sirvió, por supuesto. La propietaria Shaw-Lan Wang ni siquiera se desplazó a París desde Taiwán. A partir de entonces, contrató a sucesivos creadores que nunca llegaron a encajar en la marca, y acabó vendiéndola. Hoy la empresa es propiedad de Fosun International, el conglomerado de moda chino con sede en Shanghái. 

 

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Su último sueño

Desde que salió de Lanvin, Elbaz recibió innumerables reconocimientos y honores, como el título de Oficial de la Orden Nacional del Mérito del Ministerio de Cultura en 2016. A partir de entonces, se dedicó a colaborar en proyectos puntuales con otras marcas, incluyendo una colaboración con Tod’s, unas deportivas Converse, una línea de maquillaje de edición limitada con Lancôme, o la fragancia Superstitious con el perfumista Dominique Rompion para el editor Frédéric Malle. También impartió conferencias y lecciones magistrales invitado por las instituciones más prestigiosas del mundo, pasó un tiempo viajando e investigando, y en los últimos años desarrolló su interés por la tecnología textil.

A finales de 2019 Elbaz se centró en un proyecto personal, AZ Factory –respaldado por el grupo suizo Richemont–, un nombre inspirado en sus iniciales y en la necesidad de explorar todos los pasos de la creación de ropa y accesorios. Pero esta vez a un ritmo más pausado que el impuesto por una industria histérica que vuelve locos a sus creadores, obligados a ser geniales entre ocho y diez veces al año. Su nueva marca, concebida como un laboratorio de ideas para conectar a diseñadores y fabricantes con el objetivo de crear ropa de manera más sensata y racional, se presentó con un video el pasado enero durante la Semana de la Alta Costura de París. En la grabación, el diseñador despliega sus valores: prendas para todas las tallas y edades, artesanía equilibrada con tejidos innovadores, y un diseño práctico alejado de tendencias y novedades efímeras. 

Elbaz desarrolló en AZ Factory no tanto una colección, sino una serie de proyectos e historias destinadas a transformar la moda contemporánea sin atender a calendarios ni tendencias. En primer lugar, concibió una amplísima gama de tallas, desde la XXS hasta la 4XL. También dedicó un capítulo a piezas coloridas y funcionales como el pijama (una de sus obsesiones en Lanvin), con estampados brillantes y vívidos, adecuados para dormir y también para salir. Inspirado por los cambios que atravesaron nuestras vidas durante la pandemia, y en particular por las necesidades del smartworking, creó el proyecto Switchwear, una serie de piezas deportivas que pueden transformarse en diseños elegantes añadiéndoles una falda o un top de satén. 

 

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Una propuesta fundamental de la nueva marca es la línea de sneakers puntiagudas, que estilizan la pierna como unos tacones sin sacrificar la comodidad y estabilidad. «Hay cada vez más gente inteligente, sofisticada y muy ocupada que lleva sneakers de la mañana a la noche.» Y la sección de joyas, desarrolladas con técnicas de savoir faire artesanal, que son al mismo tiempo obras de arte y accesorios.

En todo caso, el proyecto más visionario fue su colaboración con varias empresas para perfeccionar tejidos tecnológicos para sus vestidos AnatoKnit. Combinando glamour y comodidad, trabajó con MAS Italia, con el estudio holandés ByBorre y con la empresa textil española Nylstar aplicando diversas técnicas, hilos y textiles de alta tecnología, a creaciones chic y glamorosas fabricadas sin consumo de agua, sin generar contaminación atmosférica ni utilizar disolventes.

«Una fábrica sin sueños no tiene futuro, y que un sueño sin fábrica no tiene sustancia».

Alber Elbaz, que compartía su vida desde 1993 con su socio Alex Koo, antiguo director comercial de Lanvin, declaró en 2017, durante el Vogue Fashion Festival: «Me gustaría crear una historia que se llamara Dream Factory, porque soñar es fundamental en la profesión de creador. A menudo digo que una fábrica sin sueños no tiene futuro, y que un sueño sin fábrica no tiene sustancia». Por fortuna pudo hacer realidad su sueño. Independientemente de lo que ocurra desde ahora con la marca (todas las piezas se pueden comprar online en su web y en farfetch.com), AZ Factory es un inteligente modelo de negocio para cualquier creador, con una estructura moderna y dinámica concebida para responder a la moda del futuro.  

Isabel Vaquero

Periodista experta en moda. Formó parte del Comité Científico del Museo del Traje de Madrid y es profesora de Historia y Cultura de Moda en varias universidades públicas e instituciones privadas.