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Ansiedad, curros basura y sexualidades feroces: La literatura “sin baños” de Albert Kadmon

Foto: Imagen de 'Tokyo Fist', dirigida por Shinya Tsukamoto | Kaijyu Theater

Drobovsky eyacula sangre cada vez que ‘la cosa’ se vuelve novelesca. ‘La cosa’ es su vida, un rosario de curros de mierda, mujeres con una potencia sexual y violenta totalmente “desgenerada” y extraños personajes que se lo pasan pipa haciéndose pedazos –literalmente-. Y luego está el sistema que lo engulle, el Capital: un organismo vivo desagradable como un chihuahua furioso que reparte generosas dosis de enfermedad mental por las esquinas. Bienvenidos a Samskara (ed. Cazador de ratas), una nouvelle inspirada en el género japonés del ero-guro con su particular universo de gore, sangre y ansiedad, que no tiene ninguna intención de distraeros, no, no. De hecho, lo vais a pasar deliciosamente mal. Ojo, este libro escupe trap.

 

Uno de los aspectos más interesantes de la novela es la inversión de roles de género y los numerosos personajes femeninos con una sexualidad muy agresiva. Creo que es una decisión valiente en los tiempos de excesiva corrección política en los que vivimos…

Bueno, el libro puede parecer muy trash, pero hay autores como Lydia Lunch, Virginie Despentes, Kathy Acker o Dennis Cooper cuyos libros lo son cien veces más, así que llego un poco tarde. Lo que sí es cierto es que existe una corriente actual de representación de la sexualidad en la que se supone que la literatura es una zona moral en la que sentirte identificado, recrearte y tomar ejemplo; es decir, se quieren personajes de la misma orientación sexual que uno y que se comporten de forma moral y saludable en sus relaciones, para que así el lector se sienta cómodo e identificado.
Yo no hago arte para ser mejor persona y eso ya lo digo en el libro a través de mi alter ego, “Pegajoso”. La literatura no te hace mejor, de igual forma que el carlismo no se cura viajando o leyendo; la literatura te ayuda a salir de tus palabras, a encontrar ecos en tus significados quizás, pero no te hace mejor. Por eso pensé que la sexualidad en la novela debía ser una zona amoral en la que todo fuese posible, un poco como en la vida.

Ahora que mencionabas a Lydia Lunch, estamos sentados en la misma terraza, quizás la misma mesa, en la que hace más de diez años le hice una entrevista para la revista Penthouse sobre ese libro tan violento y genial, Paradoxia. Recuerdo que llegó tarde y se disculpó diciendo que se había dejado las bragas en casa y tuvo que volver. ¿Crees que por el hecho de ser mujeres tenemos más derecho que los hombres a escribir sobre la sexualidad de las mujeres en la ficción?

Es innegable que las mujeres tienen un derecho histórico, pero además la tradición de la perversión escrita por hombres es muy antigua, mientras que hay poquísimas mujeres que han escrito desde ese lugar. Si soy mujer y quiero encontrar un mundo de referencia para mi ansiedad, creo que me gustaría que más mujeres escribiesen sobre aquello que me la produce. Porque este es otro tema de la novela que tiene mucho que ver con la zona amoral a la que hacía mención: somos muchos, entre los que me incluyo, luchando contra sus monstruos mentales; estamos 24 horas conectados a ese túnel de mierda, ese bucle de ansiedad… Y lo que yo quería era darle la forma de un mundo de ansiedad propio, porque encuentro consuelo en ver los demonios de los demás y cómo los han gestionado y en saber que no estoy solo luchando contra mis problemas mentales.

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“La liberación sexual dentro del capitalismo no es un movimiento en pro de la igualdad y la erradicación de los géneros, sino un movimiento que nos hace igualmente chusma y atomizados”. –Albert Kadmon. | Foto: Cristina Ortiz.

No sé si no hay suficientes mujeres escribiendo sobre ese tipo de perversiones y violencias por un desarreglo histórico o porque no les interesa, porque es un machismo tóxico que se revuelca en su propia mierda, pero a autoras como Despentes o a Lunch se las acusa de que piensan y escriben como un hombre y ese juicio tiene muy poco de feminista. Luego, los personajes de la novela como Bukowskiana, que utiliza a los tíos como si fuera el Telepizza, no es que sean propios de mi imaginario; muy al contrario, las mujeres que conozco son la auténtica cultura de los cuidados, pero existe ese tipo de mujeres y esa potencia, y no es ni masculina ni femenina, sino puro egoísmo. El tema con la gestión social de la violencia es a quién le han dejado gestionarla y por eso quería que fuesen poderosas, porque pueden, porque en un universo aceleracionista esas pulsiones egoicas son imaginables. La liberación sexual dentro del capitalismo no es un movimiento en pro de la igualdad y la erradicación de los géneros, sino un movimiento que nos hace igualmente “chusma” y atomizados.

Y ansiosos…

Exacto, el capitalismo incuba neurosis y ansiedades. Crea un modelo de mujer y hombre acelerado del que se debe hablar. La masculinidad hegemónica también excluye a los pobres o los enfermos mentales y mi protagonista, Drobovsky, tiene una masculinidad marginada.

También es un tipo que no puede salir adelante por mucho que se esfuerce, y para mí un espejo de precariedad en pleno siglo XXI. ¿La literatura debe ser política?

Un 'porreta' que conocía me dijo que tenía la sensación de que se fumaba siempre el mismo canuto. Si no quieres  que el arte sea eso, el entretenimiento que hace soportable una cuenta atrás, debe ser político. Aunque la política principal que hago en el libro es la de visibilizar la enfermedad mental.

¿Esta sociedad oculta la enfermedad mental?

No hubiera llegado a este libro si no fuera por mi libro anterior, un ensayo sobre el poeta Leopoldo María Panero, que pasó gran parte de su vida internado en psiquiátricos y eso influyó en su poesía; de hecho, me hizo reflexionar mucho sobre el régimen psiquiátrico y acceder a un montón de material y personas que me escribían para contarme su experiencia. Digamos que la enfermedad mental dentro de un mapa antipsiquiátrico sería un tipo de huida hacia delante ante la incapacidad de adaptarse al mundo, que ya no es la Tierra, sino un ser vivo, el capitalismo, que impide la adaptación de todos los seres humanos, que nos atraviesa y produce enfermedades mentales. Es como vivir con un bote de uranio en casa.

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Imagen vía Cazador de ratas.

El protagonista de Samskara es adicto a la cayena. Eso me sorprendió.

Es que no importa a qué seas adicto. La gente no es adicta a la sustancia en sí, sino que hay un modelo de itinerarios, un anclaje afectivo con una sustancia, una persona, una cosa, una emoción… Cuando alguien se hace adicto a algo se dice que ha tenido “una luna de miel” y siempre intenta recrear ese amor inicial que tuvo y que alimenta el propio sistema.

Hay muchas referencias en la novela a autores como Patrick Modiano –esas vueltas que da el protagonista intentando encontrar a una chica que padece “apotemnofilia” (el deseo de amputarse una parte del cuerpo), los universos de Javier Tomeo y también a Juan Benet. De hecho, la defines como una “nouvelle ero-guro-benetiana”. ¿Qué es el ero-guro, un gore extremo japonés?

Es una etiqueta para cierto tipo de arte asiático surgido tras la segunda guerra mundial y las bombas de Hiroshima y Nagasaki, cuando en Japón había muchos mutilados y gente a la que la piel se les caía a tiras, y un grupo de autores decidió escribir sobre ello para erradicar el tabú. Es la perversión en grado sumo, con artistas como Hideshi Hino, cuyos padres quedaron mutilados y publica mangas donde todos en su familia son monstruos y se masacran los unos a los otros. O historietas en las que se abre a alguien en canal y se hace un puzzle con las partes de su cuerpo… Quería capturar ese modo de hablar de la sexualidad y la violencia sin filtros que en su caso representa su mundo de ansiedad. Y pasarlo mal. Pasarlo peor que mal y que quien lo lea lo pase mal también.

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