Alberto Rojas: “Conocer la realidad sobre la inmigración derrumbaría muchas verdades que creemos inmutables”
Foto: Campo de desplazados de M’Poko

Mundo ethos

Alberto Rojas: “Conocer la realidad sobre la inmigración derrumbaría muchas verdades que creemos inmutables”

por Álvaro Navarro Sotillos

Alberto Rojas (Puertollano, 1977) es un cazador de escenas y de imágenes. Se licenció en Historia y se enamoró del reporterismo tras leer las crónicas de Vasili Grossman en el frente soviético en la Segunda Guerra Mundial. Acabó encontrando su sitio en el periodismo en África, cuando investigó sobre el paradero del niño que protagoniza la fotografía más conocida de Kevin Carter, realizada en Sudán en 1993, una de las imágenes más impactantes del siglo XX.

Tras ocho años viajando por algunos de los lugares más sorprendentes y peligrosos del continente africano -Níger, Sudán del Sur, República Democrática del Congo o Somalia-, este periodista y fotógrafo manchego ha compilado sus reportajes en África. La vida desnuda (Debate, 2018). Las páginas de su obra están cargadas de testimonios personales de personas cuyas vidas se vieron truncadas por la guerra, la hambruna o el ébola; dentro de sus páginas nos adentramos en parajes insólitos, alejados de la mano de Dios, regidos por la tiranía y el desgobierno.

A Rojas no le gusta entrevistar a ‘héroes de barro’, esos que se alzan como falsos protectores de las sociedades en África, él anda en busca de esas víctimas que, a pesar de la precariedad de su situación, deciden rebelarse.

Alberto Rojas afirma, mientras apura su vaso de café americano, que no es ningún valiente y que prefiere mantenerse lejos del frente de guerra y así poder entrevistar a esos luchadores como Fanta, Hanna, Sunday o ‘Mama Justine’, que son los protagonistas de su libro; personas ajenas al postureo de las redes sociales y a los «problemas del primer mundo».

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¿Qué noción tenías de este continente, antes de introducirte en sus entrañas?

Escasa, mitificada y deformada por los prejuicios. Para mí fue una auténtica sorpresa ver cómo era África en realidad. Ver un país africano de primera mano, sus desafíos, sus realidades. Me ocurrió de la misma forma que a Alicia cuando cae en la madriguera del conejo y descubre que se encuentra en un sitio maravilloso.

¿Por qué has decidido condensar ‘África, la vida desnuda’ en un libro y no en otro formato?

Un libro es el mejor formato que puedes encontrar para periodismo a larga distancia. Yo tenía muchos reportajes repartidos en diferentes páginas web. Pero en el momento que quería enseñar lo que tenía, no disponía de nada unificado, estaba todo desperdigado, no encontraba un hilo conductor. He realizado cerca de veinte viajes, pero los he vivido como uno solo.

Un libro te permite añadir dos cosas que no los encuentras en los reportajes de prensa comunes, porque te lo impiden las reglas periodísticas básicas: meter la parte emocional del viaje y contar lo anecdótico, que a veces te ayuda a entender una situación determinada.

A lo largo de los capítulos cuentas historias en Níger, Sudán del Sur, Ruanda, la República Democrática del Congo, Somalia… ¿crees que te ha faltado algún país por visitar hasta el momento?

Tengo una frustración, que creo que voy a superar pronto, que es viajar al norte de Nigeria. Y es que este país no ha otorgado visados a periodistas hasta hace bien poco. Únicamente, he conocido a Boko Haram adentrándome en el Lago Chad.

Angola es un país que me atrae. También Mali y Eritrea. Me quedan muchos países africanos por visitar. Por eso, mi libro supone un cambio de ciclo, ya que tenía que condensar en ocho años lo que había vivido, y darle una unidad a mi trabajo.

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Imagen vía Editorial Debate.

¿Has tenido que descartar algún testimonio o acontecimiento en tu libro?

Continuamente lo haces. Puedes llegar a hacer diez entrevistas en un campo de refugiados y tienes que elegir tres testimonios. Elegir es hacer fotos, y tú tienes un panorama de 360 grados, y sólo puedes fijarte en un determinado plano. El periodismo es elegir.

Has hablado con personas que han sufrido violaciones o que han perdido a su familia. ¿Cómo consigues ganarte la confianza de esas personas para que te cuenten acontecimientos tan personales y profundos?

Es una cuestión que me sigo preguntando. En mi experiencia, todo el mundo quiere contar su historia, cualquier ser humano que sufre quiere explicar el porqué de su sufrimiento, con la esperanza de que su vida cambie. Muchas personas han venido a contarme lo que le pasaba, a pesar de que el hecho de contármelo les suponía un trauma.

En 2017, mientras cubría la frontera entre Sudan del Sur y Uganda, estuve entrevistando a un grupo de mujeres que atravesaron el país con sus hijos y me contaron que, al intentar salir de la guerra de Sudán del Sur, fueron detenidas en una emboscada militar. A sus niños se los habían llevado a otra parte, y los soldados se dispusieron a violar a estas mujeres, como si fuera su principal labor. A ellas obviamente les resultó difícil relatarme este acontecimiento.

Otro caso: entrevisté en Sudán del Sur a Sunday, una mujer que llevaba saludando unos cuatro días seguidos. Me contó que las mujeres que salían a por materiales básicos, como la leña, o a lavar la ropa al río Nilo, acababan siendo violadas. Mientras que los cascos azules, destinados en el país africano, solían presenciar estas violaciones desde las torres de vigilancia.

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Cientos de refugiados recién huidos de la guerra de Sudán del Sur esperan para recibir una ración de comida en el campo de Bidi Bidi (Uganda). | Foto de Alberto Rojas, cedida por el autor.

 

¿Alguna vez te has enfrentado a situaciones en las que te has visto sobrepasado?

He tenido suerte de haber escapado rápido de esas situaciones. A veces me he visto apurado, y siempre en la misma situación: frente a una turba de gente descontrolada. Una de estas situaciones me ocurrió en 2014, durante la primera cobertura de la epidemia del virus del Ébola, en Guinea-Conakry.

Ocurrió en el entierro de un fallecido por Ébola en este país. Sus familiares me intentaron linchar cuando me descubrieron haciendo fotos, a pesar de tener el consentimiento de la propia madre del muerto para asistir a este evento.

El virus del Ébola generaba un pánico en la sociedad, no ya a la propia enfermedad, sino al estigma. Cuando se relacionaba a una determinada familia con la enfermedad, pasaba a estar totalmente aislada de sus vecinos, como le ocurre a un paria al que nadie quiere tocar ni acercarse.

¿Cómo es ver el Ébola cara a cara? ¿Qué mostraban los rostros de quienes lo han padecido?

No sé si era peor la situación del enfermo, que tenía alguna esperanza de curarse -aunque únicamente lo hacían entre el 40% y el 50% de los pacientes-, o de aquella persona que se había curado pero que no podía volver a la sociedad, a pesar de haber superado la enfermedad y aunque tuviese un papel que acreditaba que ya estaba completamente sana.

La gente que se recuperaba del Ébola era expulsada de sus propios barrios, no podía ir al comercio a comprar y a sus hijos se les impedía la entrada en las escuelas. Además, estas personas salían muy malgastadas físicamente, les habían sacado mucha sangre, habían vomitado durante semanas. Nada más salir del hospital, esta gente estaba destruida.

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La pequeña Zakia, en el centro de niños desnutridos de Zinder (Niger) | Foto de Alberto Rojas, cedida por el autor.

¿Crees que tu libro, además de dar a los lectores una noción más realista sobre la situación de algunos países africanos, ayudará a eliminar los prejuicios de quienes temen por el ‘efecto llamada’ de los inmigrantes?

No sabemos nada ni queremos saberlo. El hecho de conocer la realidad sobre la inmigración derrumbaría muchas verdades que creemos inmutables. Derrumbaría determinadas ideologías populistas que usan muchos políticos europeos. Ellos no se plantean sobre lo que sucede al otro lado, lo que les le afecta a esta gente y lo que supone en sus vidas venir a Europa.

En los últimos diez años, han llegado alrededor de 560.000 africanos a España de manera regular o irregular. De todos esos, se han acabado yendo 558.000, es decir, son cerca de 1.900 los africanos que se han quedado en nuestro país. ¿La migración irregular africana es el gran problema de España? Para responder esto primero hay que fijarse en los datos.

Se ponen etiquetas muy a la ligera: “inmigrantes económicos”, “refugiados” o el “efecto llamada”. ¿Tú crees que un camerunés, que emigró de su país hace ocho años, le afecta que España acepte la llegada del ‘Aquarius’ en sus costas?

¿Qué ha cambiado dentro de ti tras conocer a personas como Fanta, Hanna, Sunday o Rachel, todas ellas protagonistas en tu libro?

Han cambiado muchas cosas. Cada sitio que he visitado lo asocio al lugar donde reside la gente que he conocido. Cada uno de ellos me ha dado un conocimiento sobre la condición humana que de otra manera no lo hubiese conocido. Por eso mi libro se titula ‘La vida desnuda’. Si a nuestro mundo le quitas el postureo, las redes sociales, los problemas del primer mundo, te puedes encontrar con a la gente de forma más cruda, más directa, más realista.

De cada persona he aprendido mucho sobre el ser humano, y sobre mí. Todo viaje no se realiza hacia fuera sino también hacia adentro, y te hace crear vínculos con personas que jamás los hubieras tenido de otra manera. Por eso me considero una persona afortunada y privilegiada por hacer este trabajo.

Nunca hubiera conocido Somalia, nunca hubiera oído el bombardeo hacia una población, nunca hubiera hablado con una mujer violada, nunca hubiera visto morir a un niño de hambre. Todo esto, aunque sean acontecimientos muy trágicos, te enseñan mucho sobre la condición humana.

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Soldados congoleños en las calles de Goma durante la ofensiva contra los rebeldes del M23 en 2014. | Foto de Alberto Rojas, cedida por el autor.

¿Qué lecciones has aprendido de los africanos?

Me ha llamado la atención la gran cantidad de gente que se rebela contra su situación. Hay gente que decide dejar de ser víctima, aunque esté en una situación muy precaria. Me sorprenden aquellas personas que llevan siendo víctimas años y que, en un momento dado, deciden rebelarse. Este es además el perfil de personas que más me interesa.

En zonas de conflicto pregunto a las personas si saben por qué empezó la guerra que ellos padecen, y la gran mayoría no lo sabe. Y eso se debe a que las guerras suelen generarse entre los “señores de la guerra”, y no por reivindicaciones sociales.

Por otro lado, hay quienes deciden luchar a su manera por sus propios derechos. ‘Mama Justine’, por ejemplo, es una mujer congoleña cuya hija fue violada. Tras este duro acontecimiento decidió, sin conocer los fundamentos básicos del Derecho, abrir una asociación para luchar contra la impunidad de quienes violan a las mujeres.

Su labor ha sido tan efectiva que ha conseguido movilizar varios juicios contra violadores y responsables militares -encargados de ordenar las violaciones-. Ahora está amenaza por todos los grupos armados de la zona. Esta es una de las historias que me ha parecido más interesante.