Anech Casado, enfermera: «Llevaría a todos los que van sin mascarilla a una UCI para decirles: mira, toca, huele, siente»
Foto: Manu Fernandez| AP Images

Sociedad

Anech Casado, enfermera: «Llevaría a todos los que van sin mascarilla a una UCI para decirles: mira, toca, huele, siente»

Después de meses de incertidumbre, miedo, cansancio y tensión acumulada, los sanitarios siguen en vilo ante un posible rebrote en su zona sanitaria o una segunda oleada del virus. Hablamos con ellos

por Carolina Freire Vales

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Marzo. Abril. Mayo. La cifra de fallecidos diarios subía de 500 en 500. Faltaban mascarillas, respiradores. Las UCI triplicaban su capacidad habitual. Nos quedamos en casa y esa curva que parecía ascender hasta el infinito acabó doblegándose. Después volvimos a la calle, a las terrazas, a la vida en sociedad. A algo que intentamos que se parezca a la normalidad, pero en esa «nueva normalidad» todavía convivimos con un virus que, aunque ahora es más familiar, sigue guardándose incógnitas.  

Ya no hay aplausos cada día a las 20:00. Para los sanitarios, también ha regresado una rutina muy de las de antes: pedir reconocimiento. Ahí siguen, en vilo, –«al pie del cañón», «en primera línea», frases ya desgastadas–  atentos a los 120 brotes activos en 15 provincias, preparados para un segundo asalto, sin poder soltar todavía la tensión y la adrenalina acumuladas.

Durante tres meses, se sintieron desprotegidos y vulnerables. La incertidumbre teñía largas jornadas, turnos de 24 horas. Tuvieron que dejar sus puestos habituales y adaptarse, todos a una, por la misma causa. 

Anech Casado era enfermera en un quirófano del Hospital Universitario de Torrejón. De un día para otro, se vio en la UCI sin ningún tipo de formación previa. «Tuve que aprender a pasos forzados a manejar un respirador, a leer constantes… eran pacientes que se desestabilizaban muy rápido», me cuenta. «Pensaba todo el rato: me voy a cargar a un paciente». 

Trabajaba en la única UCI en Madrid en la que se permitían visitas de familiares, pero, aún así, recuerda un día en que un paciente estaba a punto de morir y nadie de los suyos pudo ir al hospital. «No era mi paciente, pero no quería que se muriese solo, quería cogerle la mano, así que empecé a vestirme con el EPI lo más rápido posible. No llegué a tiempo. Cuando me faltaba una parte del traje, un compañero me dijo que lo dejase, que ya había muerto», relata.

En otra ocasión, con tres pacientes a su cargo, uno empezó a empeorar y tuvo que dejar a los otros dos completamente abandonados. «Entré en bucle. Salí llorando, desbordada. No estaba llegando como profesional a todo lo que tenía que llegar». En ese momento tocó fondo, y, desde ahí, hacia arriba. «Me formateé la cabeza para pensar: tengo que luchar, y solo puedo hacerlo si estoy bien», afirma. 

Alejandro Romero lleva cinco años ejerciendo como enfermero. Hace dos, se presentó como voluntario para formar parte de un equipo de sanitarios especializados en enfermedades infecciosas UAAN (Unidad de Aislamiento de Alto Nivel), pensado para intervenir en casos epidémicos graves. Un «equipo fantasma», como él lo llama, que tiene en episodios como el de la pandemia del coronavirus su razón de ser.

Para él también fue todo muy abrupto. Le llamaron un día a las 23:00 del Hospital Carlos III (Madrid) para decirle que al día siguiente tendría que ir a ocuparse del primer infectado llegado de Italia. Ahora, el peor trago ha pasado. Tragos como el de un día en el que les llamaron del mortuorio para preguntar cuánta gente creían que podría morir esa tarde, porque ya no tenían hueco. «Cuando salí de trabajar, por la parte trasera del hospital, vi ahí una especie de cajón muy grande. Una cámara frigorífica. Até cabos y fue muy duro», me cuenta.

 También admite que, si viene una segunda oleada, no lo cogería con tanto miedo. «Sabemos cómo organizarnos mejor. Estamos formados en los protocolos. He aprendido que he sido capaz de tener una gran resiliencia ante esta situación», explica.

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Foto: Alejandro Romero en el Hospital Carlos III de Madrid | Foto: Cedida

«En el momento en que la gente le pierde respeto, yo le gano más»

Laura Puga trabaja en Atención Primaria de un centro de salud de A Coruña. Coincide en que lo peor ha pasado, pero lo que viene ahora le preocupa. «Sé cómo protegerme, tengo medios, sabemos un poco más cómo se comporta el virus con los pacientes, pero yo el respeto no se lo he perdido», afirma. Siente pena y rabia cuando ve a la gente ahí fuera relajándose en exceso. Le conmovían los aplausos, pero sospechaba que el respeto y la alerta no durarían mucho. «Somos como borregos: yo aplaudo porque el de al lado aplaude. A los hechos me remito, no hay más que ver cómo se está comportando la sociedad». «En el momento en que la gente le pierde respeto, yo le gano más», asegura. 

Anech comparte este sentimiento. Los aplausos están bien, sí, pero «luego lo que me importa es que la gente haga lo que tenga que hacer» y que los sanitarios puedan trabajar con los equipos adecuados, las condiciones y el reconocimiento que se merecen. «Hay veces que me gustaría que la gente sintiese lo que es ver a los pacientes. Esos olores, sensaciones, tactos, no lo están viviendo. Me encantaría que toda esa gente que se abraza sin mascarilla fueran un día a una UCI y decirles mira, toca, huele, siente». 

Aún así, todos sacan algo bueno de lo vivido: la prueba de que han podido con mucho más de lo que creían poder en un momento en el que tocó estirar la capacidad al límite. «El ser humano saca ideas y habilidades de donde no existen, te las da el miedo», reflexiona Laura. «En la enfermería, sobre todo la gente joven que ha venido a reforzar equipos, ha tenido una capacidad de resiliencia bastante importante», añade Alejandro. 

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Laura Puga,  doctora en Atención Primaria en el Sergas (A Coruña)

«La vida a veces te pone en situaciones en las que no puedes elegir, así que, ¿qué más da llorar?»

Han aprendido a separar –en la medida de lo posible– lo personal de lo profesional. Confianza. Experiencia. Profesionalidad. Salen de esto con la mochila cargada –aunque también con alguna piedra– de capacidad de adaptación. Por eso no dudan en afirmar que, ante una nueva oleada o un rebrote en su zona sanitaria, a por ello. «Si he podido antes, podré en la siguiente».

Algunos hospitales –el de Anech y el de Alejandro entre ellos– pusieron psicólogos a disposición de los sanitarios. Anech se puso en contacto con uno de ellos, en un punto en que su situación personal –con un bebé de 11 meses, recién reincorporada tras la baja de maternidad– y profesional colapsaron. «Me hizo entender que mi frustración y mi cabreo eran normales. Me dio consejos que aplicar en el día a día», me dice. 

En el hospital de Alejandro eran frecuentes las terapias de grupo que, para Aránzazu García, psicóloga, son lo más útil en estos casos. «Ayudan a ventilar las emociones con personas que han vivido lo mismo, y por tanto no hay necesidad de fingir fortaleza», explica. 

Después de una etapa de estrés y tensión, el cuerpo se queda activado y le cuesta volver a la calma. «Hay mucha adrenalina acumulada. Por eso es frecuente el cansancio físico, los sobresaltos y la irritabilidad», argumenta. De vez en cuando, aparecen también lo que García llama «recuerdos invasivos». Un olor que recuerda a un mal momento, una ruta de coche… traen consigo un sentimiento desagradable. También es necesario dejar que estos recuerdos se ventilen. «Para que la máquina funcione tiene que haber un tiempo de cuidado de la máquina», concluye. Y la máquina, de hecho, sigue funcionando. 

Si hay un rebrote en su zona sanitaria o viene una segunda oleada del virus y Anech Casado tiene que volver a la UCI mañana mismo, pensaría: «Pues venga, a por ello. Vamos a luchar y vamos a volver a salir porque somos la hostia. Al final lo que tiene esta profesión es que somos la hostia, nos venimos arriba con el afán de cuidar a la gente. Si hay que luchar pues se lucha. Hay que estar donde se tiene que estar. La vida a veces te pone en situaciones en las que no puedes elegir, así que, ¿qué más da llorar? P’alante. Yo lucho desde la cabeza».

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Foto: Anech Casado en la UCI del Hospital de Torrejón de Ardoz. | Foto: Cedida

 

Carolina Freire Vales

Del salitre del norte y también del asfalto madrileño. Me metí en esto para saciar curiosidades, empezando por la mía.