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Antonio J. Rodríguez: “Empezamos a ser conscientes del aspecto teatral de las campañas políticas”

Foto: Ana Laya | The Objective

Simón Soria, un intelectual obsesionado con el pensador francés Raymond Aron, está harto. La Universidad Complutense, el lugar en el que imparte sus clases, le parece un nido de mediocres. Además, la muchachada del lugar no para de montarle escraches acusándole de ser todo tipo de cosas: facha, islamófobo, sionista, you name it. Por si eso no fuese suficiente, en casa el clima está enrarecido. Hace tiempo que la química con Elia, una exitosa relaciones públicas con la que lleva arrejuntado más de diez años, brilla por su ausencia. El panorama, en fin, da bastante pena.

Es un ambiente que recuerda, echándole un poco de imaginación y salvando algunas distancias, al que vive Walter White en Breaking Bad. Ambos son tipos brillantes que llevan años siendo vapuleados por unas circunstancias que consideran injustas. Pero Simón, como Walter White, cuenta con un antídoto para evitar la rendición incondicional: una vanidad tremenda. Basta con alimentarla un poquito, suministrar el alpiste adecuado, y… boom!

De ese boom! va, precisamente, la última novela de Antonio J. Rodríguez (Oviedo, 1987). Una novela de ficción política que no por nada se titula Candidato (Random House) y que ha sido aplaudida por buena parte de la crítica –y por el politólogo Pablo Simón– ya que logra retratar muy bien, a través de la ficción, eso que ahora llaman “nueva política”.

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Imagen vía Literatura Random House.

Además de ser una novela potente –entretenida, interesante y bien escrita– me ha parecido, también, una novela pedagógica. ¿Entraba en tus planes que lo fuese?

Es cierto que una parte del libro se puede enmarcar en eso que llaman ‘novela de ideas’, que son novelas en las que se abordan cuestiones de filosofía política. Esa parte aflora, sobre todo, en los diálogos que mantiene el candidato con otros personajes, en los diálogos que mantiene consigo mismo y en sus discursos. Lo que pasa es que junto a esas partes más ‘duras’ que exploran cuestiones vinculadas a la teoría política hay otras partes mucho más literarias en donde se ponen de manifiesto toda una serie de universales antropológicos como la ambición, las relaciones personales y los afectos. Lo que buscaba, en fin, era explorar toda una serie de cuestiones políticas pero de una manera divertida.

Digo lo de la novela pedagógica porque mi impresión es que has dibujado algunos aspectos de la política actual con bastante acierto.

Hay toda una serie de referencias que llevan a pensar en personas o situaciones reales, sí. Pero también tienes lo contrario: situaciones que, de partida, me atrevería a decir que son diametralmente opuestas a lo que estamos viendo.

¿Por ejemplo?

Fíjate en el partido principal que aparece en el libro. El Partido de la Democracia. Es una formación de centro-derecha que en su afán por buscar votos no se escora todavía más hacia la derecha sino que opta por la dirección contraria y se pone a coquetear abiertamente con ideas progresistas, más liberales. Que, por cierto, de la confusión que existe en torno al concepto de “liberal” es de donde ha surgido buena parte de la narrativa del libro. Pero el caso: ese intento por acercarse al centro del espectro político es lo contrario de lo que estamos viendo en la actualidad con los partidos de centro-derecha españoles.

¿Entonces estamos ante una novela crítica? ¿O ante una novela más antropológica?

Supongo que tiene ambas vertientes aunque a mí lo que más me interesa es ofrecer una visión de 360 grados, ergo antropológica, sobre algunos perfiles políticos y ciertas relaciones de poder. Si hubiese querido hacer una crítica al uso del sistema político actual supongo que me habría bastado con escribir un artículo en prensa. En cambio, lo que buscaba era dar vueltas sobre personajes poliédricos –pienso en Simón Soria y en Rania al-Jatib– y de esa búsqueda surge el libro. De todos modos tu pregunta me lleva a pensar en una de las cuestiones que plantea la novela, y que no es otra que la evolución del personaje dentro del propio partido.

Claro. La pregunta aquí sería: ¿ese personaje es un trepa o un idealista?

Pues mira, creo que las dos narrativas –la de trepa y la de idealista– conviven. Aunque no hay que perder de vista que esta dicotomía, de la que tanto se habla en política, ocurre en casi cualquier organización social; empresas, asociaciones, medios de comunicación…

Te quería preguntar, sin desvelar nada de la trama, por la escena final. Es una escena muy punki. Muy Irvine Welsh.

Te voy a ser sincero: estuve dándole muchas vueltas al cierre de la novela. Me sentía mal con un final así porque piensas que no se lo merece. Pero hay que tener en cuenta la veracidad. Y guste más o menos estas cosas ocurren. El karma no existe. O aquí por lo menos no existe.

De todos modos, es un final abierto. ¿Has pensado en una segunda parte?

Lo que he pensado, y varias veces, es que se puede seguir tirando de algunos hilos. También he pensado que algunos personajes, como Rania, merecen una novela en sí misma. Pero de momento no lo sé.

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Antonio J. Rodriguez en la librería ‘La buena vida’ antes de la presentación de ‘Candidato’ en Madrid. | Foto: Ana Laya | The Objective.

No voy a preguntar quién fue tu inspiración a la hora de crear el personaje de Simón Soria porque ya te lo han preguntado y siempre has contestado lo mismo: tiene un poco de todos. Y debo decir que, efectivamente, a mí se me han pasado muchos nombres por la cabeza leyendo las andanzas de Simón; Errejón, Rivera, Macron…

Sí, tiene un poco de todos pero tampoco es un Frankenstein. Creo que el personaje tiene su propia coherencia interna.

El libro también toca la influencia de los medios de comunicación y ahí también se le ocurren a uno algunos nombres. Okdiario, por ejemplo.

¡Lo pensaba esta semana! Que el momento del robo del móvil –en la novela– se parece demasiado a todo lo que está saliendo sobre José Manuel Villarejo. Pero fíjate que el libro lo terminé de escribir antes de que saliese todo esto. Así que estamos, una vez más, ante una realidad –la de los titulares– que supera claramente a la ficción. De todos modos, déjame apuntar una cosa: todo lo que refleja la novela puede sonar reciente pero no olvidemos que la trama que esbozo tiene que ver con las dinámicas de poder que se llevan arrastrando desde hace décadas. Los escándalos sexuales en política, por ejemplo. ¿Es un fenómeno nuevo? Acuérdate de Bill Clinton y Monica Lewinsky. ¿Y qué hay de la influencia de las redes sociales en la política? Ahora estamos todos muy pendientes de Twitter pero la campaña de Barack Obama, hace más de diez años, tuvo mucho de eso. Y antes de que Obama llevase a cabo esa campaña espectacular estaba Silvio Berlusconi y su capacidad para domar a la sociedad del espectáculo. Berlusconi es el antecesor del gran animal político-mediático. Son, en fin, fenómenos que aunque nos parezcan recientes llevan ya un tiempo entre nosotros.

Es decir: que la “nueva política” –la nueva forma de hacer política, la nueva forma de interactuar de los políticos– tampoco es tan nueva.

Claro. No es algo que haya surgido de cero. En su fuero interno mi personaje parece sentir cierto desprecio por sus votantes, pero es que a fin de cuentas una campaña política no deja de ser un ejercicio de labor comercial como la que puede llevar a cabo un vendedor de enciclopedias. Es gente que va puerta por puerta intentando vender algo. Es gente que está interpretando un papel. En toda campaña política hay un aspecto dramático, teatral, del cual empezamos a ser realmente conscientes ahora; es ahora cuando empezamos a ver las cosas tal y como son. Pero que sea ahora cuando nos estamos dando cuenta no quiere decir que alguna vez haya dejado de ser así. Una campaña siempre ha consistido en vender un producto. Llámalo idea o llámalo como quieras. Lo importante en esta ecuación es el verbo: vender.

Puede que la “nueva política” no haya cambiado el fondo pero sí las formas. En otras palabras: que lo que ha cambiado es el producto. Antes se vendía una ideología y ahora lo que se intenta vender es un personaje, un símbolo. ¿Podría ser?

No lo sé. Sí tengo la sensación de que se ha profesionalizado todo mucho más; de que el actual escenario político ha desarrollado una semiótica según la cual cualquier gesto es un signo político. Esto conecta con la idea de que lo personal es político. Y sospecho que esto procede de la oferta política actual. En España ya no tenemos bipartidismo. Ahora tenemos muchas candidaturas y muchas propuestas que no siempre son tan diferentes entre sí pero que no obstante están obligadas a distinguirse. A eso súmale la ampliación de la oferta mediática. Ahora hay más medios que nunca; el papel, los digitales, la información que surge directamente de Internet, las redes sociales de los propios candidatos, convertidas en su propio canal de comunicación, etcétera. Y qué pasa. Pues pasa que este ecosistema obliga a convertir cualquier gesto, cualquier prenda de ropa, cualquier historia, en algo susceptible de ser leído como un acto político.

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Antonio J. Rodriguez en plena conversa con el politólogo Pablo Simón en ‘La buena vida’. | Foto: Ana Laya | The Objective.

Cambiando de tercio, te quería preguntar por Rania. Ella es el principal personaje femenino de la novela. Una cineasta feminista de origen palestino. Es decir: una figura muy singular. ¿De dónde sale?

Rania representa un tipo de feminismo que ha surgido en otras partes de Europa donde el debate sobre el racismo y el laicismo está mucho más presente. Estoy pensando en Francia o en los Países Bajos, por ejemplo. Por citar un nombre concreto te diré que hay una ensayista llamada Ayaan Hirsi Ali, originaria de un país musulmán, que hace unos 15 años o así estuvo haciendo campaña y trabajando con el Partido de la Libertad, un partido hoy asociado a la extrema derecha. Un caso paradigmático de un fenómeno que tampoco es tan raro; en Francia pasa tres cuartas de lo mismo con el tema del laicismo. Resumiendo: Rania representa un tipo de perfil político que está bastante presente fuera de España y que me interesa especialmente por su carácter poliédrico, confuso e incómodo.

Rania y Simón tienen, ciertamente, conversaciones muy interesantes sobre feminismo. Por cierto, en las redes sociales ha habido cierta confusión al pensar que tu personaje representa lo que realmente piensas tú de algunos temas. Ya has aclarado que no es así. No obstante: ¿qué tal te cae tu personaje?

Me cae bien y mal. A ratos. Tienes que tener en cuenta que cuando te pones a escribir un libro, que es un proceso que lleva tiempo, no puedes desarrollar una relación de un único grado emocional con tus personajes. Terminan siendo parte de tu entorno. Por lo tanto, sucede lo mismo que en las relaciones con las personas; atraviesan gradaciones. Así que mi relación con Simón es ambivalente. Algunas veces me hace gracia, me río con él, y otras veces me parece un cretino. Sucede lo mismo con su discurso; a veces me parece interesante y otras veces no.

¿Le votarías?

Depende de sus adversarios.

Termino regresando al principio, al concepto de ‘novela de ideas’. El libro recoge muchos conocimientos sobre teoría política. ¿Te has documentado a la hora de escribirlo o ya traías esos conocimientos de casa?

Tiendo a pensar que formo parte de una generación que ha tomado conciencia de muchas cosas a raíz de la crisis del 2008; de la crisis y de todo lo que ha venido después. El crash de 2008 puso en la agenda muchas cosas que no estaban. Uno de los efectos colaterales de la crisis, no sé si lo recuerdas, fue la cantidad de ensayos económicos que se publicaron entonces. Unos ensayos escritos, muchas veces, desde perspectivas diferentes y que pretendían explicar lo que había pasado. Ahora mismo, diez años después, está ocurriendo lo mismo con las cuestiones de género. El caso –y con esto voy a lo que me preguntas– es que yo siempre he leído más ensayo que ficción. Así que no, no me he puesto a leer para poder escribir este libro. Más bien ha sido al contrario; he intentado pasar los conocimientos expuestos en muchos de esos ensayos a un formato más literario.

El tándem economía-género está especialmente presente en la novela, sí…

Es que son dos conceptos que dialogan constantemente y que actúan como bisagra en el que quizás sea el eje central del debate de las ideas: la filosofía política. Es decir: ¿qué es la libertad? ¿qué es el liberalismo? ¿qué significa tener actitudes liberales? ¿reaccionarias? ¿conservadoras? ¿progresistas…? Pongamos por caso el debate que existe actualmente en torno al feminismo. Existen dos corrientes diferenciadas: el feminismo radical y el feminismo liberal. Ese debate –quién es qué– lleva a hacerse toda una serie de preguntas muy interesantes. ¿Es más liberal un Paul Preciado o una Judith Butler que un Albert Rivera o un Mark Lilla? La respuesta no es fácil. Depende de cómo leas ese concepto y depende de cómo entiendas la filosofía política liberal. 

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