Antonio Muñoz Molina: «Cuando no se ve belleza, es que no se presta atención»
Foto: Iván Giménez| Seix Barral

Cultura

Antonio Muñoz Molina: «Cuando no se ve belleza, es que no se presta atención»

«Todos los que hemos escrito diarios sabemos que la memoria es mucho menos fiable de lo que parece». Conversamos con Antonio Muñoz Molina sobre 'Volver a dónde', un libro que nace desde el confinamiento provocado por la pandemia pero que va más allá para plasmar la transformación de España durante el último siglo

por Anna María Iglesia

Comenzó como un diario, con unas anotaciones durante los meses de confinamiento, pero muy pronto, lejos del mundanal ruido y observando desde el balcón las calles vacías, comenzaron a aflorar los recuerdos de infancia. Y ese pasado que se volvió presente comenzó a su vez a proyectarse en el futuro y el niño que fuera Antonio Muñoz Molina se vio reflejado en su nieta y esos nuevos niños que hacen que la familia crezca. Volver a dónde (Seix Barral) no es un libro sobre la pandemia, aunque hay importantes reflexiones sobre ella, sino un libro que nace desde el confinamiento provocado por la pandemia para volver hacia atrás y recuperar ese mundo campesino de infancia y sus protagonistas. Sin embargo, Muñoz Molina mira también hacia adelante y reflexiona sobre la fugacidad del tiempo, sobre el legado -sobre lo que queda y lo que se deja atrás- y sobre la fragilidad de la existencia de cada uno, tan fugaz como permanente. 

 

Su anterior libro fue Un andar solitario entre la gente. ¿Cómo cambia la mirada cuando se pasa de estar caminando en medio de la ciudad a estar encerrado en casa, asomándose únicamente desde el balcón?

La literatura nace de lo que uno tiene en cada momento. Cuando puedes caminar, escribes un libro sobre la experiencia del caminar y, cuando no puedes caminar, escribes un libro desde ese no caminar. André Kertész es un fotógrafo que me gusta mucho. Era húngaro y tuvo una vida increíble, viajó por toda Europa y recaló también en África. De viejo, sin embargo, tuvo un problema de movilidad que le obligó a quedarse encerrado en su apartamento de Nueva York, desde cuya ventana comenzó a hacer fotos. Lo que te quiero decir con esto es que el artista y el escritor lo que hacen es trabajar con lo que tienen a mano. Por ejemplo, cuando Matisse estaba medio impedido en Niza durante la Segunda Guerra Mundial y no tenía apenas materiales, comenzó a hacer collages con recortes. Uno hace lo que puede con lo que tiene. Muchas veces se le da mucha importancia a la autonomía de la imaginación literaria como si uno eligiera de forma completamente libre sobre lo que uno va a trabajar. No creo que sea así. Como el artesano, el escritor también trabaja con el barro que tiene cerca. Y, en mi caso, no iba a escribir contra la limitación de no poderme mover, al contrario, decidí escribir desde esa limitación.

Y en casa, ya no se tienen tantos impulsos, ni se escuchan todos esos sonidos, ni se es distraído visualmente por imágenes, luces, inscripciones…

Efectivamente, es así. En aquel momento, el presente se volvió muy limitado y, por esto, la conexión con el pasado se hizo más fuerte y los recuerdos fluyeron con más fuerza. Además, en ese momento la única relación que teníamos con las personas era a través del teléfono, a través de la voz. Esta limitación cobró una relevancia enorme en cuanto hizo que la voz adquiriera una importancia mayor como también la adquirió la mirada, que se volvió particularmente intensa desde el momento en que, por la calle, ya no nos podemos ver la cara, escondida tras la mascarilla. Para mí, el hablar con mi madre, con mis hermanas o con mi tío formaba parte de mi cotidianidad; de pronto, al ser imposible el ir a verlos, la cercanía de la voz cobró una cercanía enorme. 

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Imagen vía Editorial Seix Barral.

Cuenta cómo quiere plantar una semillas del huerto de su padre en su balcón. Estas semillas, que fructificarán, unen el pasado con el futuro a través del presente. Y esta unión se hace también visible en usted, que se narra como hijo en el pasado y como abuelo se proyecta al futuro.

Esta conexión temporal fue un descubrimiento que fui haciendo mientras escribía el libro. Al inicio, Volver a dónde tenía que centrarse únicamente en el presente y en el pasado; sin embargo, hay un presente que, por sus circunstancias, nos parece muy remoto. Me refiero al presente del confinamiento; mirado apenas dos meses después, es un tiempo que se me antoja muy lejano. Y luego está el futuro, que es ese tiempo al que te proyecta el niño. El hecho de ser abuelo ha hecho que, como decía, me proyecte hacia el porvenir a través de mi nieta y, a la vez, reviva en parte mi experiencia de niño. Cuando eres padre o madre, dejas de ser exclusivamente hijo y te vuelves consciente de que esa idea muy propia de la modernidad según la cual somos individuos aislados es falsa. Formamos parte de una cadena: en tus dos hijas pequeñas, por ejemplo, están, a través de sus rasgos físicos o de carácter, tus antepasados, algunos que conoces y otros que no. Y cuando eres abuelo, sobre todo, te vuelves capaz de ver el presente como pasado, pues, de pronto, te das cuenta de que el momento que compartes con tu nieta y que para ti es el presente para ella va a ser dentro de muy poco un pasado remoto. Además, te vuelves consciente de que formarás parte precisamente del pasado, pues no vas a estar en el futuro, que le pertenece a ella. Y esta es una enseñanza, no sé si aterradora, pero sí muy aleccionadora. Asumes que no eres tan importante. Nadie lo es. 

Aprendes que, como se decía en latín, vita fugit.

Al respecto, siempre me acuerdo de una cosa que leí en los diarios de Camus. Está describiendo una tarde maravillosa y dice: «Tardes como esta las seguirá habiendo cuando yo este muerto y este pensamiento me llena de alegría». Puede parecer paradójico. Se podría pensar que ese pensamiento le conduciría a la tristeza, pero no es así, porque él sabe que, cuando él no esté, seguirá habiendo belleza en el mundo. 

Además, esa posible tristeza se compensa con la idea del legado.

Sí, no sé si se puede hablar de pagar una deuda, pero sí de hacer justicia, de hacer visible el legado de todas esas vidas que, si no se cuentan, desaparecen. Son vidas que, además, pertenecen a un mundo que, si bien no está tan lejos en el tiempo, ya ha desaparecido. Para mí, el poder transmitir, no tanto lo que yo he vivido, sino lo que han vivido otros es una forma de mantener la cadena de la semilla. Siempre me ha emocionado mucho el poder hablar con personas mayores que han vivido circunstancias históricas sabiendo que, de una manera u otra, yo podía contar sus historias. 

Usted relata un pasado marcado por la violencia, la pobreza, por la dureza de los trabajos físicos, pero donde también hay belleza.

Lo bello siempre está ahí. Cuando no se ve belleza, es que no se presta atención. En este libro, pero también en otros, para mí era muy importante plasmar la epifanía de la belleza, es decir, esos momentos en los que la gente disfrutaba de lo que hacía, de su trabajo y del entorno. Pienso, por ejemplo, en esas noches en las que en el campo podía contemplar la vía láctea. Ese tiempo desapareció y con él muchas cosas a las que no tenemos que echar de menos. Sin embargo, hay también cosas en ese pasado que no está de más recuperar, porque pueden sernos útiles. Por ejemplo, el tener una actitud de cierta sobriedad en la vida y los recursos. Ahora vivimos en un mundo de despilfarro que no puede sostenerse. De ahí la importancia revalorizar esa sobriedad o, como dice el concepto japonés, la refinada pobreza, que no es más que la limitación o la administración sobria de recursos.

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Foto: Ivan Giménez | Seix Barral.

Usted cuenta cómo los campesinos vivían siempre con una especie de temor, mirando al cielo, siendo conscientes de que, de un día a otro, todo podía cambiar.

Los campesinos siempre han sabido lo que nosotros, desde la ciudad, hemos descubierto con la pandemia: todo es muy frágil. El campesino sabe que gran parte de su bienestar no depende solo de su trabajo, sino también de circunstancias externas y ajenas a él. Además, el campesino de ese mundo ya desaparecido sabía que el poder iba a abusar de él siempre: si había guerra, él iría a la guerra y no el que sabía leer y escribir. Crecí escuchando hablar a los campesinos, todos ellos personas que habían vivido la guerra muy de cerca y, por esto, se mostraban escépticos hacia todo. En líneas generales, el campesino es refractario al entusiasmo de cualquier tipo. 

Mientras que los urbanitas…

Nosotros estamos acostumbrados a tenerlo todo de forma inmediata y a tenerlo todo bajo control. La pandemia nos ha enseñado que es imposible. Los campesinos que yo recuerdo y que describo en el libro eran personas con un conocimiento muy sofisticado, muy vinculado a lo concreto y al terreno que habitaban y trabajan. Ese anclaje en el territorio es muy atractivo y, como decía, está lleno de conocimiento. 

Al hablar de este libro, se ha hecho mención en más de una ocasión a la magdalena de Proust, sin embargo, creo que hay otra escena de En busca del tiempo perdido con la que se puede establecer un diálogo: cuando el pequeño Marcel lee en su habitación y, a través del libro, traspasa la ventana y ve el exterior.

Esta imagen está muy presente, efectivamente. Diría que una de las cosas que hemos aprendido o que hemos redescubierto con la pandemia es el valor sustantivo de la lectura. Cuando estás encerrado y tu mundo tiene unos confines físicos inapelables, con la lectura y también con la música ese pequeño mundo se expande de forma interminable.

Dice que se debe aprender a escribir sin estar condicionados ni por modas ni por épocas. ¿El confinamiento ayuda a ello?

El confinamiento y, más en general, toda forma de aislamiento te alienta a esto. Es muy difícil ser ajeno a las modas y a las épocas, porque todos estamos más o menos influenciados por lo que se lleva, pero también por la ambición, por la vanidad y, evidentemente, por la inseguridad. Sin embargo, si piensas en la literatura que más te estremece, te darás cuenta de que es una literatura escrita por personas al margen o que escapa de cualquier moda y categoría. Para escribir, lo que se necesita es coraje y libertad de espíritu. Te sientes inseguro ante lo que escribes, pero tienes que seguir adelante. Y lo haces entre la ilusión y el escepticismo. 

También señala que hay que hacer caso omiso a los halagos y a los rechazos.

Esto es más bien un ideal que una realidad. A todos nos hiere que nos rechacen y a todos nos gusta que nos halaguen. Todos queremos gustar. A todos nos gustan los reconocimientos. Es así y hay que asumirlo. 

Retomando lo que comentábamos antes: esos campesinos, los últimos del escalafón social, que iban a la guerra siguen presentes, quizás con otros rostros. 

Yo estaba escribiendo de la dureza del trabajo como algo del pasado lejano, cuando leí que un inmigrante ilegal había muerto de calor en un campo de sandía. Para mí, la dureza campesina era un pasado lejano, pero para este hombre era el presente. La lógica de la explotación sigue vigente. El otro día, de hecho, en The Times decían en tono humorístico que la pandemia se resumía de la siguiente manera: gente de clase media encerrada en casa y gente de clase trabajadora que lleva cosas a gente de clase media encerrada. 

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Foto: Ivan Giménez | Seix Barral.

La pandemia nos enseñó también la importancia de lo público, pero también de que alguien como el doctor Bozas ve como su vocación pública no tiene lugar en medio de las luchas políticas.

El doctor Bozas resume perfectamente la vocación, pero también la decepción al verse incapaz de servir como uno quisiera. Él representa, por una parte, la relevancia de la investigación científica y de la sanidad pública. Es un hombre que pone su sabiduría al servicio de todos trabajando en un hospital, realizando una labor imprescindible durante los años más difíciles del VIH. Y, de pronto, le encargan que haga un trabajo más político y, por su sentido del deber, decide aceptar el encargo. Sin embargo, a las 48 horas tiene que irse, porque le resulta imposible trabajar y, sobre todo, porque no quiere estar en el pim-pam-pum de las disputas políticas y de los medios. 

Usted ha escrito ficción y no ficción, pero para hablar de este tiempo reciente que hemos vivido ha preferido no ficcionalizar. ¿Es una postura ética?

A mí me gustan las dos formas, aunque son muy distintas. Lo que sí puedo decir es que, durante la pandemia no tuve ninguna necesidad de ficción. No sé si esta decisión se debe a una postura ética, aunque quizás si que haya un trasfondo de principios éticos. Creo que la ficción y la no ficción responden a exigencias distintas. Es muy importante recordar, pero también atestiguar el presente, porque gran parte de lo que no se apunte en el presente, se perderá. Primo Levi escribió Si esto es un hombre inmediatamente después de salir del campo de concentración, porque para él era muy importante escribir con la frescura del momento todavía cercano. Todos los que hemos escrito diarios sabemos que la memoria es mucho menos fiable de lo que parece. 

Y la memoria corre el riesgo de caer en la nostalgia, aunque usted trata de pecar de melancólico.

En el pasado perdimos cosas, pero hay que ser consciente de que ahora vivimos un tiempo que, por determinados aspectos, es mucho mejor que el pasado. Pienso, por ejemplo, en la posición que tiene hoy la mujer y que no tenía hace décadas o en la obtención de derechos por parte del colectivo LGTBI y de otros colectivos. El mundo del pasado tenía cosas buenas y malas, pero lo que radicalmente no tenía eran los derechos y el respeto para muchos colectivos, empezando por las mujeres, y, además, el nivel de burla hacia el sufrimiento de determinados colectivos era altísimo y hoy nos parecería intolerable. Es muy importante tenerlo presente. Puedo añorar a mi padre cuando era joven, pero lo que no puedo añorar ese mundo en el que mi padre, por ser varón, tenía un poder casi absoluto sobre mi madre y sobre mí.

Anna María Iglesia

Licenciada en Teoría de la literatura y literatura comparada, actualmente me encuentro en la fase final de mi doctorado. Escribo en distintos medios, principalmente sobre literatura.