Antonio Sitges-Serra: «No hay que hacerse chequeos periódicos porque no han demostrado que reduzcan la mortalidad»
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Sociedad

Antonio Sitges-Serra: «No hay que hacerse chequeos periódicos porque no han demostrado que reduzcan la mortalidad»

por María Hernández Solana

Si puede, no vaya al médico. Ese es el título del libro que ha publicado el cirujano Antonio Sitges-Serra. Tras una extensa carrera como cirujano y cientos de artículos publicados, este autor lo tiene claro: en España vamos demasiado al médico.

Sobre la hipocondría social, el miedo a la enfermedad y a la muerte, la gestión de la sanidad pública y el sistema sanitario en España habla su libro y habla con nosotros, en una entrevista en la que insiste en que tenemos que estar «tranquilos, porque estamos sanos».

Hablas en tu libro de que las vacunas son uno de los mayores avances científicos pero insistes en que al fin y al cabo también son un negocio.

Claro, ni tú ni yo podemos fabricar las vacunas, necesitas una industria, unas farmacéuticas potentes para poder poner eso en marcha, que evidentemente no lo van a hacer de forma gratuita sino que van a hacer su negocio. Se trata de llegar a un acuerdo entre un negocio razonable y la salud de la gente. En las circunstancias en las que estamos, trabajan bajo mucha presión y hay que estar muy seguros de que las vacunas que van llegando al mercado son seguras y son eficaces, pero indudablemente, aquí estamos hablando de mucho, mucho dinero, porque se habla de vacuna planetaria, no de un país u otro país, sino que realmente implicaría la vacunación de millones de personas.

¿Crees que en la sociedad actual se abusa de las vacunas por la presión de la industria farmacéutica?

Bueno, evidentemente. Hay vacunas muy consolidadas, muy serias, muy importantes, por ejemplo del tétanos, sarampión, o incluso podemos hablar, en fin, de las tradicionales relacionadas con la poliomelitis, etc. Pero luego han ido apareciendo unas vacunas cuya eficacia es dudosa y que se han comercializado quizás con un exceso de celo, a veces incluso avaladas por sociedades científicas, como la meningitis, la del papiloma para las muchachas, la neumonía neumocócica, es decir, es muy difícil realmente saber el alcance médico de estas vacunas nuevas que se van introduciendo a costa del erario público muchas veces. Es difícil, es un momento en el cual la incerteza llega a rincones muy profundos de la medicina.

¿Consideras necesario que se haga una vacunación masiva contra el coronavirus, o bastaría con vacunar a la población de riesgo?

Hombre, sin duda para empezar hay que vacunar a la población de mayor riesgo, tenemos ahora ya suficientes estadísticas como para definir cuál es la población más vulnerable al coronavirus, no solo de contagios sino de muertes. Es lo lógico, que cuando se disponga de una vacuna segura, la vacunación empiece con los grupos de riesgo, y luego del resto de la población ya hablaremos.

Hablas mucho también en el libro de la hipocondría social, de cómo somos una sociedad que le tiene pánico a la muerte y a la enfermedad. ¿Juega eso en nuestra contra en esta pandemia?

Hombre, ya ha jugado en contra, muchos de los contagios se han producido cuando los supuestos pacientes se han agolpado en las salas de urgencias, sobre todo al principio de la pandemia, la gente acudió en masa a los servicios de urgencias, seguramente sin ser tan necesario, y se produjeron muchísimos contagios.

Es paradójico, porque una sociedad como la nuestra, además en España, donde tenemos una esperanza de vida que es la segunda o tercera más larga de todo el planeta, tenemos un miedo a la muerte y a la enfermedad un poco irracional.

En cuanto a la esperanza de vida, hablas de que ha crecido mucho en el último siglo gracias a avances como las vacunas y a aspectos de higiene, ¿pero no es también fruto de esa obsesión por alargar la vida, a veces de una manera antinatural?

De hecho, la contribución de la medicina a la esperanza de vida es limitada, los expertos hablan entre el 15% y el 20%, de manera que un 80% de la esperanza de vida nos la jugamos en los hábitos, en nuestras adicciones, en las dietas, en el entorno, en el clima, es decir, los que llamamos genéricamente los condicionantes sociales de la enfermedad.

Desde luego, en el libro los señalo, hay cuatro pilares importantísimos: la higiene y la nutrición, las vacunas, los antibióticos y la cirugía de los procesos benignos. Por lo demás, la esperanza de vida depende de otros factores, que entre todos debemos de ser conscientes de las limitaciones que nos ponemos nosotros mismos, como el tabaquismo, el alcoholismo, el sexo inseguro, la conducción temeraria, incluso otras cosas que no dependen tanto de nuestra responsabilidad inmediata, sino de todos, como el cambio climático por ejemplo.

En España, la esperanza de vida está en torno a los 85 años. ¿Tiene sentido vivir tanto tiempo en las condiciones en las que llegamos a esa edad?

Yo distingo mucho entre alargar la vida y alargar la muerte. Muchas veces en medicina vemos cómo se alarga la vida de personas que están condenadas por la enfermedad a fallecer, pero que la intensificación del tratamiento, los controles hospitalarios, la medicación continuada, hacen que estas personas arrastren su enfermedad, sea la que sea, durante muchos meses hasta que fallecen.
En el libro hablo un poco de recuperar la idea de la muerte natural, la idea de aceptar que cuando tienes determinada enfermedad, determinada situación, pues hay poco que hacer, y en esto sí que deberíamos contribuir todos para evitar el exceso de tratamiento en las fases finales de la vida.

En esto entra el miedo a la muerte y la enfermedad, pero también el negocio que hay detrás, de la industria farmacéutica, ¿no?

Evidentemente, el problema es sistémico. Estamos un poco metidos en este sistema en el cual los tratamientos prolongados también son una fuente de ingresos para la industria. Por ejemplo, en el caso del cáncer, es espectacular, porque se calcula que en los próximos tres años se va a doblar el gasto mundial en cáncer, que puede alcanzar los 200.000 millones de dólares. Estamos hablando de cifras absolutamente monstruosas para luchar contra una enfermedad en la que muchos enfermos van a fallecer independientemente de que se les administren fármacos carísimos hasta el momento del final de su vida. Pongo el caso del cáncer porque es un caso paradigmático, pero bueno, podríamos poner los tratamientos en cuidados intensivos, una serie de límites en los que se está metiendo la medicina y que realmente son cuestionables.

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Foto: Manu Fernández | AP

Otro tema que llama bastante la atención del libro es la adicción a la tecnología y cómo hablas de que juega en nuestra contra, a pesar de lo que podemos pensar a menudo de que los avances tecnológicos suponen una ayuda.

Mucha de la tecnología que estamos utilizando realmente añade muy poco. La tecnología hoy, lo comento en el libro, tiene una agenda propia. Yo creo que ya no está realmente por las necesidades de la gente, sino que tiene un desarrollo propio y va creando necesidades más que solucionando problemas en muchos ambientes, o crea incluso los problemas.

Esto en medicina es obvio, se hacen inversiones tecnológicas muy importantes cuando en realidad buena parte de este dinero quizás debería reconducirse a la asistencia primaria y a situaciones mucho más comunes que exigen más atención, que no dotar a los hospitales de más camas de cuidados intensivos o de robots quirúrgicos, o de más aparataje tecnológico.

Hablas también de lo que llamas el síndrome Fahrenheit 451, precisamente por el uso que se está haciendo de las tecnologías y cómo nos están llevando a desaprender en vez de a aprender. ¿Por qué pasa esto?

El estudio está a la baja, la medicina académica está en una crisis profunda, los residentes no estudian, solo quieren meterse en el quirófano para operar con aparatos, y eso está llevando a un incremento de la iatrogenia, alarga mucho los tiempos quirúrgicos, la morbilidad de los enfermos. Eso es muy malo porque no se educa el criterio de las personas, sino simplemente su manualidad, y en medicina, sobre todo en cirugía, el criterio y el sentido común, y el conocimiento de lo que tenemos delante es tan o más importante que cualquier aparato o cualquier habilidad quirúrgica.

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Foto: Felipe Dana | AP

Mencionas también cómo a veces nos empeñamos en prevenir enfermedades que ni siquiera sabemos si podemos tener, ¿por qué ese interés en sobre medicarnos, en hacernos pruebas, chequeos…?

Cierta medicina ha pretendido convencernos de que esto es prevenir la enfermedad, visitar al médico, cuando en realidad la prevención de la enfermedad está mucho más en nuestras manos que en las manos de los médicos. Pero al ciudadano le parece que ponerse en manos de los médicos y hacerse pruebas le va a mejorar la calidad y la cantidad de vida, y esto es completamente erróneo. Al revés, uno de los problemas que tiene la medicina es lo que llamamos sobrediagnóstico, es decir, aumentamos la prevalencia de la enfermedad. Esto también deriva de un exceso de frecuentación, España es uno de los países en los que la gente va más al médico.

El mensaje fundamental del libro es que tranquilos, estamos sanos, adoptemos hábitos de vida saludables, pensemos que la prevención depende mucho de nosotros y de nuestro entorno y no de que nos hagan más mamografías, más ecografías o más colonoscopias.

Hay grupos de riesgo, lógicamente, que vale la pena prevenir, porque tienen enfermedades hereditarias o porque han tenido una exposición a un entorno tóxico, esas personas merecen más atención, pero el ciudadano general no debe hacerse pruebas ni chequeos periódicos porque ninguno de ellos ha demostrado que reduzca la mortalidad y mucho menos la esperanza de vida.

Los últimos capítulos del libro los dedicas al funcionamiento de la sanidad pública y privada, sus ventajas, desventajas… ¿Cuál sería la solución a la politización que hay en la sanidad pública y que es una de las causas de su mal funcionamiento?

Eso es muy difícil por muchos motivos. La sanidad da puestos de trabajo a grandes capas de burócratas asociadas a los partidos políticos, esto es importante tenerlo en cuenta, porque la gestión hoy de la sanidad desgraciadamente no está tanto en manos de gestores profesionales como de personas allegadas a los partidos políticos. Mientras no se genere un espacio profesional más amplio entre política y medicina, va a ser difícil eliminar la politización de la sanidad.

Y esto no solo es un problema en España, también lo ha sido y lo es en Reino Unido por ejemplo, un poco también en Suecia. Mientras no exista realmente una capa profesional de gestores y una gestión más democrática, pienso que la sanidad pública está en una espiral decadente, como lo hemos visto ahora con el coronavirus, porque en definitiva es un gasto enorme y el Estado tiene otros problemas, en la Justicia, en el paro, en la educación, en la dependencia, y necesita dinero, con lo cual la sanidad, quieras o no, va a tener que llegar a un cierto límite de gasto, y si no se hace bien este límite de gasto impondrá una espiral de decadencia, la fuga de buenos médicos a la medicina privada y el progreso de las mutuas.

¿Ha hecho esta mala gestión que la sanidad privada sea más necesaria en un país como España?

Bueno, más que necesaria o no necesaria, está ahí para quedarse. Entre un 25 y un 30% de la población que tiene una póliza privada, y esto es libertad, es democracia, y mientras la sanidad pública no dé señales de revitalización y se alarguen las listas de espera, lo lógico es que la gente que pueda hacerlo busque salidas alternativas.

Por otra parte, piensa que la medicina pública ha formado a la mayoría de profesionales que hoy trabajan en la medicina privada, quiero decir, que ha habido mucha emigración de buenos profesionales a la medicina privada, que ha sido a veces desprestigiada de forma abusiva. La medicina pública quedará para los quemados, los grandes traumatismos, los accidentes, los temas de gran gasto que esto nunca podrá asumirlo la medicina privada, pero en el 90% de la atención médica, la medicina privada seguirá teniendo una presencia fuerte en España.

Siempre se ha dicho que si tienes algo urgente o grave, lo mejor es ir a la sanidad pública. ¿Por qué es así?

Bueno, esto ha sido un pensamiento tradicional, pero yo la verdad cada vez cuestionaría más que una atención urgente sea mejor en un sitio que en otro, o que una operación de cáncer sea mejor en un sitio que en otro. La medicina privada tiene hoy una calidad que yo no me atrevería a decir que es peor que la pública.

¿Funcionaría el copago en España, o ayudaría a que abusáramos menos de la medicina?

Hay pros y contras, pero desde luego sería un sistema que ayudaría a financiar la sanidad pública, recortaría el exceso de consultas y yo creo que también ayudaría a que nuestros centros no se colapsaran tan a menudo, porque en urgencias se atiende a muchos pacientes que no tienen nada o que tienen cosas totalmente banales. Por tanto, yo pienso que el copago, aunque sea poco popular, podría ayudar a reducir la frecuentación médica, a reducir la cantidad de medicación y de exploraciones, y ayudaría también a financiar la sanidad pública.

Haciendo referencia al título del libro, ¿cuándo deberíamos ir y cuándo no ir al médico?

Pues mira, cuando te encuentres mal y además cuando te encuentres mal y no mejores. Si tienes una gripe pues te vas a pasarla en casa, y si te has torcido un tobillo, te pondrás un tensoplast y no pasará nada. Ahora, si te tuerces un tobillo, se te hincha el pie y tienes un hematoma, a lo mejor tienes una fractura, te tienen que hacer una radiografía. Y si la fiebre de la gripe no se te va en cuatro días, estás con 39º y te pones peor, pues vas a que te vean. Es decir, hay que empoderar un poco más al ciudadano, cada uno de nosotros debemos ser un poquito más conscientes de que muchas veces lo que nos pasa va a ser una molestia transitoria. Si los síntomas persisten o se agravan, o si realmente te encuentras mal, entonces vas a ir al médico, pero vas a procurar en primera instancia no pensar que te vas a morir de lo que te pasa.

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Foto: Felipe Dana | AP

¿Hay que perderle el miedo a la muerte?

Bueno, lo que hay que hacer es integrarla en la vida. Hay bastantes movimientos ahora antimuerte, transhumanistas, que nos prometen la vida eterna y hoy en día empiezan a ganar adeptos.

Yo hablo un poco de la solidaridad intergeneracional. El mundo no nos pertenece, el mundo lo tenemos en préstamo y lo hemos de pasar a las generaciones siguientes lo mejor posible. En cambio, parece que queramos apoderarnos del mundo y hacer con él lo que queramos, cuando en realidad estamos aquí de forma transitoria y hay que pensar también en las generaciones que siguen. La gente mayor ha de ser consciente de que su tic toc vital acaba y que ha disfrutado de la vida, que ha tenido su participación en el mundo, pero que ahora vienen nuevas generaciones y hay que dejarles paso.

Por eso yo en general pienso que todas las teorías del negacionismo de la muerte, el transhumanismo, el gasto extraordinario que hacemos para alargar a veces las agonías, esto no tiene mucho sentido, deberíamos realmente integrar mejor. Hemos de asumir nuestra finitud, cuanto antes lo hagamos mejor. Al fin y al cabo, se vive mejor pensando que somos seres finitos, que no pensando que no nos vamos a morir nunca.

María Hernández Solana

De Murcia y madrileña de adopción. Escribo a menudo sobre derechos humanos e inmigración. También estudié Publicidad, pero lo mío es el periodismo. Y los viajes.