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ARCO 2019: Lo mejor, lo peor y lo ¿prohibido?

Foto: Jorge Raya Pons | The Objective

La Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Madrid (ARCO) ha comenzado este 27 de febrero con Perú como invitado y 203 galerías de 31 países que activan el hambre de los coleccionistas: es difícil encontrar tanta variedad en un mismo espacio. Mario Vargas Llosa, en su condición de novelista extraordinario e hispanoperuano, ha sido el elegido por la Fundación Santander para inaugurar la edición. “Me parece maravilloso que Perú esté presente en Madrid como hecho cultural, que no sea porque las guerras en Perú, terrorismo, la violencia, sino que sea porque hay exposiciones, pintores, artistas, me parece fantástico y además veo que las exposiciones son realmente magníficas”, ha compartido. “Es mostrar lo mejor que tenemos”.

Dicho esto, ARCO, que se celebra en los pabellones 7 y 9 de Ifema hasta el 3 de marzo, consume su primer día y en The Objective resaltamos sus luces y sus sombras.

 

ARCO 2019: Lo mejor, lo peor y lo ¿prohibido?

‘Grace’, de Jaume Plensa, elaborado en cobre. | Foto: J.R.P. | The Objective

Lo mejor

La organización ha reivindicado a bombo y platillo que este año hay un Kandinsky en venta. Se trata de su Au milieu, de 49×48,6 centímetros, valorado en 1,8 millones de euros. Pero, alejándonos de los focos principales, encontramos –igualmente– obras que tienen algo que decirnos.

Hay trabajos como los de Eva Juszkievicz que despiertan admiración, por sutiles y originales. Esos rostros cubiertos o ignorados, en su búsqueda de una nueva belleza, otra belleza. La pintura de Muntean/Rosenblum, que abraza la cinematografía en el arte, igual que tantos cineastas –los mejores– tomaron la inspiración inversa. El sentido clásico y clasicista de Pérez Villalta, que combina su fascinación por el arte grecolatino con la herencia encomiable de las vanguardias del XX. La Teresa de Jesús que creó Stephan Balkenhol en madera. El espacio dedicado a Julian Rosefeldt, con Cate Blanchett en sus retratos. Las fotografías sin rostro de Fernando Baena, que denuncia el olvido en que se tiene a los migrantes del Mediterráneo. Incluso el Vestido para protegerse del absurdo de Alicia Framis, un cuerpo inerte cubierto –salvo los pies– por una tela. Es terriblemente pedante, pero al menos sorprende.

 

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De fondo, ‘Americans, I am afraid of’, de Hubert Czeporok | Foto: J.R.P. | The Objective

Lo peor

Hay demasiadas obras evidentes y poco evocadoras y que demuestran que el arte, en el mercado de los coleccionistas, no precisa del denominador común del ingenio para obtener una cotización vertiginosa. Hay piezas que transmiten poco o nada, tan decepcionantes como una cáscara de nuez vacía. Apenas pasarían el filtro de Instagram, nadie querría verlas en Tumblr. Vemos tubos de neón que forman eslóganes comerciales, bocetos que no superarían el escrutinio de un profesor de Bellas Artes, pinturas mediocres, videoarte pomposo y grotesco, escenificaciones que solo conducen al aburrimiento.

El dragón callejero de Willie Cole, compuesto a partir de zapatos; Americans, I am afraid of, de Hubert Czeporok; y por supuesto el ninot de Felipe VI, firmado por Santiago Sierra y Eugenio Merino, difícilmente podrían desprenderse de la etiqueta de Ávida Dollars con la que André Breton despreciaba a los artistas que únicamente interpretaban sus trabajos como valores de cambio.

 

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El ninot de Felipe VI. | Foto: J.R.P. | The Objective

Lo ¿prohibido?

No es una sorpresa que ARCO, un año tras otro, destaque en los titulares por sus polémicas –en lugar de por sus exposiciones–. Durante la edición de 2018, recordamos, Presos políticos en la España contemporánea levantó polvo durante días. La obra de Sierra se topó con los filtros inquisitivos de la organización y quedó fuera de las muestras; no por criterios artísticos sino comerciales. Sin embargo, este año han tratado de compensar a esta serie de fotografías pixeladas haciéndole un hueco dentro de la programación VIP, después de que Txatxo Benet [socio de Roures en el gigante Mediapro] la adquiriera.

En cualquier caso, el escándalo principal de esta edición lo ha protagonizado otra obra y, como en el caso de su predecesora, su valor artístico ni siquiera se ha planteado en un debate serio. Sierra ha recuperado el sendero del efectismo y ha llevado a Ifema un ninot fallero de Felipe VI, de 440 centímetros de altura, a precio de apartamento de playa –200.000 euros– y con un contrato envenenado: en cuanto adquieres la figura, adquieres el compromiso de prenderle fuego a los 12 meses. Una acción que no solo desafía la perdurabilidad del arte, sino a la Justicia española–a menos que lo quemes fuera del país–. El primer dardo se lo ha lanzado Vargas Llosa: “Me parece bien que ARCO permita que esté ahí, pero creo que es una mala creación”.

Algunos interesados han preguntado por la obra, más atraídos por el ruido mediático que por su atractivo genuino; a fin de cuentas, ha sido el único lugar donde se han arremolinado los asistentes, más allá de los stands con café gratuito.

–¿No hay manera de comprarlo y no quemarlo? –pregunta un hombre.

Los galeristas niegan con la cabeza y el curioso, que no se da por vencido, les plantea: “¿Saben que en Valencia indultan un ninot cada año?”. Los galeristas, sonrientes, se encogen de hombros. Solo el mercado puede indultarlo.

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