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Por qué no debería sorprenderte el nuevo álbum de los Arctic Monkeys

Foto: Joel Ryan | AP

Eran apenas unos adolescentes salidos del instituto cuando su nombre comenzó a circular entre los bares del norte de Inglaterra; los Arctic Monkeys tenían 19 y 20 años y fueron el primer caso evidente de la fuerza de las redes para propulsar a una banda: en su caso fue a través MySpace y, como ellos mismos reconocieron en una vieja entrevista –una de las primeras que concedieron–, ni siquiera fue una idea propia. Fueron sus propios fans, que se acumulaba en los conciertos, quienes la crearon.

Han pasado 12 años desde su primer disco, Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not, y ahora incorporan un sexto: Tranquility Base Hotel & Casino. Nunca se acomodaron musicalmente, iniciaron un camino cada vez más encaramado de experimentación y revuelta, y su público –paradójicamente– no ha dejado de crecer. Es fácil comprobar la evolución del cuarteto atendiendo a sus álbumes y, dentro de cada uno de ellos, algunas de las canciones más icónicas. Que este disco sea un nuevo giro en su discografía no debería sorprendernos.

 

Fake tales of San Francisco (Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not, 2006)

La fama llegó repentinamente. Esta fue una de sus primeras composiciones, muy fiel al movimiento indie pop que emergió en Reino Unido, con sus acordes rápidos y bailables. Eran jóvenes y tenían determinación: su productor Jim Abbis cuenta que en el estudio fueron inflexibles y rotundos, sabían las canciones que querían grabar y el orden que debían seguir, igual que un escritor que encuentra la estructura precisa en un cuento.

 

Fluorescent adolescent (Fauvorite Worst Nightmare, 2007)

Siguieron la dinámica del trabajo anterior y establecieron pocos cambios, aunque sintomáticos. La fórmula funcionó y asaltaron a las listas de éxitos de Estados Unidos, Reino Unido y media Europa.

 

Crying lightning (Humbug, 2009)

Este álbum supuso el primer gran punto de ruptura. Contaron en la producción con Josh Homme, líder de los Queens of The Stone Age, y esto puede apreciarse en sus sonidos: más duros y marcados, la voz dulce y acompasada, los ritmos más bajos, una atmósfera ennegrecida. Recibió críticas enfrentadas y, sin embargo, el paso del tiempo lo ha convertido en –probablemente– el trabajo más determinante de la banda.

 

Don’t sit down ’cause I’ve moved your chair (Suck it and see, 2011)

Alex Turner se engominó el pelo y comenzó a jugar con riffs roqueros y clásicos. Quedó un álbum a medio camino entre sus orígenes y lo que estaba por venir. En su primera semana en Reino Unido superó las 80.000 copias vendidas.

 

Crying lightning (AM, 2013)

La banda alcanzó un grado de maduración que no ha abandonado; este trabajo fue tan aclamado que la revista NME lo situó entre los 500 mejores de la historia –puesto 449–  y una vez más se puede sentir la mano de Josh Homme, quien lo definió con precisión en una conversación con la publicación británica: “Es como un disco sexy para pistas de baile moderno”.

 

Tranquility Base Hotel & Casino (Tranquility Base Hotel & Casino, 2018)

En Twitter las reacciones han sido de todas las clases y hay quien se lamenta por no escuchar tantos golpes de guitarra. Sin embargo, es un álbum cuidado y meticuloso, una vuelta de tuerca con una influencia intensísima del jazz, que demuestra que Arctic Monkeys no se oxida con el paso del tiempo y que la creatividad no se diluye todavía en su sexto trabajo.

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