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Arturo Pérez-Reverte: "Sería un hijo de puta si renegase de la suerte que he tenido"

Hablamos de westerns medievales, libros de autoayuda y lo políticamente correcto con el autor cartaginés, que publica 'Sidi' con Alfaguara

Foto: Luca Piergiovanni | EFE

Somos cinco periodistas, seis contando a Arturo Pérez-Reverte, y la suite del Palace luce impecable, señorial, limpia. Desde la ventana, la fachada del Congreso. Sin movimiento, sin Gobierno. Pérez-Reverte cumple 68 años en un mes y tiene la mirada cansada –en un sentido más etéreo que físico–, la piel bronceada como los colonos franceses, asoman las arrugas cuando entorna los ojos, que es casi todo el tiempo.

Estamos los cinco entrevistadores en formación semicircular y desde el primer momento advierte Pérez-Reverte cuál es el motivo de su presencia: “Vengo a hablar de mi libro”. Una novela, Sidi, sobre el Cid que todavía no conoce Valencia, sobre el Ruy Díaz desterrado que se gana el pan en el siglo XI acompañado de 42 hombres a caballo. Una novela ambientada en los tiempos donde ganarse el pan era distinto: implicaba saquear, torturar, violar, matar, vender esclavos: “Eso, que efectivamente es un horror en nuestro Occidente –porque en el resto del mundo lo siguen haciendo–, en el siglo XI era lo usual”.

Pérez-Reverte sabe qué escribe y para quién escribe y sobre todo sabe por qué lo hace: “Yo escribo porque vivo de esto. Con esto gano para vivir y me da independencia y me da libertad y me permite vivir como quiero vivir. Yo no quiero mejorar España ni mejorar al lector. Pero si como consecuencia hay gente que mejora su idea, me parece estupendo y me alegro mucho”.

Su meta, siempre, es narrar de manera “eficaz”. Lo consigue en un libro bien armado, ágil, escueto en las descripciones y guiado por los diálogos. La historia del joven Ruy Díaz relatada entre variaciones históricas y recuerdos de sus tiempos como reportero. Porque cuando habla de violencia, de matar prisioneros, de torturar… no lo dice desde las lecturas: “He vivido 21 años en ese territorio”.

Ese chico que vivió en territorio comanche está siempre con él y de él habla en tercera persona. “Tuvo mucha suerte, sé que la tuvo”, dice. “Salió al mundo con una mochila de libros y una camisa de algodón y unos vaqueros y una navaja multiusos en el bolsillo”. Nunca creyó que sobreviviría, que llegaría a adulto, ¿envejecer? No lo pensó cuando apoyaron un fusil sobre su cabeza en Nicaragua, tampoco en los lugares donde la única sombra era el sombrero. Tú no veías los peligros, los peligros te veían a ti.

La literatura le abrió un nuevo camino: “Me pude ir a tiempo”. La literatura le salvó la vida. Y aquí está esta tarde –tantas publicaciones después– en una suite del Palace, a 50 metros del Congreso, bebiendo agua con cinco periodistas y repitiendo la razón por la que se encuentra en este lugar y no en otro: “Vengo a hablar de mi libro”.

Arturo Pérez-Reverte presenta 'Sidi', editada por Alfaguara. | Foto: Luca Piergiovanni | EFE

Arturo Pérez-Reverte presenta ‘Sidi’, editada por Alfaguara. | Foto: Luca Piergiovanni | EFE

¿Es Sidi un western?

Hay polvo y sangre y batallas salvajes. Los ojos se achican con el sol poniéndose en el horizonte. Existe en la novela el mismo aroma que se respira en los westerns. Nunca tuvimos un John Ford en este país, se dijo Pérez-Reverte. “John Ford aquí se habría vuelto loco haciendo películas”. La trilogía de la caballería del maestro del cine inspiró la aventura casi iniciática de este joven Ruy Díaz.

“El Cid es la personalidad bélico-semipolítica más importante de la historia de España”

Es curioso que en España, le planteo, no se hicieran westerns con historias españolas. España no fue sólo escenario de estas películas –Almería, Madrid, Huesca…–, sino cuna de autores como Rafael Romero Marchent. ¿Por qué no hicimos nuestras propios westerns? “Porque durante el franquismo estaba tan impregnado todo de tanta retórica patriotera”, responde Pérez-Reverte, “que todo lo que se hacía debía tener ese tono imperial. Ese relato hizo imposible los otros. España no tenía la capacidad intelectual ni la libertad intelectual para hablar de la épica de una manera puramente épica”.

Y continúa: “Si eras héroe, eras héroe por ser patriota. Si morías, morías por la patria. No, coño, en el Oeste la gente moría por honor, por amigos, por dinero, por gángster, por atracar un banco, por una mujer, por orgullo. Esa era la realidad y en España estaba vetada. Aquí todo necesitaba una justificación política. Eso hizo imposible el género. Y los intentos como Agustina de Aragón son imposibles de ver porque son absolutamente casposas, todas están contaminadas de esa bazofia”.

Dicho todo esto, ¿es Sidi un western medieval? El autor sonríe: “La novela nace del western, pero no es un western…”.

Charlton Heston como Rodrigo Díaz.

Una novela de autoayuda (y liderazgo)

Pasean por el recuerdo de Pérez-Reverte algunas escenas de su pasado. “Croacia, 1992. Una colina en la que estamos mi cámara y yo, nos están dando muy fuerte y un tipo, el oficial, dice: ‘¡Arriba! Venga, ¡arriba!’. Y lo siguen. 40 ó 50 tíos lo siguen monte arriba aunque les estén disparando. Eso no se improvisa. Ese tipo de cosas que en mi vida he ido archivando me sirven para esto”.

La historia de este libro, con otros personajes y en otro tiempo, trata de responder a esa pregunta, ¿qué conduce a unos hombres a poner sus vidas en juego por la de otro?

“Ese es justamente el motivo de la novela, ¿cómo un ser humano consigue que otros seres humanos mueran por él? ¿Por qué mecanismos psicológicos de astucia, de talento, haces que se levanten y corran contigo ladera arriba? ¿Cómo ejerces ese liderazgo? Y, ¡ojo!, no con los moñas de ahora, sino con tíos del siglo XI, duros de la hostia, tíos muertos de hambre, crueles, feroces. Hay que valer. Un tío que hace eso y su nombre sobrevive a los reyes de la época es especial. Ese tío era especial, lo reivindique Abascal o Iglesias. Creo que es la personalidad bélico-semipolítica más importante de la historia de España”.

“Cuando 40 tíos te siguen y pueden morir y lo hacen”, continúa, “te dices: esto lleva tiempo preparándolo. ¿Cómo? Con lealtad. Duermes con ellos, haces lo que ellos hacen, te tienta una mujer y no lo haces… por decoro. Porque así la gente te respeta más, ven que te puedes contener”.

“Mi concepto del español ha empeorado”

Todo se sostiene sobre la lealtad y el ejemplo: “Yo no me he ido de putas nunca. Cuando has estado con equipos de televisión en Angola o donde sea, después de estar comiéndote el marrón, llegas a Luanda y quieres un bar, una chica, emborracharte. Lo normal. Igual que una chica querría. Pero yo tenía que dar ejemplo a mi gente. A veces tenía a 11 personas a mi mando en la guerra del Golfo. Tenía que mantener un decoro para que mi gente me respetara y me obedeciera y me fuera leal. Todo ese tipo de cosas crea los vínculos de lealtad que unen a los seres humanos. Al Cid le he volcado todas esas historias”.

Aquel liderazgo del Cid lo hizo especial y Pérez-Reverte levanta la vista y no encuentra a tipos así entre nosotros. “En España están poniendo muy difícil tener un líder… y sale lo que sale”. Pérez-Reverte apunta al Congreso. “Ahí los tienes. Ya ves el espectáculo que está dando esta gentuza”. El tono del autor es ahogado, más por resignación que por agotamiento. “En España la inteligencia está castigada. Toda individualidad es machacada por sistema. La educación está hecha para machacar a los niños brillantes, para igualarlos en la mediocridad”.

Y lo peor de todo no es el castigo de la inteligencia, considera Pérez-Reverte. Peor que asumir la ignorancia es hundirse en la apatía. “En tiempos del Cid o nuestros abuelos, uno podría justificar que fuera una mala bestia”, lamenta. “Un radical, analfabeto. Lo puedo entender. No han tenido educación, toda la vida ha sido trabajar. La ignorancia estaba justificada. Pero ahora ya no. Ahora la educación es gratuita. Hay colegios, televisión, internet. Ahora el que es ignorante es porque quiere. Quien tiene un chisme y lo utiliza para matar marcianos en vez de leer a tal o cuál autor es porque quiere. Mi concepto del español ha empeorado”.

Pérez-Reverte pisa charcos, pero no siempre

Escribió el novelista de El club Dumas que los versos de Zorrilla sobre el Cid son ahora políticamente incorrectos. No dice mucho de nuestro tiempo. Ahora bien, ¿qué ha ocurrido para que surjan tantos agraviados? ¿Qué ha provocado que esa sensibilidad haya terminado por influir en editores y productores, quienes deciden qué se publica y qué se desecha? Y, yendo un paso un paso más lejos, ¿acaba esto afectando en lo que se escribe y lo que no?

“No voy a hablar más que de mi libro”, esquiva Pérez-Reverte. “Así que volviendo a mi libro diré que no se puede juzgar el siglo XI con los ojos del siglo XXI. Podrías preguntarme por qué no hay mujeres en el libro. Pues porque en el siglo XI las mujeres no estaban asaltando murallas”.

Cubierta de ‘Sidi’, la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte. | Fuente: Penguin Random House

Luego añade: “Yo, por suerte, no tengo esos complejos. No tengo que congraciarme con nadie después de 30 años de novelas, todo el mundo que me lee sabe lo que lee. No he tenido que dulcificar, ni edulcorar, ni camuflar, ni complejizar algo que era así y que cuento como era”.

El cansancio de la escritura, según parece, no va con él. Juan Rulfo publicó dos libros y dijo basta. Enrique Vila-Matas lleva toda una vida tanteando el retiro. Philip Roth se jubiló después del Príncipe de Asturias en 2012. Pérez-Reverte, en cambio, publica sin descanso desde comienzos de los noventa. “Hay quien dice que tengo negros”, bromea.

–Llevándolo al símil pugilístico –pregunto–, ¿ha pensado alguna vez en tirar la toalla? ¿Ha tenido momentos de bajón o duda?

–¿Bajón? –responde con enfado–. Bajón es estar en Sarajevo y que te maten a treinta y tantos civiles a tu alrededor.

–Sí, pero es distinto cuando no hay que dormir con un ojo abierto. El bajón viene de otra parte.

–¿Por qué iba a tener un bajón yo? –replica.

–Como podría tenerlo cualquiera.

–Mi ventaja es que soy muy estable emocionalmente –responde–. Por eso hice la vida que llevé, por eso estoy aquí. La depresión no sé lo que es. Pero tu pregunta venía por algo en concreto.

–Viene de que lleva muchos años.

–Mis novelas se venden desde hace años, están en la lista de más vendidos. Todas. Unas, tres semanas; otras, diez. Se venden en cuarenta y tantos países. Tengo buena salud. Tengo un velero que es mi vida y donde navego. Tengo una biblioteca en la que puedo refugiarme cuando el mundo exterior no me gusta. Sería un desagradecido y un hijo de puta si renegase de la suerte que he tenido. Y, ojo, que no me lo han regalado. He pagado mis precios. Y son muy altos y eso es cosa mía.

–¿Cuál sería su gran razón para dejar de escribir? –desliza una compañera.

–Que me diese cuenta de que estoy acabado como novelista –responde–. Que me repito, que decae la calidad de mi trabajo, que dejo de creer en la eficacia de lo que hago. Yo podría vivir perfectamente sin escribir, pero no podría vivir sin leer. Cuando se me acabe la imaginación, las ideas o la energía dejaré de escribir y me dedicaré a navegar y a leer. Pero he pagado precios muy altos para eso. Y los sigo pagando. Nadie regala nada.

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