Así viven las mujeres españolas su sexualidad: nuevos caminos, antiguas barreras
Foto: Collage Erich Gordon

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Así viven las mujeres españolas su sexualidad: nuevos caminos, antiguas barreras

A continuación, una radiografía de la sexualidad femenina en España: presente, pasado y barreras por derribar

por Carolina Freire Vales

La situación actual es, a grandes rasgos (y para mujeres heterosexuales), algo tal que así: sabemos más sobre sexo porque hablamos más de sexo. Que lo hagamos ha brindado, tras décadas y décadas de caras de escándalo, la aceptación de la sociedad. El deseo sexual crece, generación a generación, a un ritmo mayor que la actividad sexual. El orgasmo sigue siendo una de las asignaturas pendientes (y uno de los principales motivos por los que pedimos ayuda a la sexología). Probamos más cosas, pero los swingers y los tríos aún no están aceptados. Los juguetes sexuales sí, y ahí damos las gracias a San Satisfyer. Nos gusta más masturbarnos solas que en pareja. ¿A qué edad la mujer pierde el deseo? es lo que más preguntamos al Dr. Google (relacionado con el sexo). Pasemos ahora a los pequeños rasgos.

Hablar y saber más implica más expectativas y autoexigencia. También ‘autos’ positivos –autoestima, autoconocimiento–, pero las primeras (como todo lo negativo) pesan más. Hace 50 años, cuando andábamos los primeros pasos y empezábamos a poder decidir, el objetivo era desarrollar nuestra sexualidad. Se había abierto una puerta y entramos. Ahora, sin embargo, este deseo más que sano se ha convertido en una especie de presión por ser diosas del sexo, según la sexóloga Aránzazu García. Pero en este barro nos meteremos más adelante. Tiraremos de los hilos que suelta el estudio Revolución sexual femenina, elaborado por Gleeden y la consultoría DIVE. De momento, empecemos por el principio. 

Eran los 60 en Estados Unidos y las mujeres, que se hicieron eco del Make love, not war, emprendieron su liberación sexual. En España, como a tantas otras cosas, llegamos un poco más tarde, pero acabó la dictadura y llegamos. Para la educación sexual hubo que esperar a los 80. O, por lo menos, para que esta no se centrase en la pureza y el celibato. Sin embargo, prevenir Enfermedades de Transmisión Sexual (ETS) o embarazos no deseados sigue siendo la principal motivación para educar, aunque conceptos como ‘autoestima’, ‘autoconocimiento’ y ‘deseo’ asomen por ahí, de vez en cuando. 

«Durante la historia mundial se ha visto a la mujer como ser pasivo, joven, físicamente perfecto, inocente, manipulable y complaciente», dice el estudio. Y la cultura ‘pop’ lo corrobora: pensemos en la Manic Pixie Dream Girl (MPDG). El Arquetipo (con mayúsculas) del cine romanticón. Pensemos en Ameliè, en Zooey de 500 días juntos, Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, en Jeanne Moreau de Jules et Jim, Anne Hathaway en Amor y otras drogas. La lista, por desgracia, es interminable. Según la revista de cine Fotogramas, una MPDG es «una chica joven, extremadamente hermosa, con una personalidad excéntrica, descaradamente aniñada (…) que sirve de interés romántico para uno o más personajes masculinos melancólicos y con tendencia a estar deprimidos».

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Fotograma de ‘Amélie’. | Foto: IMDB

Y, sí, esto tiene que ver con la liberación sexual. «El cine de la generación de los 80, que instauró la democracia, era más transgresor; los roles femeninos eran más transgresores. Ahora el feminismo ha ganado fuerza política, pero los modelos de las películas vuelven a los ideales de amor romántico, a la mujer que aparentemente es independiente, pero al final acaba siendo rescatada por su pareja». El impulso de complacer y priorizar el placer ajeno, el sentimiento de culpa por no hacerlo y los roles preestablecidos empiezan a acallarse, pero muy lentamente. Para que una mujer disfrute de su sexualidad con total libertad, ha de verse como un sujeto activo. Hasta hace bien poco –y todavía ahora– hemos quedado relegadas a la pasividad. 

Para ver su efecto en la práctica, adentrémonos en el mundo orgasmo. Un tema que ya tocamos en otra ocasión, cuando concluímos que el cerebro es el órgano sexual más importante. Para sorpresa de nadie, ninguna mujer encuestada considera que tiene una ‘frecuencia orgásmica alta’. Porque para llegar al orgasmo hay que silenciar preocupaciones, autoexigencias y demás males contemporáneos. «La calidad del orgasmo tiene que ver con el autoconocimiento, la experiencia. Con que la mujer se empodere sexualmente y lo persiga. (…) Con que priorice o no la consecución del orgasmo». Perseguir el orgasmo es también feminismo. Como bien dice la periodista Ana Requena, «si no hay placer, no es nuestra revolución». 

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Escena de ‘Cuando Harry encontró a Sally’. Ella acaba de escenificar lo fácil que es fingir un orgasmo. | Foto: IMDB

El «espectáculo del sexo» es también culpable, según Aránzazu García. «El sexo se ha empobrecido frente al espectáculo y la coherencia brilla por su ausencia. El sexo desvinculado de afecto sigue siendo motivo de orgullo, cuando a una persona sana emocionalmente este sexo le sabe a paja, porque la experiencia ideal –desde el punto de vista de la sexología– se alcanza cuando las dos personas tienen la confianza suficiente –en sí mismos y con el otro– para hacer y pedir lo que realmente les apetece, y para eso hacen falta meses», explica. Conocerse, hablar, poner en común.

Hablemos ahora del deseo sexual. Más de la mitad de las españolas encuestadas (un 54%) afirma que su nivel sexual es alto o muy alto. De media, las mujeres españolas tienen deseo sexual 10 veces al mes y relaciones sexuales, seis veces. La aritmética básica es aquí nuestra aliada para afirmar que el tópico ‘hombre-quiere-follar-mujer-está-cansada’ es fácilmente desmontable. 

Ahora sabemos más, hablamos más, compartimos experiencias: subimos las expectativas. Por eso, no es raro que el estudio confirme que las mujeres nacidas en los 70 se sienten más libres sexualmente que las nacidas en los 90. La retórica ha cambiado, pero siguen existiendo barreras y la educación hace que sea más difícil ignorarlas. Los arquetipos están presentes en el día a día, y hay días que luchar contra ellos es más difícil que otros. Antes los pasábamos por alto y los asumíamos como normales. Ahora llaman la atención, indignan. El próximo paso es superarlos. 

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Escena final de ‘500 días juntos’. Como veis, no acaba muy bien el tema… | Foto: IMDB

La diversidad tampoco es nuestro punto fuerte. También ahí hay camino por explorar. Después del coito, la actividad sexual más frecuente es el sexo oral. Por delante de la masturbación sola, a la que sigue la masturbación en pareja. Los swingers, tríos y las prácticas BDSM se sitúan al final de la lista. Las mujeres mayores de 60 años prácticamente no han realizado nunca ninguna actividad sexual más allá del coito. La sexóloga Laia Cadens opina que es probable que haya muchas prácticas silenciadas por el efecto tabú. 

Ver porno –sola o en pareja– cae en la mitad de la lista. Casi la mitad de las mujeres encuestadas (un 48%) afirma no haberlo consumido nunca. La desigualdad de esta cifra respecto a la de consumo en hombres sigue siendo abismal. Para Aránzazu García, el acceso universal a la pornografía es uno de los cambios negativos para la sexualidad a los que nos enfrentamos. «El porno es el aprendizaje sexual de niños y adolescentes, y su sexualidad es luego una repetición de lo que han visto. Han cambiado las fantasías y la forma de excitarse», explica. Antes, a su consulta iba gente con falta de información, ahora reina la desinformación con expectativas irreales. Lo que no sorprende si tenemos en cuenta que, tal y como apunta el estudio de Gleeden, Twitter y los blogs son los medios más usados por las mujeres españolas para informarse sobre sexo, frente a medios de comunicación o webs especializadas.

En fin, que hay tarea por delante. Pero tarea de la divertida, de la que se disfruta, que de eso se trata. Apartemos viejos estereotipos, ahuyentemos la necesidad de complacer, prioricemos (también) nuestro placer; hablemos, sigamos hablando, sigamos aprendiendo y saquémonos la presión de encima de los hombros. Ya de por sí cargamos con demasiado peso para que el sexo sea un añadido y no lo contrario.

Carolina Freire Vales

Del salitre del norte y también del asfalto madrileño. Me metí en esto para saciar curiosidades, empezando por la mía.