Cultura

'Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach’: el thriller teatral más gamberro llega a la capital

La última locura de Nao Albet y Marcel Borràs ha llegado. Ritmo de thriller, actrices que solo hablan en ruso y perspectiva cinematográfica. Hemos hablado con ellos sobre esto y mucho más

por Teresa Bazarra Urquidi

Si tuviéramos que definir lo que Nao Albet y Marcel Borràs hacen en el Teatro María Guerrero cada noche, probablemente «thriller teatral» sea la mejor forma de hacerlo. Sin embargo, ellos no parecen querer ser definidos. Con un humor gamberro que combinan a la perfección con conversaciones íntimas sobre el proceso creativo teatral, Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach se convierte en una auténtica fiesta, en la definición de espectáculo, de bacanal del S.XXI. 

Tiene ritmo de thriller, pero se burla de muchos de sus recursos, incluso de los de sus propios creadores. Porque esta obra arrasa con todo y con todos, también con sus responsables, con los que están detrás de dicha locura: Nao Albet y Marcel Borràs. 

Más que nunca, conocer la figura de ambos directores resulta fundamental, pues Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach termina siendo un viaje sin filtros a la imaginación de estos dos enfants terribles del teatro catalán. Un delirio ilimitado, que hace que no puedas recostarte en el asiento ni un solo minuto y que puede resultar ciertamente agotadora para algunos espectadores. Porque viajar a la imaginación de Albet y Borràs es de todo menos una experiencia de paz y sosiego. 

Sinopsis: dos jóvenes dramaturgos de suburbio reciben su primer gran encargo: estrenar un espectáculo en el Centro Dramático Nacional de Boris Kaczynski. El único requisito que el magnate les impone es el de escribir una obra sobre un atraco a un banco. Los autores dedican todos sus esfuerzos a escribir una buena función, pero hay algo en la pieza que les resulta postizo. Todo cambia cuando deciden mandarle el texto a Maria Kapravof, una artista radical y rompedora que les anima a representarla siguiendo sus preceptos, olvidándose del Kaczynski Theatre y llevando la función a otro terreno.

¿El primer paso para crear esta locura teatral? Una narración poliédrica, que ofrece distintos puntos de vista; un recurso muy cinematográfico que rompe con el tiempo teatral tradicional, donde la duración de la acción suele coincidir con la duración real de la obra. De hecho, la incorporación de lo fílmico es algo que, como aseguran ellos mismos, les sale natural, «es nuestra manera de escribir o imaginar los espectáculos». 

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Foto: Luz Soria | CDN

Su terreno de trabajo es híbrido, posmoderno y una apuesta constante por lo metateatral y la autoficción. «Yo creo que sí que hay una especie de desencanto hoy en día, no sé si por cómo se ha ido desarrollando el teatro y el arte en general, ¿no? Estamos acostumbrados a ver tantas series, y al final el teatro convencional es tan de mentira, es tan difícil de creer ya ese código, que creo la gente espera que en algún momento le digas que todo esto mentira, todo esto es un texto escrito, estamos haciendo unos personajes», reconoce Albet. 

Al fin y al cabo, las cosas cambian constantemente en el mundo del arte y la creación: cada vez son más las películas que apuestan por una estructura casi dramática (como la reciente Malcom&Marie, de Sam Levinson), y obras de teatro que desechan cualquier esquema. Esta es una de ellas. 

Ahora bien, bajo esta apariencia de caos, el viaje tiene unos códigos muy marcados, y hay un proceso creativo detrás en el que Albet y Borràs buscan el equilibrio entre la trama y esas reflexiones filosóficas que no dudan en incorporar. Albet asegura que es algo «intuitivo», pero Borràs reconoce que también hay «un punto muy científico. Pasamos muchas horas construyendo la trama, y somos quisquillosos mesurando las temperaturas de cada momento. Aunque lo que está más presente en escena es la idea de juego y locura, le damos muchas vueltas al guion y hay que poner muchas bases para llegar a esa locura».

¿Un ejemplo de este guion tan complejo? La estructura. Como mencionábamos antes, en Atraco, muerte y paliza en Agbanäspach se narra la misma situación desde tres puntos de vista diferentes: el espectador verá el atraco desde distintas perspectivas, y solo al final podrá comprender lo que ha ocurrido. Para ello, la escenografía y un uso inteligente del espacio escénico son clave.

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Nao Albet, Vito Sanz y Marcel Borràs en una escena | Luz Soria: CDN

Y es que, al igual que ocurría en Siglo Mío, bestia mía, de Lola Blasco, la escenografía tiene un protagonismo especial en la obra. Nada de minimalismos. Nada de pretendida elegancia. La escenografía de Jose Novoa contribuye a la apariencia de caos narrativo, a ese vestuario estrafalario que combina camisetas de equipos de fútbol con cazadoras de cuero al estilo Matrix, a esa sensación de que la obra se está construyendo mientras todo transcurre, de que también nosotros, espectadores, somos parte de ese viaje. 

Una escenografía en la que, por supuesto, no faltan los recursos audiovisuales, un clásico en su estética: desde un documento de Google Drive que se va completando a lo largo de la obra hasta los subtítulos para comprender a María Kapravof, una Irene Escolar magistral que habla en ruso (real) durante toda la producción. 

La joven actriz se ha convertido en un miembro más del equipo Albet-Borràs, que en Mammón interpretaba varios papeles (desde la maestra de ceremonias/narradora hasta una stripper de Las Vegas), y que ahora se atreve con un personaje como Maria Kapravof, claramente inspirado en la figura de Marina Abramovic. De hecho, la idea inicial era proponer el papel a la mismísima Angélica Liddell: «Cuando lo escribimos la primera vez, que teníamos como 22 años, nos planteamos seriamente pedirle que nos hiciera este personaje, pero al final no puedo ser», nos cuentan entre risas. 

En el fondo, Marcel reconoce que «una de las cosas que más me gusta es que el personaje que reivindica la verdad más absoluta sea interpretado por una actriz que todo el mundo conoce y que se tiene que colocar la máscara más fake de todas». Y ahí es donde entra Irene Escolar, que, entre espectáculos donde recita a Lorca o versiones de Chéjov, apuesta por Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach y se convierte en una artista rusa de lo más radical, capaz de autolesionarse o robar un banco para llevar la representación hasta sus últimas consecuencias.

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Irene Escolar en una escena de la obra | Luz Soria: CDN

«Pocas veces tienes la oportunidad de jugar a interpretar personajes con la libertad creativa y con la imaginación que Nao Albet y Marcel Borràs te permiten» asegura la actriz, quien además define lo último de los catalanes como «un montaje explosivo, lleno de imaginación, juego y música, con una dramaturgia contemporánea muy interesante». Ellos mismos admiten que querían arriesgar con Irene, «proponerle cosas que otros directores quizá no se atreven a proponerle, que saliera de su zona de confort». 

Algo que también Nao y Marcel esperan hacer en su próximo proyecto, del que aún no pueden desvelar mucho: «Estamos pensando en una pieza sobre el momento en el que nosotros mismos nos separamos porque ya no nos soportamos el uno al otro. Nos gusta porque es como la autoficción y el metalenguaje llevados a sus últimas consecuencias, conversaciones entre Marcel y yo sin estas máscaras, sin estos alter egos, hablando de lo que es este viaje que estamos compartiendo desde hace casi ya una década», asegura Albet. «Nos colocaremos en una zona de no confort, o lo intentaremos, y creo que puede ser como el fin de una etapa, como que luego tendremos que inventar algo nuevo», concluye Borràs. 

Sin embargo, aún falta mucho para que llegue su próxima aventura. Hasta entonces, no dejen de disfrutar de Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach en el María Guerrero, solo hasta el 21 de marzo.