Banca española, ¿preparada para el mundo poscovid?
Foto: Marcelo del Pozo| Reuters

Economía y capital

Banca española, ¿preparada para el mundo poscovid?

El desplome que registrará la economía española en 2020 será de tal magnitud que los problemas de la banca (más morosidad, menos ingresos) acabarán surgiendo con fuerza

por Antoni Garrido Torres

A finales de 2019 el sistema bancario español presentaba la menor tasa de morosidad de los últimos diez años (4,8%). Los costes de reestructuración de plantilla de algunas entidades y un menor ritmo de crecimiento de las economías española y europea impidieron que esa reducción se tradujera en un incremento de los beneficios del sector, que acabaron siendo de 16.200 millones de euros. Esto es, un 15% menos que en el ejercicio anterior (Banco de España, Informe de Estabilidad, primavera 2020). Pese a todo, la rentabilidad del sistema bancario español era superior a la media de la Unión Europea.

La situación de partida

Obligados por los reguladores, los bancos españoles presentaban a finales de 2019 mayores y mejores niveles de recursos propios que una década atrás. Gracias a ello, superaron con holgura los test de estrés realizados por la Autoridad Bancaria Europea en 2018 para valorar su resistencia ante un posible empeoramiento de la situación económica. Y la banca española los superó pese a que el escenario macroeconómico simulado (una caída acumulada del PIB del 2,7% en el periodo 2017-2020) era, a priori, ciertamente adverso.

Por imposición de los reguladores, los bancos españoles mantenían también unos holgados niveles de liquidez. No en vano, desde 2015 se han visto obligados a cumplir el coeficiente de liquidez, por el que deben mantener activos líquidos por un importe equivalente de al menos el 100% de sus obligaciones a corto plazo (30 días).

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Foto: Yves Herman | Reuters

Esa era la situación cuando, a mediados de marzo de 2020, la pandemia obligó al Gobierno español a decretar el estado de emergencia, lo que provocó un parón casi total de la actividad económica. Por las razones apuntadas, la posición de partida de la banca ha sido ahora mucho mejor que en la crisis anterior, en la que el sector bancario fue, de hecho, una parte significativa del problema. Además, el BCE ha actuado con celeridad, permitiendo a la banca española ganar tiempo para hacer frente a la situación.

Bajos tipos de interés y rentabilidad bancaria

El desplome que registrará la economía española en 2020 será de tal magnitud que los problemas de la banca (más morosidad, menos ingresos) acabarán surgiendo con fuerza. De hecho, no se puede descartar que un buen número de entidades cierren el ejercicio registrando pérdidas.

La COVID-19 supone, además, el mantenimiento, durante más tiempo de lo previsto, de la política monetaria de bajos tipos de interés, establecida por el BCE tras el estallido de la crisis financiera. Dicha política ha permitido a las entidades bancarias:

  • Obtener elevadas plusvalías en sus carteras de renta fija.
  • Aumentar los ingresos por comisiones (al incentivar el trasvase de fondos del ahorro hacia los fondos de inversión).
  • Reducir doblemente la morosidad (a través de la recuperación de la economía y la reducción de los costes financieros a soportar por los prestatarios).

Sin embargo, su continuidad en el tiempo presiona a la baja la rentabilidad de las entidades, entre otras razones porque no es fácil trasladar a los depositantes los tipos de interés negativos que soportan por depositar en el BCE sus excedentes de liquidez.

Disrupción digital: el estado de la cuestión

A raíz del confinamiento los clientes han adquirido competencias en el uso de los canales digitales (apps, móvil…). Esto va a permitir a las entidades intensificar su política de cierre de sucursales para el ahorro de costes.

En la medida en que aumenta el uso de las redes en la operativa bancaria también aumenta la probabilidad de sufrir ciberataques (y de que estos sean graves). Por ello, el sector bancario tendrá que reforzar las infraestructuras que permiten el trabajo en remoto, y preparar planes de contingencia que garanticen el mantenimiento de la actividad en condiciones adversas.

La digitalización, unido a los avances en la robótica, la inteligencia artificial, el big data y los cambios en las preferencias de los consumidores, está facilitando además la entrada en el sector de nuevos participantes como las llamadas empresas fintech. Más ágiles y menos regulados, prestan ya casi todos los servicios de la banca tradicional (colocación del ahorro, sistemas de pago, asesoramiento financiero y financiación); y lo hacen a menor coste pues no tienen que rentabilizar las costosas estructuras de personal y de red que soportan los bancos tradicionales (David T. Llewellyn, 2018).

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Foto: Ana Bornay | EFE

El desembarco de las «tech» en la banca

Al igual que los bancos del resto del mundo, las entidades españolas han tenido que abrazar la disrupción digital y están intentando dotarse de la estructura, las aplicaciones y el personal necesarios para poder competir en este nuevo marco.

La situación podría complicarse todavía más si las grandes empresas tecnológicas, las bigtech, acaban entrando en el sector financiero. A diferencia de las fintech, en su mayoría pequeñas, poco conocidas y con una estructura de capital muy apalancada, estas últimas lo tienen todo –la tecnología, el capital humano, los recursos financieros y una marca conocida– para poder jugar un papel activo en el mundo poscovid. Aunque también es verdad que, para poder desempeñar dicho papel, tendrían que aceptar someterse a una estricta regulación y supervisión por parte de los organismos competentes en la materia (cosa que han rechazado hasta la fecha).

En definitiva, los bancos españoles se enfrentan a retos mayúsculos y está por ver que todos logren superarlos. Las decisiones que tomen tanto las entidades como los reguladores determinarán cuál será la estructura del sector bancario en un futuro próximo.The Conversation


Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Antoni Garrido Torres

Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Barcelona e investigador del Instituto de Economía de Barcelona (IEB).