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Blastsounds: los nuevos zahoríes de las subculturas musicales

Foto: Sonita. Rapera afgana.

Blastsounds es un colectivo de melómanos que realiza expediciones musicales a través de los géneros y artistas más desconocidos del mundo para que sea quien la escucha y no un algoritmo el que decida ‘esto mola’.

 

Todos hemos tenido alguna vez ese momento ‘epifanía’ en que conoces un artista o una canción que te cambia la vida o un género que pone ritmo y sentido a una etapa. Y de repente la onda expansiva, que te llegó a través de ese amigo que era un ‘sensei’ de la música, o de un primo mayor punk reconvertido en niñera improvisada de cuatro o cinco chavales con un hambre enorme de referentes, se hace tan grande que acaba contaminando a todo tu grupo de colegas.

En los noventa, ese tipo de contagios e intercambios musicales todavía se vivían casi de forma ritual. Hoy en día, en la era de Internet, es mucho más fácil descubrir nueva música pero, paradójicamente, la labor de explorador del sonido es más compleja: la dictadura del algoritmo y la ‘jungla’ del marketing musical hace que cada vez sea más difícil rastrear esos pequeños tesoros ocultos bajo las montañas de novedades y que son, o hubiesen sido, el germen de todo un movimiento cultural. Sin embargo, la onda de choque, el ‘blast’ donde se originó, sigue vivo. Y un colectivo de melómanos se propone volver a amplificar la onda.

Blastsounds: Los nuevos zahoríes de las subculturas musicales

Soundblasts quiere encontrar esas ondas de choque que crean las subculturas musicales. | Imagen: MACSD vía Flickr bajo Licencia Creative Commons

 

El francés Romain Clément y el mexicano Mario González se conocieron hace seis años en Barcelona, una ciudad de la que dicen “no tiene el tamaño de Paría ni el de Nueva York, pero es un punto de encuentro de culturas”. Unidos por su amistad y ese ‘puedo-quiero-hago’ que obra como un conjuro para un proyecto, por imposible que parezca, sentaron las bases de lo que hoy se ha convertido en Blastsounds, un colectivo que agrupa a melómanos de todo el mundo a través de sus expediciones musicales. 

“Siempre que hay música y un trabajo artístico de fondo se genera una onda y si no ha sido debidamente amplificada esos movimientos musicales se quedan encapsulados o no llegan a las suficientes mentes para que derive en algo interesante. Nosotros queríamos encontrar esas ondas de choque que crean las subculturas musicales y esos artistas y movimientos que no han tenido la justa exposición y descubrírselos al público”, cuenta Mario.

 

 

Las guerreras del micro

Cuando el hip hop nació en las calles del neoyorquino barrio del Bronx a mediados de los años setenta, se convirtió en la voz de una generación a la que en poco tiempo se le unieron artistas como Queen Latifah, Lil’Kim o las Salt-N-Pepa, que asfaltaron el camino a otras muchas mujeres raperas. No obstante, la industria acabó por invisibilizar el trabajo de estas guerreras que abordaban, micro en mano, los problemas sociales. A ellas, las ‘Ghetto Witches’ (‘brujas del ghetto’, en homenaje a una canción de Princess Nokia), Blastsound les dedica su primera expedición musical, que se celebrará el próximo 30 de noviembre en la sala ZumZeig de Barcelona.

 

Blastsound: Los nuevos zahoríes de las subculturas musicales

Princess Nokia. Brujas del ghetto.

 

“El hip hop es el género musical que más vende en el mundo, pero siempre se tiende a nombrar a referentes masculinos, vacas sagradas como Jay Z. Queríamos visibilizar a mujeres artistas que tienen trabajos incluso de mayor calidad que los hombres. Ellas sí están regresando a la esencia del género para hablar de cuestiones como el machismo o la raza, y ese tipo de luchas hace mucho tiempo que se han perdido en el hip hop masculino”, apunta Romain.

 

Reino Unido, Chile, Francia, Sudáfrica, Brasil o Polonia son algunos de los países de procedencia de las raperas que Blastsounds ha incluido en una Mixtape que puede escucharse ya y a la que esperan sumar el trabajo de otras intérpretes en un ejercicio de colaboración con melómanos de todo el mundo. “Nuestra idea es que, más allá de las expediciones, el tema siga vivo y la gente pueda seguir proponiendo artistas que vaya descubriendo. Porque hay melómanos que escriben y reseñan nuevos movimientos musicales en muchos países”, resume Mario.

Son historias que se convierten en arma social, como la de la rapera afgana Sonita, a cuya vida su madre puso precio: 9.000 dólares a cambio de casarla con un hombre. Su dura odisea en los suburbios de Teherán, donde sobrevive como una ilegal, y el éxito que obtuvo en Internet con el videoclip de ‘Bride for Sale’ (‘Novia en Venta’) es narrada en un documental que se proyectará en ZumZeig durante la primera de muchas aventuras musicales.

 

 

“Los próximos meses seguiremos trabajando sobre rock psicodélico ruso de los años setenta y la música electrónica que se hace en Oriente Medio –concluye Romain-. Y esperamos descubrir juntos tesoros musicales , sobre todo en países donde la industria no es tan fuerte y necesitan una tarjeta de presentación y alguien que los dé a conocer”.

La música son ondas que chocan, que nos hacen vibrar y ponen ritmo a nuestras vidas; la música es también reflejo de un lugar, de un momento político y social y el mensaje de una comunidad que se amplifica o se pierde en el ruido mediático. Y estos zahoríes del sonido quieren que seamos nosotros y no un algoritmo quienes volvamos a arrojar luz sobre ‘lo que mola’.

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