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El sabbat feminista: Por qué debemos sentirnos orgullosas de ser unas brujas

Foto: El miedo a envejecer es herencia de la caza de brujas. | Archivo

La periodista de Le Monde Diplomatique Mona Chollet ha publicado ‘Brujas, ¿estigma o la fuerza invencible de las mujeres?’ (Ediciones B, 2019), una reflexión sobre el origen de la herencia patriarcal en Europa que nos invita a reivindicarnos como brujas y seguir nuestros propios instintos.

 

La periodista suiza Mona Chollet está harta de andar por la vida disculpándose por el solo hecho de ser mujer. Tiene 46 años y no se tiñe las canas -“mostrarte como eres, con los signos de la experiencia, es un tipo de fuerza”, dice-. Debemos ser jóvenes, cándidas, “encadenarnos” a alguien por amor y además vivirlo como un drama, y si es posible tener descendencia, porque, claro, si no como que te falta algo… Mona Chollet no tiene hijos, ¡ni ganas! Ni tampoco cree que ser una mujer madura, soltera e independiente te convierta en una “solterona” que vive con cinco gatos, relee manoseadas novelitas románticas y está desesperada por “cazar” a alguien. Sin embargo, el estigma sigue afianzado en nuestra sociedad y está tan vivo, asegura, como las llamas de las hogueras que se cebaron con nuestras “ancestras”.

En su último libro, Brujas, la autora, una de las mentes más lúcidas del periodismo en Francia y responsable de edición de Le Monde Diplomatique, reflexiona sobre la herencia patriarcal y su odio a las mujeres en el pensamiento europeo, desde la caza de brujas que empezó a finales de la Edad Media y se recrudeció durante Renacimiento hasta nuestros días.

¿Y sabes un secreto? Chollet es una bruja. Y puede que tú también lo seas… Con ella nos vamos de sabbat.

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Mona Chollet. | Foto de Matthieu Zazzo.

“La caza de brujas fue un crimen de masas contra las mujeres -representaron un 80% de los acusados y el 85% de los condenados por brujería-. Hubo una dimensión misógina en la persecución y un fenómeno de chivo expiatorio que forjó el estereotipo de mujer odiosa y se ha ido transmitiendo a lo largo de los años”, explica la periodista, quien apunta en su libro que aunque algunas de las víctimas fueran a la vez hechiceras y sanadoras, personas que lanzaban sortilegios y también curaban, que ayudaban a parir o a abortar, cualquiera podía ser señalado y si bien la mayoría pertenecían a clases populares, la persecución alcanzó también a las clases altas.

“Los enemigos políticos de algunos personajes importantes denunciaban a veces a sus esposas o hijas por brujas, porque era más fácil que arremeter contra ellos”, cuenta. Si alzabas la voz, eras una bruja. Si replicabas a un vecino, tenías carácter o una sexualidad libre, también. Si alguien quería librarse de una esposa o amante molesta, relataba Silvia Federici citada por Chollet, bastaba con apuntarla con un dedo acusador y luego someterla a ciertas pruebas tan crueles como irracionales. La primera, lanzarla al agua: si flotaba era una bruja (evidentemente, en ríos como el Water of Leith, que atraviesa la ciudad de Edimburgo, el agua en aquella época era tan hedionda que se podía caminar sobre la montañas de basura…); la segunda, buscar la marca del diablo en su cuerpo pinchándola (cualquier peca, lunar o rasguño bastaba) y, más tarde, quemarlas frente a una multitud.

“¡Habla! ¿Cómo era el pene del diablo?”, le preguntaban a las acusadas. Porque las persecuciones de brujas, dice la periodista coincidiendo con otras investigadoras feministas como la propia Federici, fueron “una guerra contra las mujeres” y aquellos que se relacionaron con ellas, el objetivo era borrar el lugar que ocupaban en el espacio social en un momento en que el incipiente capitalismo buscaba crear otras relaciones sociales en las que la mujer iba a transformarse en ama de cría de obreros. ¿Y quién era incapaz de asumir este nuevo rol? “Fue una época en que las mujeres ancianas se detestaban y existía una mirada violenta y de odio contra ellas que creó un pavor a envejecer; ganar experiencia y madurez se veía como peligroso: mujer experimentada igual a bruja”, resume.

“Se presupone que debemos ser amables y monas, y cuando una mujer tiene que defenderse experimenta una especie de inhibición a hacer daño al hombre” -Mona Chollet

Desde entonces, el arquetipo de la bruja como mujer malvada, fea, anciana, que vive aislada con un caldero y sale a volar en su escoba para dañar cosechas -un chivo expiatorio- y asesinar niños ha quedado anclado en nuestro imaginario a través de los cuentos de hadas y las expresiones populares. Solemos decir cuando una mujer no es amable o creemos que trama algo que es ¡una bruja!. Y lo hacemos incluso entre nosotras.

No obstante, la primera feminista en recuperar el arquetipo de la bruja vinculado a la opresión de la mujer fue la sufragista Matilda Joslyn Gage, a la sazón, suegra de Frank Baum, el autor de ‘El Mago de Oz’, el primer libro infantil feminista de la historia, donde aparece por una “bruja buena”. Curiosamente, y es algo que a menudo se olvida, Joslyn Gage, además de feminista radical, era una mujer profundamente espiritual, coautora de La Biblia de las mujeres y teósofa.

Años más tarde, en la década de los 70′, feministas de la segunda ola encabezadas por WITCH (Women’s International Terrorist Conspiracy from Hell) conjuraron de nuevo a la bruja -“¡Temblad, vuelven las brujas!”-, e hicieron del estigma causado por la persecución y del miedo heredado un símbolo de poder.

“Hoy en día hay muchas apropiaciones interesantes del concepto de bruja por parte de colectivos LGTB, o brujas latinas o afrodescendientes. Yo me he ceñido a la tradición de la brujería occidental blanca porque parto de mí misma en esta investigación, pero hubo brujas importantes como Tituba, ajusticiada en Salem, que fue una esclava negra y una figura importante de la caza de brujas en Nueva Inglaterra.

Me resulta interesante lo que está ocurriendo en Estados Unidos, por ejemplo, con el movimiento de Brujas contra Trump. Este otoño, después del lanzamiento del libro en Francia, hubo una reunión en una librería feminista en Brooklyn para lanzarle una maldición a Brett Kavanaugh y tuvo tanto éxito que incluso se encontraron con grupos de fundamentalistas cristianos haciendo lo contrario. “Están aterrorizados, hemos conseguido nuestro objetivo”, decía la organizadora. Hace diez o quince años hubiese sido impensable que se reuniesen tantísimas personas para lanzar un hechizo”, cuenta Chollet, para quien abrazar el aspecto oscuro de la bruja como alguien temible y vengativo es transgredir un enorme tabú. “Se presupone tanto que debemos ser amables y monas y es tan difícil dejar de serlo que cuando una mujer tiene que defenderse experimenta una especie de inhibición a hacer daño al hombre”, señala, y añade que la violencia machista está vinculada a la caza de brujas.

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Imagen vía @witchboston

¿Por qué quedarnos con las migajas?

Si bien gran parte de Brujas está dedicado a reflexionar sobre el origen de los prejuicios contra las mujeres, especialmente solteras y maduras, la autora también arroja luz sobre un veneno cocinado a fuego lento en la caldera del patriarcado, el ideal del amor romántico. ¿O acaso existen las princesas azules? “

Al escribir el libro me impactó que el amor siempre se haya utilizado para restringir la libertad de las mujeres o para que acepten esa restricción, y es muy triste. Es algo que sirve para justificar que te están encadenando, y existe el temor de que si una mujer se aleja de este modelo establecido vivirá sin amor. Pero, ¿quién dice que una soltera no pueda tener una vida amorosa rica?”, cuenta. De hecho, todas somos víctimas de este lavado de cerebro basado en entender el amor como sacrificio, ya que cuando una mujer vive en pareja o tiene descendencia esos aspectos de su vida tienden a solapar su propia individualidad: “El problema es que cuando quieres vivir con un hombre y tener hijos la sociedad te lo hace pagar muy caro. Ser buena compañera y buena madre significa siempre sacrificarse y es algo que tenemos muy integrado. Por ejemplo, conozco el caso de una mujer que cuando en su casa había una paquete de galletas ella siempre se comía las rotas y dejaba las que estaban enteras para el marido y los hijos, y en un momento se pregunta: ¿Por qué estoy haciendo esto? Creo que debemos defender tanto a la mujer que desea tener un vida no asociada a la pareja y los hijos como a las que quieren hacerlo, pero anteponiéndose ella”.

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“Mona, ¿cómo sería el mundo hoy si no hubiera existido una caza de brujas?”, le pregunto, esperando oír una historia de comunidades matriarcales utópicas donde se vive en paz y armonía, un reino de Oz. “Es una cuestión vertiginosa -responde. Hace una larga pausa buscando, tal vez como yo, el camino de baldosas amarillas. Al final, contesta-: “Tendríamos quizás tipos de mujeres más diversificados y sin miedo a afirmarse; aunque creo que hubiera existido otra caza de brujas, otro delirio absoluto en base al que torturar y matar a decenas de miles de personas. La sociedad necesita chivos expiatorios, enemigos, pero nosotras podemos asumir de una vez el lugar que queremos sin disculparnos por ello constantemente. Total, siempre habrá alguien a quien le parezca mal que seas tú misma, así que, puestos a liarla, haz lo que te dé la gana”, concluye.

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