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Carlos Marques-Marcet: "Si tengo que elegir entre el talento y la suerte, elijo la suerte"

Foto: AVALON

Carlos Marques-Marcet (Barcelona, 1983) tocó el cielo en 2014, cuando ganó el Goya a mejor director novel por 10.000 kilómetros, que sumó otros cinco premios en el Festival de Málaga. Ahora espera con cierto nerviosismo que su nueva película, Tierra firme, eche a volar –como le gusta decir– y cobre vida propia. “Desde el momento en que está acabada, ya no pintas nada, va por sí sola”, dice. “A mí siempre hay un momento cuando termina la película en que me entra el bajón y me digo: ‘¿Ahora qué?’. La película es como parte de tu pasado, deja de ir contigo: cuando la hiciste eras otra persona”.

 

¿Te resulta difícil marcar un estilo durante el proceso?

Sí, requiere una cierta concentración. Siempre hay un momento en el proceso en el que te cansas, especialmente cuando es largo. Me cuesta entender a las personas que se tiran 10 años haciendo una película. Hay un momento en que ya no tienes nada que ver con la persona que la comenzó. Gestionar eso es una de las cosas más difíciles de un proyecto largo. Yo creo que por eso nunca ruedas como escribes, y nunca montas como ruedas. Casi se ven tus tres tús diferentes. Precisamente en la película que estamos haciendo ahora, estoy tratando de cambiar el proceso de intentar rodar cronológicamente y durante más tiempo a lo largo de un año.

 

Carlos Marques-Marcet:

Marques-Marcet, durante el rodaje de ‘Tierra firme’. | Imagen: AVALON

[Tierra firme plantea una duda casi personal para el director: ¿qué ocurre en una relación, entre los 30 y los 40, cuando uno quiere tener hijos y el otro no? Y si con amarse no basta. Esta es la cuestión sobre la que circula toda la película, con sus fases de comedia y de drama, con el ambiente idílico de Londres y sus canales, con un reparto protagonizado por Oona Chaplin, Natalia Tena, David Verdaguer y Geraldine Chaplin].

 

¿Cómo recibiste la noticia de que Geraldine Chaplin estaría en tu película?

Hicimos el papel para ella, era nuestro objetivo. Solo que luego se complicó, pero Oona –su hija– nos ayudó para que fuera posible. Me dio mucha impresión, claro. Es Geraldine, un mito viviente. Es un lujazo trabajar con ella, nos hemos entendido muy bien. Fue un flechazo mutuo. Me contaba batallas con David Lean, Robert Altman, cómo dirigían… Y a la vez es una mujer súper humilde. Me dijo una cosa muy bonita que me dejó impactado: ella, de joven, pensaba que con el tiempo se le calmarían los nervios durante una película, pero que en realidad le ha sucedido todo lo contrario. Eso habla mucho de cómo vive su trabajo.

 

No debe ser sencillo dirigirla.

Bueno, luego es mucho más orgánico. Si el actor ve que tiene sentido lo que propones, lo va a hacer. Si ve que no lo tiene, te lo va a decir. Si un actor está por la faena, lo que quiere es dar lo mejor. Uno tiene que trabajar para que el actor confíe en él. Yo animo mucho a los actores a buscar sus vías. Probablemente el actor más duro con el que he trabajado sea Antonio Dechent. Te pone a prueba. Quiere ver si eres un buen director o no, y si no lo eres te come. Dechent te come.

 

[Carlos Marques-Macet habla sin reservas, se expresa mucho con las manos, y recuerda con entusiasmo uno de los momentos que solidificaron sus ambiciones de ser cineasta. “Pasó cuando estudiaba Audiovisuales”, cuenta. “En la Pompeu Fabra tenían una sala repleta de VHS y VHS NTSC y traían películas no publicadas en España o en Europa, igual venían de Estados Unidos. Guerín –director de cine y profesor universitario– nos hablaba mucho de Yasujiro Ozu, pero eran películas que nunca habíamos podido ver. Se movían en determinados círculos, y yo todavía no estaba en ese ambiente. Recuerdo llegar a la universidad, ir a los bajos, donde estaban los rolletes, y de repente ver ahí películas de Ozu. Me decía: ‘A ver qué es esto’. Cogía una y leía: ‘Un padre casa a una hija…’. Cogía otra y leía: ‘Un padre casa a una hija…’. Recuerdo poner Primavera tardía y no entender nada. Estaba en ese cubículo, sentado en una silla incómoda, y de repente hay un momento en la película en que el hombre se pone a pelar una manzana, como su último gesto se pone a pelar una puta manzana… Hay algo ahí que hace que te explote la cabeza. Es una emoción extática. No es una emoción de los personajes, tampoco es una idea. Es como puro cine con un gesto. Una revelación, si utilizamos términos religiosos –que no me gustan”].

 

¿Qué buscas en una película como espectador?

No lo sé… depende del día y del momento. En cada película busco una cosa. Por eso el problema de las expectativas. ¿Qué buscas cuando conoces a alguien? Para mí ver una película desconocida es como conocer a una persona, conocer un lugar o conocer una realidad diferente a la tuya. O como conocer una realidad tuya vista de otra manera. Entre hacer ordinario lo extraordinario y extraordinario lo ordinario. Entre Ozu y Mizoguchi, supongo.

 

¿Es distinto a lo que buscas como cineasta?

Supongo que… cuando escribes no estás pensando tanto en el espectador. Hombre, estás haciendo comedia y estás esperando que se rían con una broma, no voy a negarlo. Una cosa que me gusta y que sé que provoco con mis películas es que la gente salga de la película a tomar una birra y discuta sobre los personajes. Eso, para mí, ya es un logro. Y supongo que uno también busca crear una revelación que le cambie a alguien, pero tampoco tengo una aspiración tan grande con mis películas. Aunque si llega, perfecto.

 

¿Te sientes cómodo viendo tu propia película en una sala, con gente a la que no conoces y que no te conoce, comprobando sus reacciones?

Antes me daba pavor. Era una sensación muy extraña. Ahora veo mi película dos veces: en el estreno fuera y en el estreno en España. Esta la vi en Sevilla y la vi en Londres, y lo que mola de esta película es ver si la gente se ríe o no. Me di cuenta de que en Londres se ríen de cosas completamente distintas. Allí comenzaron a reírse desde el minuto cero con Geraldine haciendo de hippie. Aquí la gente no se empezó a reír hasta que apareció la escena del semen: a partir del momento incómodo. Luego puede que se rían y que no les guste, y viceversa, pero te da ese placer momentáneo, casi como recibir un like. Ahora lo interesante es ver lo que la gente piensa y cómo opina y qué debates se crean. No es la parte que más me gusta de hacer una película, pero también la disfruto. Aunque también paso vergüenza, como si hablaran de mi hijo delante de mí.

 

¿Y piensas mucho en el cine cuando no estás trabajando?

Yo soy de los que cree que pensar no sirve de mucho, que solo sirve para fantasear y darle demasiadas vueltas. A mí me vale más hablar de una idea, especialmente con gente que ha pasado por cosas parecidas. Que la gente dé su opinión sobre la película. Ahí empiezas a pensar en los personajes, en imágenes. Muchas veces tiene que ver con los espacios. Me ha pasado, esta vez, con los canales. Tenemos un documento de 700 páginas con cada puente de los cuatro canales principales de Londres. Todo lleno de fotos. Ahí sacas muchas ideas de las localizaciones, más que si estás paseando en la playa. Para esta película he leído mucho sobre canales, sobre en qué épocas y cómo se construyeron, sus historias y las de sus constructores, sobre la gente que vivía en barcos, que se llamaban a sí mismo boaters.

[Luego, Marques-Marcet cuenta que no se siente un director ilustrado, que va “muy poco a museos” y que es, incluso, “bastante necio”. Luego dice, entre risas, que es un autor con “poca imaginación”: “Recuerdo que cuando acabé el guión de Tierra firme, se lo pasé a un amigo. Él me dijo: ‘Está muy bien. Pero esto es como L’Atalante, ¿no?’. Y claro, es una de mis películas favoritas, pero ni siquiera había pensado en ella. Quieras o no, las películas están en tu inconsciente”].

Ahora que estrenas tu segunda película, ¿has pensado en qué te gustaría hacer en los próximos años?

Me gustaría comer bien, follar mucho… viajar… y hacer películas. Espero no hacer ninguna película que no disfrute. Me gusta hacer encargos, y eso es un peligro. Me da miedo no escoger bien. Eso depende mucho de la suerte. Y si tengo que elegir entre el talento y la suerte, elijo la suerte.

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