Carol Blázquez (Ecoalf): «Hablamos de sostenibilidad como si fuese la gran novedad, cuando es lo que hacían nuestros abuelos»
Foto: Cedida por Ecoalf

Lifestyle

Carol Blázquez (Ecoalf): «Hablamos de sostenibilidad como si fuese la gran novedad, cuando es lo que hacían nuestros abuelos»

por Carolina Freire Vales

Carol Blázquez estudió diseño de moda en los 90. Entonces, Zara le parecía el no va más, la promesa del estilo al alcance de todos. La vida pasó durante unos años y, allá por 2012, un domingo cualquiera, abrió el periódico y leyó un artículo en el que Javier Goyeneche, CEO de una compañía que entonces era sólo una idea, hablaba de su proyecto: Ecoalf.

En ese momento, la moda ya estaba demasiado al alcance de todos, la democratización se había pasado de rosca y tocaba frenar y pensar en los perdedores del exceso: el planeta y las personas detrás de las prendas. Goyeneche se proponía traer este concepto a España y Carol, que había pasado por varias empresas de moda convencional –entre ellas, Inditex– sin llegar a encajar nunca, se subió al carro. Así fue, simple, como todo lo que funciona. Empezó diseñando las prendas y, ahora que la empresa ha crecido, es la directora de innovación y sostenibilidad, es decir, el cerebro detrás de los nuevos procesos, materiales y formas de obtener los tejidos. Aquí se encuentra como pez en el agua porque, me cuenta, lo que mejor se le da es lanzar proyectos, «ese momento en el que sostienes el castillo de naipes, que tienes todo cogido con alfileres».

De todo esto hablamos, y también de cómo se hace para que la gente acepte pagar más por tus prendas (más que en cualquier tienda de fast fashion, vaya), sepa lo que implica ese dinero extra y esté encantado de contárselo a cualquiera que pregunte qué es eso que pone en su plumas de que está hecho con basura.

Cuando decidiste estudiar moda, ¿qué te gustaba imaginar para tu futuro?

En aquella época Zara me parecía lo más porque estaba consiguiendo democratizar la moda. Cuando tenía 15 años, tenía que ahorrar durante meses para comprarme una camiseta; el ir bien vestido no estaba al alcance de cualquiera. Pero después pasamos al otro extremo y yo quise volver al inicio.

Si tuvieses que quedarte con una prenda de tu armario, ¿cuál sería?

Difícil, pero seguramente me quedaría con uno de nuestros plumas. Lo tengo desde hace ocho años [los que tiene la empresa] y ahí sigue.

La sostenibilidad depende tanto de las marcas como de los clientes que deciden elegirlas. ¿Cómo convencéis a los consumidores para que compren vuestra ropa a pesar de ser más cara que el fast fashion?

Al principio nos centrábamos, simplemente, en hacer las cosas bien; pero enseguida nos dimos cuenta de que, además de hacerlas bien, había que comunicarlo. No porque lo estuviésemos haciendo fenomenal, sino porque, por comparativa a cómo lo estábamos haciendo, la gente podría ver lo que estaba pasando en la moda convencional: que estaba abusando de una manera indiscriminada de los recursos del planeta y las implicaciones que ello podría tener en el futuro.

Lo primero que hicimos fue colocar a todas nuestras prendas una etiqueta en la manga que contase que estaba hecha con botellas de agua recicladas. Eso gustó mucho. La gente, al principio, compraba nuestros plumas por estética. Cuando el personal de tienda les contaba cómo estaba hecho, pasaban de estar interesados en la marca sólo porque hacíamos plumas a conectar con la misión. Se sentían parte del cambio que intentábamos provocar y se volvían prescriptores de la marca. Se lo decían a todo el mundo: «Mira qué plumas más bonito me he comprado, que está hecho de basura».

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Esos plumas de los que habla Carol. | Foto: Ecoalf

Muchos de vuestros mensajes se basan en el sentido común, en concepciones sobre el vestir que, hasta hace unos años, ya estaban ahí. ¿Qué viejas costumbres podemos recuperar de nuestros padres y abuelos?

Somos la primera generación que habla de sostenibilidad cuando somos la primera generación que en realidad no es sostenible. Hablamos de esto como si fuese la gran novedad, pero nuestros abuelos no tiraban nada a la basura si le podían dar alguna utilidad. Hablo de esos maravillosos abrigos de lana que desmontaban, les daban la vuelta y los volvían a montar para poder seguir usándolos. Todo esto que hemos dejado de hacer desde que entramos en la cultura del usar y tirar.

¿Cómo trasladáis estos valores a vuestras prendas?

Son un fondo de armario, nosotros no buscamos ser tendencia. Esto no es nada nuevo, pero las nuevas generaciones han nacido acostumbradas a que cada temporada se renueve el armario por completo.

Hay muchas cosas de sentido común que se nos han olvidado. Por ejemplo, un plumas no necesitas lavarlo todas las semanas ni meterlo a la secadora –con esto multiplicamos la huella de carbono del producto–. También el heredar o intercambiar ropa. Hay muchas opciones antes de que una prenda se convierta en residuo. Se están generando negocios en torno a este tipo de cosas muy sencillas, que en realidad se han hecho toda la vida. Si te comprabas un abrigo te comprabas uno, pero sabías que te iba a durar toda la vida.

Además de la forma de obtener los tejidos, ¿es posible preservar la sostenibilidad de principio a fin del proceso?

Somos conscientes de que cada decisión que tomamos genera un impacto sobre el medioambiente y las personas. Cada persona aquí es responsable de plantearse esto antes de tomar cualquier decisión. Pero también está el balance con el precio. Muchas veces tenemos que jugar con eso y renunciar a procesos que son más sostenibles pero que nuestro margen no permite todavía. Ante todo, coherencia y transparencia. No podemos decir que somos la empresa más sostenible del mundo porque cada día que nos levantamos habrá cosas mejorables respecto a lo que hacíamos ayer. Somos activistas no en el sentido de gritar, sino de hacer.

¿Cuál es la asignatura pendiente?

Saber que hay que mantener el ADN con cada una de las personas que se van incorporando a medida que crecemos. Esta es una empresa con unos procesos muy innovadores y eso supone que en el mercado todavía no haya gente con la formación necesaria para conjugar las dos partes (moda + sostenibilidad). No buscamos que la gente que llegue siga un manual con una serie de procesos –que también– sino que aprendan a pensar de manera que cada una de sus decisiones se alinee con los valores de la compañía y con ese objetivo superior: preservar la salud del planeta.

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Bolsa de Ecoalf con su slogan: ‘Because there is no planet B’. | Foto: Instagram

¿Crees que el discurso de sostenibilidad ya ha calado en las escuelas de moda españolas?

Ya empieza, lo vemos en la gente que quiere venir a hacer prácticas. Muchos han hecho algún tipo de curso que las ha ayudado a especializarse o a adquirir unos conocimientos mínimos en el tema de la sostenibilidad. El problema está en esos perfiles más senior.

Comparando España con el resto de países en los que operáis (Japón, Alemania, Holanda), ¿en qué se diferencia el público?

España está entrando todavía en la fase de concienciación, la sociedad comienza a entender cuando le cuentas las cosas y ya hay gente que nos busca por la sostenibilidad. Pero es poco exigente: lo que le cuentas le parece bien. Hay países, como Alemania o Japón, donde los dependientes nos mandan a veces unas preguntas que dices ‘guau’. Están mucho más sensibilizados, tienen más conocimiento y son más exigentes a la hora de comprar. Lo quieren todo: certificaciones, detalles de los procesos… la documentación que mandamos a Japón, por ejemplo, es mucho más profunda que la que nos requiere cualquier otro mercado europeo.

Ecoalf integra a públicos muy distintos. Por ejemplo, en el proyecto Upcycing the oceans trabajáis con cofradías de pescadores que recogen basura del mar. ¿Cómo los convencisteis para que colaborasen?

Fueron ellos, en realidad. Fue un pescador el que le dijo a Javier: «Tú que estás siempre por ahí dando conferencias sobre los plásticos y la basura, te tendrías que subir un día al barco con nosotros para ver lo que es realmente la basura y el plástico». Y así fue.

Las primeras cofradías fueron Alicante y Castellón. Al final es su medio de trabajo, y han visto como día a día se llenaba de basura. Prácticamente cuando soltaban las redes se estaban encontrando casi tanta basura como pescado, eran los primeros interesados en poner fin a esa situación. De hecho, lo hacen de manera voluntaria. Les pusimos unos contenedores en los barcos para que echasen la basura que encontraban y otros en puerto para depositarla. A partir de ahí, queda en nuestras manos.

[Ahora están en Grecia y Tailandia con el punto de mira puesto en Italia y Francia. La idea es abarcar toda la costa mediterránea].

¿Qué le depara el futuro a Ecoalf?

Queremos ser una empresa neutra en carbono para el año 2030, lo que supone mucho trabajo desde todos los departamentos y proveedores. También reducir el consumo de agua y acabar con los microfilamentos que se desprenden en los lavados y que acaban en el mar. Por último, cerrar el círculo: ¿qué pasa con nuestras prendas cuando acaban su ciclo de vida? ¿Cómo trabajar el hilo para que puedan convertirse de nuevo en prenda?

Carolina Freire Vales

Del salitre del norte y también del asfalto madrileño. Me metí en esto para saciar curiosidades, empezando por la mía.