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Castellano y catalán. La literatura como puente

Foto: Ana Laya

Más de cuarenta bandoleros vivos que de improviso les rodearon, diciéndoles en lengua catalana que estuviesen quedos y se detuviesen, hasta que llegase su capitán.

Segunda parte de El Quijote, CAPÍTULO LX.

 

De entre las numerosas heridas que el conflicto catalán dejará sobre la piel nacional, quizás la que más sangre provoque sea ésa que ocasiona el constante afán por dejar de reconocerse en el espejo contrario. Podrá doler más o menos, pero las culturas a uno y otro lado del Ebro (no sé qué metáfora elegir para glosar la frontera que alguno se empeña en diseñar) se solapan de tal manera que no habrá intención política que consiga separarlas. Dicho de otro modo, la cultura que se pasea a caballo entre Cataluña y el resto de España es absolutamente indivisible. En concreto, vamos ya con lo que ha venido a decir este párrafo, la cuestión lingüística es, de todos los hierros utilizados, el más candente. El castellano se ningunea y se hace pasar por ajeno desde cierta trinchera independentista, a la vez que desde la contraria se colocan los focos sobre una falsa inutilidad del idioma catalán. Pero la realidad es diferente, ambas hogueras lingüísticas siguen candentes a uno y otro lado, retroalimentándose sin descanso. ¿Hasta qué punto ambas lenguas se enriquecen mutuamente? Más allá de las pruebas puramente lingüísticas, verdadero testimonio de esta simbiosis, hay una prueba que resulta esclarecedora: las literaturas en uno y otro idioma también se benefician de esta relación. Y es que la literatura es la principal arma que una lengua tiene para defenderse, y esa arma (cargada de futuro, quizá) seguirá hiriendo por más que el politicucho de turno se empeñe en enterrarlas.

 

“El castellano se ningunea y se hace pasar por ajeno desde cierta trinchera independentista, a la vez que desde la contraria se colocan los focos sobre una falsa inutilidad del idioma catalán.”

 

No he conseguido apreciar hasta qué punto de la historia podemos retroceder para encontrar las huellas de esta relación literaria, pues esta se establece desde que las distintas lenguas romances se entremezclaban allá en los estertores del último latín vulgar. Por eso, me he tomado la licencia de retroceder hasta el Renacimiento, época de esplendor donde las haya, para comenzar hablando de la relación que une a Garcilaso, quizás el poeta renacentista más influyente en castellano, y a Juan Boscán, íntimo amigo del toledano y cumbre también de la poesía del XVI. Boscán, barcelonés de cuna, había conocido a Garcilaso en la época en la que ambos pisaron con delicadeza la corte italiana. Entre esa delicadeza se cuela la poesía transalpina del ‘Dolce Stil Novo’, Petrarca o Dante, sí; pero sobre todo encuentran ese nexo en Ausias March, poeta que trazó pocas décadas antes los primeros bosquejos renacentistas a este lado de los Pirineos, con el valenciano como gerente de su pluma. Es el primer puente claro entre el catalán y el español, pues sin Ausias no hubiéramos contemplado al mismo Garcilaso, prodigio castellano, ni al mismo Boscán, prodigio barcelonés.

La cronología avanza hasta el Siglo de Oro. En él, en ese Barroco inigualable, se dan cita las mentes más prodigiosas que jamás blandieron el castellano. Es difícil encontrar los signos del catalán en una literatura tan eclipsada por la lengua que a esas alturas de la historia colonizaba medio mundo (para contemplar con parsimonia cómo se derrumbaba). Pero, más allá de la figura omnipotente del inigualable Cervantes, si tuviera que poner el foco en dos aspectos que elevaran a los altares a esta generación inimitable, recalcaría dos: por un lado, la elegancia con la que Quevedo, Góngora o el propio Cervantes colocaron la sátira en el lugar preferente y elegante que merecía desde su cultivo en el lejano romance de la Edad Media; y por otro el puente construido por Lope para traspasar la escena teatral desde la aristocrática corte hasta el corral del pueblo. Pues bien, a medio camino entre la sátira y el teatro popular se encuentra la comedia burlesca catalana, que satiriza a clásicos como Lope o Calderón y que encuentra en el padre Francesc Mulet a su mejor representante.

Castellano y catalán. La literatura como puente 2

Detalle en el patio del CCCB | Foto: Ana Laya.

 

 No es hasta el XIX cuando el idioma catalán explota y se establece ahora sí firmemente, gracias al detonante literario que supuso la ”Renaixença”, es decir, la pretensión surgida desde lo más profundo del sentimiento catalán para hacer de su idioma una lengua de cultura. Dentro de este movimiento, que digamos ya promueve cierto nacionalismo orientado a la región (nacionalismo en el sentido decimonónico, es decir, cercano al ‘Volksgeist’ alemán, reivindicando los rasgos propios de la nación), también tiene especial relevancia el papel que toman las letras castellanas y los escritores allende Cataluña. De hecho, en los dos mayores símbolos de este renacimiento catalán, en la ‘Oda a la patria’ de Aribau y en ‘Los juegos florales’ de Barcelona, la cultura hermana está presente en todo momento. En el mítico poema de Aribau, las referencias al castellano y al otro “lado de la frontera” son constantes. Mientras, en ‘Los juegos florales’, festividad instaurada en 1859 para reivindicar la lengua catalana, participaron algunos ilustres hispanistas como Menéndez Pelayo, uno de los encargados de ponerle nombre a la historia de España, que se refirió en estos términos al público catalán:

“El catalán, esa lengua, ese rebrote del tronco latino, que yacía hasta hace medio siglo en triste y vergonzosa postración […] Sólo un milagro podía salvar el habla catalana de su ruina […] Y este milagro Dios quiso que se cumpliera”.

Menéndez Pelayo, Juegos florales de 1887.

 

Ya en el siglo XX, el puente literario entre el idioma catalán y el idioma español es transitado en uno y otro sentido con la mayor normalidad. Ni siquiera cuarenta años de oscura dinamita sobre su base consiguieron echarlo abajo, sólido y robusto como descansaba entonces tras ese XIX que lo había remodelado, esculpido y abrillantado. Maestros como Josep Pla o Salvador Espriu deambulan entre uno y otro extremo, demostrando brillantez en cada verso o renglón que arrojan por la pluma. La poesía de la experiencia nace de la mano de dos catalanes insignes: Jaime Gil de Biedma en castellano, Gabriel Ferrater en catalán. Otro barcelonés, Carlos Barral, que ya había buceado en la escritura en lengua catalana, y la maravillosa Carmen Balcells reclutan a lo más granado de las letras hispanoamericanas y hacen de la capital catalana el cuartel general de la literatura castellanohablante. Precisamente allí, en Hispanoamérica, Antoni López i Llausàs, editor en su día del propio Pla y garante de la lengua catalana durante las primeras décadas del siglo XX en la península gracias a numerosas publicaciones en revistas, establece allí un templo editorial que descubre a escritores como Cortázar o García Márquez. Las escritoras catalanas se sobreponen al contexto aún machista del primer y último franquismo, y disparan desde las dos lenguas con notabilísimo éxito, da igual si se llama Maria Aurèlia Capmany o Ana María Matute, si Carmen Laforet o Teresa Pàmies. Algunos como Ana María Moix intercalan el catalán en la columna y el castellano en el texto formal. Su hermano, Terenci, directamente no diferencia entre lenguas y lo mismo tira de un idioma en columna que de otro en novela. Vázquez Montalbán y Lluís Llach publican ensayos normalizando la convivencia entre ambas lenguas, que literariamente se abrazan con la fuerza de innumerables bíceps.

Por todo ello, insisto, los constantes esfuerzos de uno y otro bando por destruir estos puentes se antojan inútiles. No habrá acción política que pueda deshacer esta relación, pues el arte se alimenta de cultura, y nada enriquece más culturalmente que el contacto entre dos lenguas. Y la onda que literariamente se expande entre ambas orillas da buena cuenta de este enriquecimiento.

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