Cines Embajadores: el cine de barrio levantado sobre las cenizas de una sucursal bancaria
Foto: Teresa Bazarra Urquidi

Cultura

Cines Embajadores: el cine de barrio levantado sobre las cenizas de una sucursal bancaria

Rodeados por un kiosko, un taller de coches y una pequeña tienda de informática, los cines están ubicados en el distrito de Arganzuela, una de las zonas culturalmente más activas de la ciudad, donde también se concentran un gran número de teatros alternativos y galerías de arte.

por Teresa Bazarra Urquidi

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Es un sábado de otoño en la glorieta de Santa María de la Cabeza, hacia mediodía. Es justo esa hora en la que el aroma a alioli te abre el apetito desde que sales del metro, esa hora en la que las terrazas aprovechan los cuatro rayos de sol para desoír los 15 grados que marca el termómetro de la farmacia. 

El «súper bazar asiático» vende todo tipo de cactus y flores, y la cola que sale de Casa Ruiz, una pastelería artesanal, da la vuelta a la manzana. Justo en ese momento, una marabunta de niños emerge de los Cines Embajadores, donde acaba de terminar la sesión matinal de Vicky el Vikingo y la espada mágica, mientras sus padres miran con recelo la caja de palomitas XXL que acaban de terminarse. «Qué, ¿os ha gustado?», preguntan. Y los niños asienten con satisfacción. 

Rodeados por un kiosko, un taller de coches y una pequeña tienda de informática, los cines están ubicados en el distrito de Arganzuela, una de las zonas culturalmente más activas de la ciudad, donde también se concentran un gran número de teatros alternativos y galerías de arte. Cuando Miguel Ángel Pérez, dueño de los cines, se decidió finalmente a buscar un local para abrir, barajó diversos barrios: «Pero, al final, esta zona es perfecta porque tiene muchísima vida cultural y no había ningún cine; está la Casa Encendida, el Circo Price… Y bueno, muchos bares, una hostelería muy potente, ¡esto es fundamental! Es lo que llaman una zona de ocio, de mucho movimiento».

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Los cines están rodeados de comercios y bares locales | Foto: Teresa Bazarra Urquidi

¿Quién está detrás de esta locura? Hablamos con los dueños de los Cines Embajadores

Un cine que ha nacido en plena pandemia (tenían previsto abrir en marzo, pero el coronavirus les pilló en plenas obras, sin fachada ni butacas, y la apertura se retrasó hasta el 10 de julio), donde antes existió una sucursal de La Caixa y sin recurrir a ninguna subvención, podría parecer algo poético pero arriesgado, la locura de un soñador. Sin embargo, los Cines Embajadores, con sus tres modestas salas y 200 butacas, ofrecen sus entradas a precios similares que el resto de cines, y consiguen mantenerse con cierta estabilidad. 

De hecho, Fernando Lobo, jefe de prensa y comunicación de los cines, cuenta con total naturalidad cómo se mantienen económicamente, cuál es su plan de viabilidad; casi como si estuviéramos charlando con un familiar que se muestra ilusionado sobre su nuevo proyecto, pero que te comenta con realismo que las cosas están difíciles; casi como si, en una conversación de domingo por la tarde, te incluyera a ti también en esa aventura. Es esa sensación persistente de estar en casa, que te invade con calidez en el mismo instante en que oyes hablar de estos cines de barrio castizos

Si hay algo que caracteriza la sala, y que les ha dotado de una auténtica comunidad de seguidores y vecinos también en redes sociales, es precisamente la iniciativa de organizar coloquios con el público, en los que participan intérpretes y directores de las películas que estrenan en su cartelera. Seamos realistas: conseguir que Candela Peña (La boda de Rosa) o Pilar Palomero (Las niñas) charlen con los vecinos del barrio un sábado por la tarde, después de haber visto la película y en un ambiente cercano, casi íntimo (algo bueno tenían que tener las restricciones de aforo), tomando un aperitivo; un logro así te corona como lugar de encuentro cultural en cualquier vecindario. 

El propio dueño de los cines, Miguel Ángel Pérez, también fundador de la distribuidora Surtsey Films, defiende con orgullo que ellos quieren ser «algo más que un cine». ¿Cómo se consigue esto? «Pues la verdad es que no tenemos miedo a nada. Ahora mismo vamos a montar un ciclo sobre los grandes dilemas del S.XXI y vamos a invitar a ministros, a Susana Díaz, para que vengan a ver las pelis y a hablar después sobre temas como la lucha de clases. Yo qué sé, a Felipe González. ¿Por qué no? Siempre intentando que el cine sea un lugar de encuentro».

«No tenemos miedo a nada. Ahora mismo vamos a montar un ciclo sobre los grandes dilemas del S.XXI y vamos a invitar a ministros para que vengan a ver las pelis y a hablar después sobre temas como la lucha de clases. Yo qué sé, a Felipe González. ¿Por qué no?»

Coloquios, pases de prensa, festivales de cine, preestrenos, cursos y conferencias e incluso eventos privados; Miguel Ángel y Fernando quieren ser «la casa de todos», ofrecer sus salas a distintas empresas audiovisuales que tengan sus propios proyectos y convertirse en un lugar de encuentro para el mundo de la cultura. Pero, eso sí, con mucha modestia. 

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Son muchos los vecinos que se paran a curiosear en la entrada de los cines | Foto: Teresa Bazarra Urquidi

Cuando conversamos con Miguel Ángel, nos encontramos con un hombre campechano, franco; que lejos de querer postularse como un intelectual incomprendido o convertir la sala en algo elitista verdaderamente busca que su cine sea un lugar al que la gente del barrio quiera asistir. La palabra «cómodos» es la que más pronuncia mientras charlamos, y asegura que precisamente por eso no quieren llenar el aforo hasta el 75% que permite la Comunidad de Madrid. «Eso implicaría que la gente tuviera que sentarse sin distancia de seguridad, y queremos que aunque sea haya un asiento libre a cada lado del espectador». De esta manera pueden alcanzar en torno a un 60-65% de aforo, y aunque las restricciones les están afectando, «así la gente está más tranquila, más feliz y más segura. Y la sala se llena con esas limitaciones»

Un poco en la misma línea, cuando le pregunto acerca de un tema delicado (palomitas en el cine: ¿prohibidas o imprescindibles?), Miguel Ángel no se deja llevar por dogmatismos: «Nosotros ahora las hemos quitado por el tema del coronavirus porque, como las salas no son muy grandes, no queremos que la gente esté comiendo sin mascarilla toda la sesión y estén incómodos». Así como los cines Renoir Plaza España no permiten los alimentos en la sala, y otros como los Yelmo Ideal venden unos tamaños de palomitas que pueden dejarte sin cenar, en los Cines Embajadores no temen optar por una solución intermedia: «En las sesiones matinales del fin de semana, por ejemplo, sí que damos palomitas. Es que, joé, cómo no les vas a dar palomitas a los chavales». 

Esperen un momento. ¿Es realmente una locura abrir unos cines en 2020?

En The Objective hemos querido trastear un poco, ver qué nos dicen las cifras. Según la Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales en España entre 2018 y 2019, elaborada por el Ministerio de Cultura y Deporte, el cine continúa siendo, con gran diferencia, el espectáculo cultural con más adeptos. Más de la mitad de la población, el 57,8%, asistió en 2019 al cine. De hecho, en 2019 la cifra de espectadores creció hasta 105,5 millones, un 8% más que en 2018.

Si bien el número de salas cinematográficas en España ha ido cayendo desde 2010 (con una ligera subida entre 2018 y 2019), esto no se corresponde con el incremento de espectadores observado en los últimos años: según la Federación de Cines de España (FECE), desde el año 2013, cuando la asistencia las salas cayó hasta los 76.9 millones de espectadores, el cine ha experimentado un crecimiento sostenido año tras año y ha recuperado en los últimos seis años cerca de 30 millones de espectadores. 

Un incremento sostenido de los espectadores que no logran comprender por qué las salas siguen cerrando, por qué donde antes estaban los cines Roxy o los Conde Duque Goya (los últimos que quedaban en el Barrio de Salamanca) ahora va a abrir un supermercado. 

Anuario de Cine 2019 | ICAA (Instituto de la Cinematografía y las Artes Audiovisuales)

Cuando Miguel Ángel me contaba que los vecinos del barrio estaban entusiasmados, que no paraban de hacerles preguntas y darles las gracias por abrir, me costó un poco imaginar esa suerte de euforia local. (Mal)acostumbrada a la vida frenética de las calles madrileñas, esas calles de gente que no se detiene, que parece no ver aquello que le rodea; este sábado de otoño, hacia mediodía, me encuentro con que todas y cada una de las personas que pasan por la puerta de los Cines Embajadores levantan la cabeza y se detienen, al menos, unos minutos.

Parejas, con o sin niños, personas que caminan solas, que pasean a sus perros; todos ellos dedican un trocito de su mañana a mirar hacia arriba, comentar «oye, pues esa tiene buena pinta» y coger uno de los folletos depositados cuidadosamente en la mesita de la entrada. Porque Cines Embajadores ha conseguido lo que hace muchos años que no ocurría: que una sala de cine ocupe su lugar junto a una panadería, un bar, un comercio. Que las familias vayan al cine un domingo por la mañana antes de subir a comer a casa; que un grupo de amigos pase el sábado por la noche viendo una película y tomando una caña mientras charlan con la directora del filme; que varios compañeros del Instituto San Isidro miren a ver «qué echan» un viernes por la tarde, después de clase. En definitiva, han conseguido que el cine recupere su lugar en el barrio.