Cultura

Clara Pastor: «No hay cosa más horrible que llegar a un sitio y ser el más listo: estás muerto»

Una conversación con la autora de 'Los buenos vecinos' y editora de Elba sobre el mundillo literario, la sobredosis publicitaria y la vida, en general

por Jorge Raya Pons

Clara Pastor sonríe, se muerde el labio, esquiva la mirada: como el niño con la maldad imaginada. Suyas son las primeras y las últimas palabras de la entrevista. Suya es la selección de cuentos de Los buenos vecinos (Acantilado), que publicó contra todo pronóstico –«me obligué a terminar lo que había comenzado»– y con acierto. Hay algún relato maravilloso, como aquel donde dos amantes se alejan sin remedio por el modo de ver a un perro moribundo. Suya es Elba, una editorial muy particular y con vocación humanística, atemporal, que es el ejército de uno: ella misma y nadie más. Suya es una expresividad que desarma; no es tímida ni discreta, es elegante y a la vez apasionada; una mujer curtida en la lectura y en el viaje, sea el viaje de ida o de vuelta, sea el viaje adonde sea.

«Mi abuelo por parte materna era editor de la Herder y traductor de Platón y catedrático de griego. Esa parte de mi familia era muy intelectual; en la parte paterna eran muy lectores también. Eran juristas, nadie se dedicaba a la literatura, pero eran muy lectores. No es que nos obligaran a leer en casa. Más bien era una actividad natural. Pasé parte de mi infancia en Estados Unidos y uno de los planes de viernes era ir a una librería. Allí están abiertas hasta tarde. Nos comprábamos un libro y nos íbamos a cenar. No tuvieron que hacer conmigo nada de fomento de la lectura, que dicen. Era como para otros puede ser el fútbol».

¿Recuerdas cómo eran aquellas librerías?

¡Claro que las recuerdo! Han ido desapareciendo en Estados Unidos. Eran cadenas como W.A. Smith, librerías que existen todavía, pero que han ido desapareciendo con Amazon. Eran librerías grandes que estaban habitualmente en shopping centers, muy típico de allí, y me llevaba de todo. Allí he leído Anna Karenina, los libros de Roald Dahl, El jardín secreto, mucha literatura juvenil estadounidense…

Pero Anna Karenina

Es verdad, es verdad. Fue uno de esos libros de mayores que leí siendo muy joven. Pero piensa que El señor de las moscas o El guardián entre el centeno, que aquí se leen de mayores, allí se leen en el cole. Allí leí la Odisea… y eso que se habla muy mal del sistema educativo americano. No sé cómo será en el siglo XXI, pero en los ochenta era así. Cuando vinimos a España, seguí estudiando en ese modelo.

Comentas libros que un español suele leer a los 16 o a los 20.

Aquí nos cuesta pensar en literatura juvenil. Es muy pobre comparada con lo que recuerdo de Estados Unidos. Te hablo de Madeleine L’Engle, Frances Hodgson Burnett… Recuerdo que íbamos al menos una vez por semana a las librerías y no me los acababa. Ahora vas una vez por semana a las librerías y en un mes te los has acabado. Hay mucho libro ilustrado, mucho libro que no sabes bien si es infantil o simplemente malo.

Escribes en inglés.

Sí, nunca he hablado inglés en casa, pero mi lengua de aprendizaje siempre ha sido el inglés. Para la lectura, el inglés es mi lengua de máximo placer. A un autor ruso lo leo en inglés, por ejemplo. Con un italiano, me lo pienso. No lo hago por esnobismo. Piensa en la cantidad de gente que en su casa habla valenciano o catalán, pero su lengua para escribir es el castellano. Hubo un momento en que me salió escribir en inglés… y también tuve el momento en que pensé si sería algo artificial.

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Portada de ‘Los buenos vecinos’, de Clara Pastor. | Fuente: Acantilado

Y escribiste Los buenos vecinos en castellano.

Al fin y al cabo, vivo en un país de habla hispana, mis diálogos en el día y la lengua que empleo es el castellano; el inglés me había quedado un poco lejos. Tal vez si me voy a vivir a Estados Unidos puedo recuperarlo. Escribo en castellano como si lo hiciera en un idioma que no es el mío; ni he estudiado en castellano, ni he leído demasiado en castellano.

Qué curioso eso.

Sí, y mi corrector me toca de vez en cuando la cresta. Hay cosas que no puedes hacer en castellano, como inventarte un verbo. A veces pongo el adverbio en un lugar que no está permitido en castellano, a lo mejor estás partiendo el verbo, y a mí me gusta más así, porque es más musical, y me pregunto: «¿Es raro o es incorrecto?». Si me dicen que es incorrecto, me tengo que aguantar. No voy a escribir mal. El inglés es más limitado, pero más flexible. Y permite más la repetición, por ejemplo. Me gusta mucho repetir. Si digo que es blanco tres veces, es porque quiero decirlo tres veces. No quiero tres sinónimos. Esto, en castellano, se puede considerar una mala forma.

Es verdad que te lo pueden reprochar por considerarlo pobre.

Es cierto. Exacto. Como si fueras una perezosa. Hay que buscar el equilibrio.

Y, sin embargo, estamos rodeados de libros mal escritos.

Porque el libro se ha desmitificado, como se han desmitificado muchas cosas. Ahora es muy fácil publicar. Y, si circunstancialmente eres famoso, es más fácil que te busque un editor. Seguramente ha pasado siempre, pero da la sensación de que ahora está todo muy multiplicado. Hay cosas que me pregunto si deberían estar en un libro; tal vez deberían estar en un programa de radio, en una conversación, en un blog, no sé. Hay novelas que llegan a The New York Review of Books y que son muy flojitas.

Recuerdo que Jorge Bustos, en nuestro podcast, dijo que él no se considera escritor porque escritor es Flaubert.

Igual que quienes dicen que son filósofos. Para decir de uno mismo que eres filósofo has de ser una persona muy audaz, ¿no? Para mí un filósofo es Parménides. A lo mejor eres profesor y ya. Yo no pienso que sea escritora, aun cuando he publicado un libro. Yo escribo. Lo pienso en esos términos. Y soy escritora, porque los escritores ven la vida de otra manera. Cuando están en una fiesta, siempre están un poco fuera, más fuera que dentro. Y no es que eso te convierta en un buen escritor, pero ser escritor es una manera de estar, de pensar las frases como escritas: es una manera de mirar. Los escritores profesionales, y yo no lo soy, escriben todo el tiempo, hacen un libro cada tantos años y hacen pocas cosas más. Yo hago otras cosas antes de sentarme a escribir, que es lo que más satisfacción me da, pero no lo que más me gusta.

Eres editora. ¿Cuánto conservas de la idea romántica de ser editora?

Debo decir que mi vida retiene el 80% de ese romanticismo. Pero porque soy muy particular: soy muy poco comercial y por eso nunca seré una editora importante. Puedo ser importante en lo que aporto, algo con cierta originalidad, que no hace nadie más; pero para ser un buen editor tienes que ser un buen comercial, controlar muy bien la parte económica o tener a alguien que te la haga. No puedes ser un editor y un despistado. Ninguno de los grandes editores de este país, y hablo del siglo XX, es despistado. Son personas que llevan francamente bien la parte del negocio. Y les gusta. A mí no y la hago mal. Así que sobrevivo: soy disciplinada, hago lo que tengo que hacer, mando las novedades cuando me las piden. Pero la mayor parte de la labor del editor es vender lo que haces. Ya me lo dijo José Manuel Lara cuando yo tenía 20 años: si no vendes libros, no estás haciendo bien tu trabajo.

¿Cómo te las arreglas?

Sigo teniendo esa confianza –muy del siglo XX, te diré– de que mis libros se harán su sitio, que se venderán, y me funciona. No soy nada proactiva ni agresiva en mis políticas. No tengo redes sociales. Hay un montón de cosas que no manejo. Siempre confío en que el libro acabará encontrando a su lector. Es muy anticuado esto que te estoy diciendo. Me funciona bastante bien porque tengo un buen distribuidor. De hecho, me critican y me dicen qué podría hacer para vender más, organizar concursos, etcétera. Y no lo hago. Tampoco tengo manos. Trabajo sola. Tengo dos manos y una persona que me ayuda con cosas muy puntuales, me hace la declaración de la renta. Yo hago la prensa, la promoción, me da para lo que me da. No voy a cócteles, nunca empujo para que saquen mis libros en los periódicos, en las revistas, en la radio. Si empujara más y fuera a tomar más copas, seguramente vendería más. Pero no tengo esa mentalidad. Puede ser que eso me arrincone, pero estoy bien en el rincón. No voy a crecer; vale, bueno, no quiero.

Cada apuesta que haces por un libro es la Apuesta.

Pero no estoy obligada a trabajar deprisa y, de hecho, nunca he contratado un libro por un agente literario.

¿Nunca?

He encontrado un libro y he tenido que preocuparme de quién tiene los derechos y ha resultado ser un agente que me ha escrito a los quince minutos y que no sabía ni que el libro existía. Pero no son ellos los que me proponen el libro. No tengo que trabajar con prisa porque mis libros suelen ser cosas raras que me encuentro o que me llegan a través de mis contactos –tengo un gran traductor italiano, otro autor de la casa que es historiador del arte…–. Te hablo de family and friends.

¿Cuál es tu método de filtrado?

Suelo apartarlos en algún lugar de la casa –y funciona–. Si me vuelve un eco, entonces los hago. Porque dudo sobre la mayoría de mis libros.

No hay filtro para las dudas.

Pero dudo cuando lo he encontrado yo. Cuando me lo recomienda alguien, no: suele ser alguien al que respeto. Si lo encuentro yo y al cabo de un tiempo las ideas que dejan esos libros vuelven a mí, decido que es un buen libro para Elba. Esa es una condición que, curiosamente, no cumplen la mayor parte de los libros modernos. Los lees, tal vez en el momento te informan, te ves una persona más lista, pero te olvidas absolutamente. Es un rasgo de lo que se escribe ahora; incluso le pasa a las cosas buenas, que retienes poco: no son cosas muy concentradas. Y en los libros de no ficción se repite mucho una estrategia editorial: son muy repetitivos. Son repetitivos porque la gente está distraída, te dicen las cosas muchas veces para que lo registres, y a mí me irrita que me repitan las cosas. Claro, a lo mejor te lo repiten porque en la página treinta estabas con el móvil. Los libros que hago yo son lo contrario.

Eso también pasa en el cine: no hay lugar para la elipsis, llenan cualquier hueco, resuelven cualquier duda. Como hecho para dummies.

A la gente le gusta creerse lista. Es una cosa que me sorprende siempre. Yo prefiero sentirme tonta. Si me siento tonta, es señal de que estoy en un sitio donde aprendo algo. No hay cosa más horrible que llegar a un sitio y ser el más listo. Estás muerto. Con los libros pasa algo parecido. Me pregunto por qué un libro ha tenido tanto éxito. Bueno, a lo mejor es porque hay gente que lo lee y siente que tiene un cierto nivel y lo está entendiendo. Pero en la vida tiene que haber elipsis, cosas que no vas a entender, conceptos con distintas interpretaciones, y eso no está de moda.

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Portada de ‘Un tiempo para callar’, de Patrick Leigh Fermor. | Fuente: Elba

¿Te preocupa?

A mí me da igual. Al final yo hago una editorial con los libros que me interesan. Algunos amigos me dicen que tendría que buscar un bestseller, como si me estuvieran descubriendo algo. ¡No te digo que no me gustaría! Lo que va a ser muy difícil es que yo lo encuentre –no me gustan– y que pueda colarlo en Elba –un imposible–. Puede pasar. Siruela lo encontró con El mundo de Sofía. Todos tenemos esos libros que se han vendido especialmente bien.

¿Cuáles son los tuyos?

El tiempo para callar, de Leigh Fermor, y Vida con Picasso, de François Gilot. No son libros de moda: uno habla de monasterios y otro, de Picasso. Hay otro que vende y es más previsible: la correspondencia entre Lorca y Dalí. Y hay libritos, como uno sobre Louise Bourgeois, que llevan cinco o seis ediciones. ¿Cuánta gente lo conoce? No es un libro fácil.

Tiene su público.

Deben colocarlo bien en las librerías. Creo que los libreros, cuando ven que un libro se vende, le van concediendo su trono. Cuando hay algo que no se vende, no hay manera: se va quedando arrinconado y arrinconado y arrinconado. Eso va como una rueda.

Una rueda que acaba en el almacén.

Que va en una sola dirección y es difícil que gire hacia la otra.

¿Y qué libros te da lástima que no vendan más?

¡Todos! Es verdad. Me da pena. De la misma manera que me sorprende que haya esos libros con seis o siete ediciones, con otros pienso que es una lástima que no lleguen a más gente. Te digo una cosa: ahora se ha puesto de moda hacer libros sobre jardines, y yo tengo varios, pero ¡no quiero hacer una línea sobre jardines!

Nada de caer en la tendencia del momento.

Es el mal de nuestro tiempo. Cuando algo se pone de moda, se hace mucho de eso, y en el mundo no hay mucho bueno de nada. Tendríamos que ser un poco más ecológicos, tener más cerebro. No vale que un libro se publique simplemente por llevar la palabra jardín. A veces el lector es tonto cayendo en eso. Se compra cosas que no lee.

Se recomienda demasiado.

Yo soy muy austera. Si tuviera que comprar los libros de las páginas literarias, tendría que comprarlos todos. Porque todos son buenísimos, el mejor escritor de su generación, una cosa inusitada, se parecen a no-sé-quién. Yo no recomiendo todos los libros de mi editorial a todo el mundo.

Estás bien con lo tuyo.

Sí, claro. He colmado mis expectativas. Es verdad que no hago planes de negocio. Soy organizada y necesito saber adónde voy, tengo un rumbo; pero puedo cambiar de opinión ochenta veces. Recuerdo que, en la primera entrevista que me hicieron, dije que hago libros para mil lectores. Luego, muchas veces, he pensado: «Pues sí que eres chula». Suena a persona excelsa, que vive del aire. Y la verdad es que con algunos me ha costado llegar a mil. Pero, si llego a esos mil, estoy contentísima. Son libros difíciles de hacer llegar a la gente y eso se suma a que hago poca promoción. Y, si la hiciera, tampoco vendería mucho más: tienen un techo.

¿Qué techo?

En España, sobre todo, el interés es muy limitado. Nos guiamos mucho por las modas y eso se comprueba en la propia moda. Aquí todo el mundo viste igual. Te vas a Italia o Francia, que son países que tienen más cultura, y ves que la gente viste más variadita. España tiene lectores cultos y curiosos, sí; pero también más sol y más parranda y somos más habladores que lectores. Me parece un prodigio que la editorial se haya hecho su hueco, que la prensa nos trate tan bien; pero esto se trata de tener las expectativas que debes tener. Si hubiera pensado que tenía que ser como Gallimard, me hubiera ahorcado.

Es una cuestión de honestidad.

Es importante conservar la honestidad. Y lo que haces, hacerlo bien.

¿Hay algo que te irrite del mundo editorial?

Me indigno cuando algunos editores de arte, por ejemplo, se inventan libros. El mar, de Paul Cézanne. Cezanne nunca escribió un libro llamado así. Igual lo que han hecho es juntar dos cartas y una lista de la compra. Eso me irrita porque es hacer una triquiñuela para vender. Es verdad que un poco de esto lo hacen todos los editores y así han salido grandes libros. El libro Por qué leer a los clásicos, de Italo Calvino, es el invento de un editor. Y me irritan las contracubiertas. Es un lenguaje bochornoso. No hace bien a nadie. Andar comparando a los escritores, comparar a alguien con Hemingway o con Dickinson. La publicidad se ha apoderado de los tonos, de una forma de hablar, de una forma de expresarse.

Lo ha permeado todo.

Hasta la filosofía. Hay que ver el éxito que están teniendo los aforismos: es una forma de querer exprimirse con un golpe de genio. Y eso cansa. Igual que cansa aquello de decir que es el mejor escritor de su generación, es pasarse. Ni siquiera ha terminado su generación. Veo peligroso el tono de vendedor de aspiradoras y que todo sea vender y vender y vender. El fin no debería ser vender. Y hablo en general, en la vida. Entiendo que sea necesario, pero se ha convertido en un propósito demasiado evidente.

Es agotador.

Es agotador. Yo no puedo estar constantemente achuchando a los periodistas. Yo os pongo en mi lista y os informo de mis novedades. Si os interesa, me pedís el libro. Sólo me atrevo a mandarlo si sé que va a gustar con toda seguridad. Hay una especie de reino de la cantidad, de la competencia, que pasa en todo y pasa en el mundo editorial. No sé por qué no se está haciendo una reflexión sobre esto.

¿Y lees en libro electrónico?

No me gusta leer en pantalla. Cuando tengo que hacer una lectura difícil, leo en papel. Cuando corrijo, lo hago en pantalla para no gastar papel; pero lo leería más cómodamente en papel. Por placer, nunca en pantalla. Es una limitación mía. No es una declaración de principios. Mi hijo no es así: no somos talibanes del papel. Mis libros, en digital, no tienen mucho sentido. Son libros sencillos, sí; pero son bonitos, están cuidados. Mis libros tienen un trabajo editorial que justifica, creo yo, estar entre tapas. Pero tengo amigos muy lectores que se pasaron al libro electrónica hace años, que no quieren que les regales un libro en papel. Así es la gente: los matrimonios se rompen, las bibliotecas se deshacen. Es poco práctico tener una biblioteca.

Poco práctico, pero…

Mira, acabo de recordar que una de las actividades en casa de mis abuelos era consultar libros de arte. Qué cosa obsoleta. Ahora, si quieres encontrar algo, no te vas al libro del Louvre, sino a Google. Yo voy a seguir leyendo en papel. No sé si un día, cuando sea viejecita y lleve tres mudanzas, haré la conversión. En cualquier caso, sé que me llevaré conmigo unos pocos libros en papel.

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Clara Pastor. | Foto: Llibert Teixidó

Jorge Raya Pons

Castellón de la Plana, 1992. Vive en Madrid y es responsable de Cultura en The Objective. Anteriormente trabajó en El Mundo y Expansión. Un día aspiró a ser futbolista profesional. No cayó esa breva.