Claudio López Lamadrid: el lector, el editor, el prescriptor
Foto: Cedida por la editorial

Cultura

Claudio López Lamadrid: el lector, el editor, el prescriptor

La editorial Gris Tormenta publica Una vocación de editor, en el que el crítico Ignacio Echevarría realiza un perfil del editor de Literatura Random House, Claudio López Lamadrid, fallecido el 11 de enero de 2019

por Anna María Iglesia

En 2014, en conversación con Juan Cruz, la editora y fundadora de Tusquets, Beatriz de Moura, confesaba que lo más le apasionaba de su trabajo era el “editing, ese trabajo de filigrana que ha de hacerse con el autor sobre el texto”. Y esta pasión se la transmitió a Claudio López Lamadrid que, como recuerda Ignacio Echevarría en Una vocación de editor (ed. Gris Tormenta) en una entrevista reconocía su deuda con su tía política, confesando que de todos los trabajos que había realizado en el mundo del libro se quedaba precisamente con el de editor: “Reivindico la edición, que es algo que las nuevas generaciones han ido descuidando. Es una lástima, porque se trata de una parte fundamental de nuestro oficio. Eso es algo que aprendí y que le tengo que agradecer a Beatriz de Moura, que me hizo recorrer todas las áreas: selección de manuscritos, revisión de traducciones, el comité lectura…”.

Como a De Moura, al que fuera director editorial de Literatura Random House le gustaba remarcar que era “editor con acento en la ‘e’” y no un publisher, término inglés con el que se alude a esos responsables editoriales -casi todos provenientes de administración de empresa y titulaciones similares- ocupados y preocupados casi exclusivamente por la contratación de los autores y en su rentabilidad, pero que no se interesan en absoluto por el texto, que queda, con suerte, en manos de colaboradores. A lo largo de todos sus años en el mundo editorial, desde sus inicios en Tusquets de la mano de De Moura y de su tío, Antonio López Lamadrid, hasta sus años en Literatura Random House, pasando por su época en Círculo de Lectores y de editor freelance, Lamadrid siempre tuvo claro no solo que el trabajo de editor es y debe siempre ser invisible, sino que tiene que ver con estar “enteramente al servicio del escritor”, apunta Echevarría, comparándolo de esta manera con Henry Robinson, el editor de la escritora y periodista norteamericana Joan Didion. Robinson, tal y como lo describiría su autora en un artículo en ocasión de su muerte “era la persona que le daba al escritor la idea de sí mismo, la idea de sí misma, la imagen del yo que permitía al escritor sentarse a solas para escribir”. Estas mismas palabras podrían dirigirse a Lamadrid: él era y fue este tipo de editor para muchos de sus autores.

Sin embargo, los puntos en común entre ambos editores no se limitaban a su generosa disponibilidad con sus autores. Ambos son comparables, sobre todo, por su concepción de un mundo editorial que se iba dibujando a finales de los años setenta y que Robinson no llegó a conocer, pero sí supo describir con gran precisión. Y, en efecto, tal y como comenta Echevarría, Lamadrid, que no solo conoció este “nuevo mundo”, sino que supo adaptarse a él, sin abandonar sin embargo ni la vocación ni los principios que lo habían convertido en editor, hubiera perfectamente suscrito lo señalado a finales de los setenta por Robinson acerca de su papel dentro de un gran grupo: “Con más y más casas editoriales convirtiéndose en parte de conglomerados, la publicación personal puede parecer que se ha convertido en un anacronismo. Pero no creo que lo sea”. Y la clave no está solamente en la relación con los autores, sino en no idealizar un tiempo pretérito y en no adoptar actitudes apocalípticas ante el presente que nos ha tocado vivir. Y, al respecto, Lamadrid supo mantener un perfecto equilibrio: por un lado, era consciente de que, como señala Echevarría, “por grande que sea su predicamento, la figura ‘clásica’ del editor, la que se forjó en la segunda mitad del siglo XX y se encarnó en un puñado de nombres y de sellos hoy casi legendarios, es una figura hasta cierto punto episódica”. Y es que, como comentó en alguna ocasión el propio Lamadrid, “la imagen del editor como intelectual, como lector encerrado en su mundo seleccionando títulos por el solo gusto de seleccionarlos, es una imagen romántica y trasnochada”. Por otro lado, no suscribía la visión pesimista y, quizás, algo resentida de André Schiffrin, para quien el mundo editorial que se estaba configurando se definía por “una edición sin editores”. Para el editor nacido en 1960, se trataba de una “tontería” y, más bien, había ocurrido todo lo contrario: “por el constreñimiento del mercado actual lo más probable es que sobre editores”.

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Imagen vía editorial Gris tormenta.

Seguramente no se equivocaba del todo Michael Korda, editor de Simon & Schuster, cuando señalaba que a partir de los años setenta “la dirección de las principales editoriales cayó en manos de gente que «entendía de negocios» y no de libros y que en general detestaba, o por lo menos sospechaba, de quienes leían y trataban directamente con los autores”. Sin embargo, Lamadrid demostró durante sus años en Penguin Random House y, en concreto, a la dirección del sello Literatura Random House que toda generalización es errónea y, sobre todo, que el trabajo de editor y el compromiso con el propio catálogo podían mantenerse incólumes, sin incumplir las expectativas empresariales del grupo. En parte, esto lo había aprendido de su época en Tusquets Editores, donde Beatriz de Moura y su tío Antonio López Lamadrid eran el perfecto reflejo de la convivencia entre el trabajo puramente editorial y las preocupaciones empresariales. De hecho, recuerda De Moura recuerda que ambos, ella y “el señorito, el publisher”, terminaron por conformar un tándem que “funcionó, en particular porque, poco a poco, fuimos conformando en esa sociedad una única unidad”. Claudio López Lamadrid conformaba esa unidad por sí solo, haciéndose suyas las palabras de un viejo editor francés para el cual el negocio de los libros se resumía en la siguiente ecuación: “De diez libros que publicamos se pierde dinero con ocho y recuperamos con los otros dos”.

Si bien reconocía que, tras años de trayectoria, no se atrevía a afirmar que volvería a correr el riesgo de publicar una novela de más de mil páginas como La broma infinita de Foster Wallace, en sus años de en Literatura Random House no dejó de apostar por nuevos autores en lengua española o de otras tradiciones, principalmente la anglosajona, prestando particular atención al panorama literario latinoamericano. Gracias a él, leímos a muchos autores contemporáneos del otro lado del océano que no solo fueron incorporados en el catálogo, sino que se han convertido hoy en día en referencias ineludibles, empezando por Cesar Aira, siguiendo con Horacio Castellano Moya y Emiliano Monge, que firma el prólogo del libro, y terminando con Samanta Schweblin, Selva Almada o Fernanda Melchor. Como recuerda Echevarría, Lamadrid ensayó “líneas editoriales susceptibles de detectar y, dado el caso, articular nuevas voces, nuevas propuestas, nuevos formatos”, siendo plenamente consciente de que, a medida que había crecido la visibilidad y proyección del sello, los compromisos aumentaban ya sea con los autores de la casa que había que mantener ya sea con los fichajes estrella -y “más o menos estratégicos o estelares” puntualiza Echevarría- a los que difícilmente se podía renunciar. 

Escapar de esta dinámica era imposible –Lamadrid se lamentaba, recuerda su amigo, que debía descartar casi automáticamente los manuscritos que llegaban a la editorial sin pasar por un filtro previo–, pero de lo que nunca escapó fue de la responsabilidad que conllevaba su cargo y que tenía que ver con el papel de suscriptor. Es cierto que, a diferencia del crítico, él no tenía tanto la vista puesta en un canon concreto, cuanto en su catálogo: “Un editor no contrata lo que le gusta, sino lo que le conviene; contrata con la vista puesta en su propio catálogo”. Pero también es cierto que el catálogo que fue elaborando Lamadrid influyó directamente en el canon, abriéndolo a través de nuevas voces y formas, de una nueva literatura.

Una vocación de editor es un perfil, un acercamiento, un retrato de Claudio López Lamadrid, del lector de poesía y del editor que en vacaciones se llevaba manuscritos sobre los que trabajar hasta conocer sus más secretos detalles. Pero es también algo más: a través de la figura de su amigo, el crítico Ignacio Echevarría ensaya en torno a las relaciones entre mundo editorial y la crítica, en torno a los cambios y a las continuidades del llamado mundo del libro, en torno a la relación crítica con los textos y sus autores y en torno a esa literatura nueva que llega, a veces sin padrinos ni marcos de referencia, para obligarnos a repensar críticamente conceptos asumidos y buscar nuevas formas de lectura.

Anna María Iglesia

Licenciada en Teoría de la literatura y literatura comparada, actualmente me encuentro en la fase final de mi doctorado. Escribo en distintos medios, principalmente sobre literatura.