Coco Rainbow: «Con el yoga dejé de ver mi cuerpo como una máquina y empecé a sentirlo casa»
Foto: Coco Rainbow Yoga| Cedida

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Coco Rainbow: «Con el yoga dejé de ver mi cuerpo como una máquina y empecé a sentirlo casa»

Coco Rainbow ha venido a hablar de yoga, la práctica a la que dedica su vida desde que un buen día se la cambió

por Carolina Freire Vales

Antes de que el yoga entrase en su vida hasta acabar convirtiéndose en su profesión, Coco Rainbow era, simplemente, Constance Bouteloup: una abogada en un bufete parisino que un día decidió dejar de serlo. Y si rebobinamos unos años más, llegaremos a su época como modelo. El momento en que, para gestionar el estrés y la presión implícitos, decidió probar esta práctica milenaria que nació al sur de la India.

«El yoga cambió mi vida cuando dejé de verlo sólo como un ejercicio físico y lo empecé a ver como el principio de una cadena de cambios: mejor alimentación, mejor descanso, mejores relaciones con los demás. Quería ofrecer eso a otras personas, y por eso decidí instruirme como profesora», nos cuenta. Desde su cuenta de Instagram (@cocorainbowyoga), Constance ha ido construyendo una comunidad desde donde comparte esa visión integral del bienestar, además de información sobre sus clases de yoga y los retiros que organiza de vez en cuando (dos de ellos, en España).

Primero notaba pequeñas mejoras en el día a día: dormía mejor, tenía menos migrañas, menos ansiedad; y percibía también las consecuencias: mejor disposición en el trabajo y con su familia. Pasaron los meses y ya no eran pequeños triunfos aislados: cambió su forma de verse y, por ende, de mirar el mundo. Dejó de ver su cuerpo como una máquina y empezó a sentirlo como su casa. No es un logro menor para alguien que fue modelo en una de las décadas más tóxicas en cuanto al físico de las mujeres, los 90. Aprendió a conocerlo, a saber cuándo y por qué siente lo que siente –la ansiedad, por ejemplo– y a controlarlo. Aprendió a apretar el botón de pausa y a pensar antes de hacer y, sobre todo, antes de hablar, de responder; a medir el alcance y las consecuencias de sus palabras.

Todo esto quiso, como decía, «ofrecerlo a los demás». Con este objetivo en mente, comenzó a formarse en un curso de dos años que transcurría entre Uruguay e India. Después vino otro en Londres, con una visión más occidental del yoga. El primero fue el más desafiante, y el que ha moldeado su manera de ver la disciplina. «Fue un reto porque me fui a un Ashram (un monasterio hindú) y viví como viven los monjes. Participábamos en las tareas: limpiábamos baños, cocinábamos para todos, y yo no soy una persona de comunidades. Por lo general, no me gustan los grupos. Me gusta dar clases y organizar retiros de vez en cuando, pero estar 15 días con gente en la misma habitación… fue difícil y una filosofía completamente nueva», cuenta.

Y no es esta la típica historia de alabanza a la cultura oriental y sus valores estoicos. De hecho, es lo contrario. Constance considera que hay ciertas prácticas orientales que podríamos ‘copiar’ en occidente, como la concepción del tiempo y la prisa –«en una clase de yoga allí se toman, por lo menos, 20 minutos para pensar y repensar las posturas y lo que significan. Aquí queremos pasar rápido a la acción»– o los códigos morales del yoga sutra. La figura del gurú, sin embargo, la aleja de esta filosofía. Eso y que «se ha convertido en un negocio» y es muy difícil ya «encontrar un retiro auténtico».

Constance enseña dos tipos de yoga en sus clases: Hatha y Sculpt. Hatha es la base del yoga –«todas las posturas clásicas que aprenderías en el sur de India, su cuna»–. Sculpt es una versión más movida, más activa, en la que se pasa menos tiempo en cada postura y se introduce un poco de cardio sin perder de vista esa parte espiritual. «Es algo que he empezado a hacer recientemente porque, durante la pandemia, la gente en general se ha movido mucho menos de lo habitual, con el teletrabajo y todo. Necesitamos movernos, activar la circulación, elevar las pulsaciones», explica.

Y así, día a día, en persona o a través de una pantalla, Coco inspira a miles de personas a adoptar ese estilo de vida que a ella tanto le ayudó. Eso sí, siempre con flexibilidad. «El yoga solía ser una religión, pero la forma en la que yo lo practico no lo es», explica. Aunque sentirse más conectada al presente y a su cuerpo ha hecho que se sienta, por ósmosis, con «algo más grande, lo llames como lo llames: Dios, Universo, energía, lo que sea». No cree en el dogma católico, a pesar de ser la religión con la que ha crecido. Reza cada mañana y cada noche, a pesar de no saber a quién. Es cuestión de agradecimiento; de sentirse bien con lo que uno hace y con lo que uno es.

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Foto: Coco Rainbow | Cedida

Carolina Freire Vales

Del salitre del norte y también del asfalto madrileño. Me metí en esto para saciar curiosidades, empezando por la mía.