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Cowgirls: las mujeres que se rebelaron contra su tiempo

Adentrarse en las tierras de Juan Cortina, un caudillo mexicano que tenía bastantes discrepancias con las autoridades estadounidenses, era una actividad que muy pocos vaqueros texanos recomendaban. Por eso es gracioso imaginar la cara que debieron poner los hombres de Cortina cuando se toparon, un buen día, con una muchacha de aspecto anglosajón que iba cabalgando por su cuenta y riesgo en lo que hoy sería el estado de Tamaulipas.

Sally Skull fue detenida y enviada a uno de los presidios controlados por Cortina. Según Hobart Huson, un historiador que dedicó buena parte de su carrera a investigar los condados que se encuentran entre San Antonio y México, a Sally la estancia en prisión le resultó bastante tediosa; tenía negocios que atender y Cortina, que no sabía muy bien qué hacer con ella, estaba resultando un contratiempo de lo más irritante. Finalmente, tras un par de semanas entre rejas, el caudillo dejó que Sally Skull siguiera su camino. El percance se sumó a la lista de episodios memorables que arrastró durante toda su vida una de las mujeres más peligrosas de Texas.

Sally Skull no siempre se llamó Sally Skull. Nació en 1817 o 1818 con el nombre de Sarah Jane Newman en el seno de una de las 300 familias que siguieron a Stephen Austin en su misión de colonizar Texas. Es decir: nació en el seno de una familia pionera. Por norma general los pioneros llevaban una vida bastante complicada. El caso de aquellas familias que siguieron a Stephen Austin a la aventura no sólo no fue diferente sino que, además, traía un agravante: el territorio donde se afincaron formaba parte del territorio que los comanches, un pueblo indio especialmente numeroso y particularmente pendenciero, consideraban suyo. El lector se puede hacer una idea del día a día de aquellas tierras en aquellos años y de la clase de infancia que tuvo Sally.

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Sally Jane Newman Robinson Skull | Imagen vía True West Magazine

Su primer marido, un tal Jesse Robinson que se dedicaba a la cría de caballos, le enseñó los gajes del comercio de reses en las tierras fronterizas. Así que cuando se divorció de aquel hombre, Sally contrató a un grupo de jinetes mexicanos bastante mal encarados y se montó por su cuenta. No tardó en hacerse respetar; era dura y astuta en los negocios, poco paciente con los imbéciles (y, según sus detractores, con cualquiera), rápida con el revólver y una jinete de escándalo. Atesoró unas cuantas relaciones sentimentales –su apellido se debe a su segundo marido, un tal George Skull, que un buen día desapareció sin dejar rastro alimentando, así, un buen número de rumores– y tuvo un par de hijos a los que mandó a un internado de Nueva Orleans en cuanto tuvieron edad de caminar.

Como suele suceder en estos casos, el final de Sally Skull fue misterioso y abrupto a partes iguales. Se sabe que no se llevaba muy allá con su quinto marido, Bill Horsdoff, y que discutían con frecuencia. También se sabe que la última vez que se la vio en Texas cabalgaba junto a Bill en dirección a México para cerrar un negocio. Bill regresaría unas semanas después solo. Por lo visto, respondió a las preguntas sobre su esposa encogiéndose de hombros.

Mucho tiempo después de su desaparición un vaquero se cruzó, no muy lejos de la frontera, con una tumba cavada con las prisas y el cadáver de una mujer dentro. Se intentó identificar el cadáver por la ropa que llevaba. Sin éxito. Resulta que nadie recordaba muy bien el aspecto de Sally; lo que había quedado grabado a fuego en el imaginario popular eran las formas de su revólver.

 

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Si bien es cierto que Sally Skull no es representativa de nada –no por casualidad suele aparecer citada como una de las forajidas más temidas del Salvaje Oeste junto a Pearl Hart o Etta Place–, tampoco es menos cierto que supone la versión extrema de quien abrazó, muchas veces voluntariamente, una forma de vida llena de calamidades: las cowgirlsMujeres que le echaron un par de ovarios y que no solían andarse con tonterías.

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Buffalo Bill era consciente de la importancia de las cowgirls en el Salvaje Oeste y no dudó en incluirlas en su famoso show. | Imagen: National Cowgirls Museum

Es el caso de Cassie Redwine, una vaquera texana que decidió tomarse la justicia por su mano cuando unos ladrones le robaron 500 cabezas de ganado; Cassie y varios hombres a su cargo persiguieron a los forajidos durante tres días y tres noches hasta dar con ellos. Los liquidaron en una emboscada. También es el caso de Mary Nugent, una vaquera de Arizona que cuando vio aparecer en su rancho una partida de apaches con intenciones dudosas sacó el rifle y los mantuvo a raya hasta la llegada de refuerzos. O el de Edie Fenley, otra vaquera texana que al recibir la noticia de que un vaquero mexicano había matado a su hermano también decidió tomarse la justicia por su mano. Buscó al mexicano hasta encontrarlo y, cuando lo hizo, estando a punto de meterle un balazo entre ceja y ceja, alguien la detuvo; ¡aquel mexicano no era el asesino de su hermano! Dicen que Fenley valoró durante unos minutos si para vengar la afrenta daba igual un mexicano que otro. Finalmente llegó a la conclusión de que no, no daba igual, y bajó el arma.

Echarle ovarios a la vida en un lugar dejado de la mano de Dios no siempre implicaba intentar volarle a alguien la tapa de los sesos. O conseguirlo. También significaba realizar con éxito lo que en aquella época se conocía como “trabajo de hombres”: gestionar un rancho en uno de los rincones más recónditos de Norteamérica.

En esas lides destacaron mujeres como Ellen Callahan. Esta vaquera de Arizona heredó dos ranchos tras la muerte de su hermano y en poco tiempo se convirtió en una de las negociadoras más duras de la región. Periódicos locales como Hoof and Horn solían informar con frecuencia de sus transacciones. O como Fanny Seabride, que a diferencia de Callahan ni heredó nada ni tenía parientes en el Oeste. Cansada de una existencia anodina en Chicago, Seabride se estableció en Texas. Allí aprendió a montar caballos domesticados, a domar a los que no lo estaban y, con el tiempo, a cazar animales salvajes. Por cepillarse determinadas especies –lobos, coyotes y gatos salvajes– recibía recompensas económicas. Cuando logró ahorrar 1.261 dólares la antaño chica de ciudad compró un trozo de tierra y varias cabezas de ganado. En apenas unos años había conseguido tener su propio rancho.

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Cowgirls de los años 30s. | Imagen vía Buffalo Bill Historical Center

Otro caso interesante de una chica de ciudad, en este caso Nueva York, que terminó con su propio rancho fue el de Amelia Dunn, más conocida como Melie. La señorita Dunn se mudó a Arizona en 1877 de la mano de su padre, que sufría una enfermedad crónica y necesitaba un clima seco para sobrellevarla. Cuando el hombre murió Melie tenía 17 años y el pequeño rancho que había quedado a su cargo se enfrentaba a la sequía y al robo de ganado por parte de los indios navajos. Los siguientes tres años fueron un infierno pero también, a juzgar por lo que siguió a continuación, un periodo de aprendizaje para la joven neoyorquina. Melie aprendió a negociar en las ferias de ganado y aprendió a mover sus reses cientos de millas arriba y abajo en busca de pastos y agua. Aprendió, en definitiva, a ganarse la vida sin perderla en el proceso.

Luego están Mary Stuart, una de las primeras rancheras de Montana, hija de un pionero y una india shoshone, Norma Diorn, quien, junto a sus hermanas, ganó gran reconocimiento domando caballos salvajes, y Mary Ahart, una madre soltera que pasó de dormir en una tienda de campaña junto a sus dos vacas y un par de terneros a dormir en una granja y gestionar cientos de cabezas de ganado. “Lo ha conseguido sin contratos del gobierno y sin ningún tipo de ayuda”, diría de ella el diario local The Citizen. Son sólo algunos ejemplos. Hay muchos más.

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Mural en el exterior del National Cowgirls Museum de Texas | Foto: Borja Bauzá | The Objective

También hubo cowgirls que ejercieron como tales dentro del matrimonio. Frente a la creencia popular que invita a pensar en frágiles doncellas dedicadas al rezo y la oración que no paran de otear la línea del horizonte buscando la silueta de su maromo se encuentran ensayos como el que firma Joyce Gibson Roach: The Cowgirls (University of North Texas Press). Roach explica que, precisamente porque los vaqueros pasaban semanas y hasta meses alejados del hogar familiar, lo que muchos querían en sus vidas era una compañera de equipo. Alguien que más allá de cocinar, atender a los invitados (las pocas veces que había invitados) y esperar la mirada seductora del más rápido del Oeste pudiese, sobre todo, hacerse cargo del rancho en su ausencia y colaborar cuando tocaba mover cientos de reses de un lado a otro. De esta forma, sin pretenderlo realmente, muchas cowgirls se rebelaron contra las convenciones sociales de su tiempo.

 

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En Texas sostienen que todavía existen cowboys, aunque matizan que no todo el que lleva sombrero lo es; por lo visto también hay mucho pintamonas suelto. En cualquier caso, el cowboy del siglo XXI es muy parecido al de finales del siglo XX: suele dedicarse al rancho (todavía quedan muchos en esa zona de Estados Unidos) pero con todas las facilidades que ha traído consigo la modernidad. Y con las cowgirls sucede algo parecido; aunque adaptadas a los tiempos, siguen existiendo. Prueba de ello es el National Cowgirl Museum, un edificio de dos plantas situado a pocos kilómetros del aeropuerto de Dallas y gestionado por mujeres vaqueras que buscan, a través de esta institución, explicar el rol que ha tenido su estirpe en una cultura que siempre se ha asociado, quizás erróneamente, al macho.

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