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Crímenes imposibles: Julia Wallace y el misterioso asesinato a puerta cerrada

Foto: Julia y Herbert Wallace | The Unredacted

Ha fascinado a escritores como Raymond Chandler o P.D. James que, como muchos otros, se inspiró en el caso para escribir su novela ‘La calavera bajo las pieles’. Y aunque la autora sí estaba convencida de haberlo resuelto, este rompecabezas criminal podría compararse a otros enigmas de la historia negra como la identidad de Jack el Destripador. Hablamos de la extraña muerte de Julia Wallace 88 años después. 

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Ocurrió la noche de un 20 de enero de 1931, en Liverpool (Inglaterra). Herbert Wallace, vendedor de seguros de 52 años y ajedrecista aficionado viajaba en tranvía sin saber muy bien a dónde, a pesar de conocerse la ciudad como la palma de su mano. La noche anterior un hombre que dijo llamarse R.M Qualtrough le dejó un mensaje en el club de ajedrez para que se reuniera con él a las 19:30 horas de la tarde del día siguiente en el 25 de Menlove Gardens East con la excusa de discutir sobre seguros.

 

Soy un completo extraño por aquí –le comentó Wallace al conductor después de haberle insistido por la parada un millón de veces.

—Señor, ya se lo he dicho, hay un Menlove Gardens norte, oeste y sur, pero no este. Seguro que apuntó la dirección erróneamente.

 

Había hecho la misma pregunta a los otros conductores de tranvía, a la gente que pasaba por la calle y a un agente de policía al que detalló la extraña odisea con toda suerte de detalles, incluso le informó de la hora a la que había quedado con el tal Qualtrough. Más tarde se especularía que aquella agitación y el exceso informativo fue un intento muy astuto de crearse una coartada.

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Existe en Menlove Gardens North, South y West, pero no el que Herbert Wallace estaba buscando. | Imagen vía The Unredacted

A eso de las 20:45, sin haber conseguido citarse con el desconocido, unos vecinos, los Johnson, lo encontraron en la entrada de su casa muy nervioso y enfadado, quejándose de que tanto la puerta delantera como la trasera estaban cerradas.

—¿Habéis oído algo inusual esta noche? –les preguntó como si tal cosa.

Volvió a la puerta trasera acompañado por los vecinos en un nuevo intento de abrirla y esta vez sí lo consiguió sin esfuerzo. Minutos después halló el cadáver de su esposa en el salón, la habían golpeado tan violentamente que había salpicaduras de sangre por las paredes.

—¡La han matado! –exclamó pálido como un fantasma-. ¡Mirad su cerebro!

El asesino también había forzado el armario donde guardaban el dinero y tal vez ese, adujo el vendedor, era el móvil de un robo que se complicó hasta terminar tan trágicamente. Lo inquietante es que no saquearon la casa y ni siquiera se llevaron el bolso de Julia, que estaba sobre la mesa del salón. ¿Cuatro miserables libras bien vale una muerte?

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En la cocina de los Wallace estaba el dinero robado. | Imagen vía The Unredacted

Media hora más tarde la Policía se apersonó en la casa con un forense que determinó que Julia Wallace había fallecido a las 20:00 horas, 45 minutos antes de la llegada del esposo. Un informe más exhaustivo reveló que la víctima tenía el vestido chamuscado porque en ese momento debía estar frente a la chimenea y que la golpearon con una barra de hierro u objeto similar. “No sospecho de nadie, agente”, le dijo un abatido Herbert Wallace a los detectives, y procedió a contarles las extrañas circunstancias que le habían llevado a vagar por media Liverpool en busca de una calle inexistente. Curiosamente, cuando los agentes rastrearon la llamada que afirmaba haber recibido en el club averiguaron que fue realizada desde una cabina a pocos metros de la casa de Wallace. Las sospechas, obviamente, recayeron en el marido.

 

El crimen perfecto

Sus pocos amigos coincidían en definirlos como una pareja extraña con una relación tensa y fría. Wallace padecía problemas renales y estaba enfermo con frecuencia, lo que desconcertaba a la policía, que había interrogado a las personas a las que abordó en la calle para preguntarles la dirección sobre las 19:00 y también a los vecinos que juraron haber visto a Julia Wallace con vida a las 18:45, y ni yendo al trote hubiera podido asesinar a su esposa en 15 minutos escasos. Y tampoco había más sospechosos, ni testigos, ni arma del crimen y, para colmo, estaba el enigma de las puertas cerradas por dentro. ¿Cómo consiguió el asesino entrar y salir a menos que tuviera un juego de llaves? ¿Y por qué se molestó en cerrar las puertas?

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“¿Quién asesinó a Julia Wallace? El jugador de ajedrez al que no pudieron hacer jaque mate”. | Imagen vía The Unredacted

Al poco aquel misterioso crimen se convirtió en la comidilla de los escritores de novela negra del momento. Chandler lo definió como un “asesinato imposible” y todo el mundo especulaba si realmente había sido el marido quien había cometido el crimen. La justicia calló todas las especulaciones sin que la fiscalía presentase ni una sola prueba. Herbert Wallace es declarado culpable. Su condena: La horca.

Sin embargo, un Tribunal de Apelación anuló el veredicto a los pocos meses y él volvió a ser un hombre libre. Aunque no del todo…

“¡Un fanático! ¡Un ocultista! ¡Un genio criminal!”

“El jugador de ajedrez al que no pudieron hacer jaque mate”

 

Los periódicos se inundaron de artículos sensacionales sobre el diabólico y brillante crimen perfecto de Herbert Wallace. Harto de ser la diana de periodistas y autores de misterio, el enfermizo vendedor de seguros acabó mudándose a otra ciudad y murió la Navidad de 1932 fruto de sus problemas renales.

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“El misterioso asesinato de Julia Wallace”, periódico de la época. | Imagen vía The Unredacted

¿Era Herbet Wallace un genio del crimen como aseguraba la prensa? ¿Existió aquel misterioso Mr. Qualtrough, o fue invención suya? El enigma de las puertas cerradas ha dado lugar a decenas de teorías como la de la sagaz escritora P.D. James, que en 2013 afirmaba que de haber planificado asesinar a Julia, Wallace podía haber empleado esa casual llamada a modo de excusa para demostrar que estuvo en otro lugar cuando se cometió el crimen. Pero James todavía va más lejos, e incluso apunta que se disfrazó de su esposa para hacerles creer que habían visto a Julia aquella tarde. Original cuanto menos…

Jugase quien la jugase, la partida quedó en tablas.

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