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Dacia Maraini: “Las mujeres tienen que tener el derecho de decidir si ser madres o no”

Foto: Cedida por la autora |

Dacia Maraini es parte esencial de la historia cultural e intelectual de la Italia democrática. Con siete años entró en un campo de concentración de Japón, después de que su padre se negara a reconocer la República de Saló. De regreso a Italia, comenzó a trabajar en el mundo de los libros, publicando poesía, teatro y narrativa. Compartió varios años de su vida con Alberto Moravia y fue íntima de Pasolini; suyo es el guion de las Mil y una noche, película dirigida por el cineasta y poeta asesinado en 1975. En Cuerpo feliz (ed. Altamarea), su último trabajo, Maraini profundiza sobre el sentido y el valor histórico y cultural de la maternidad, partiendo de su trágica experiencia: estando embarazada de siete meses, perdió al hijo que esperaba.

 

En Cuerpo feliz aparecen mucho de los temas centrales de su obra: la mujer, la violencia machista, la emancipación femenina.

Sí, es cierto que aparecen muchos de los temas presentes en el resto de mi obra, pero también es cierto que se trata de un libro cuyo tema central es la maternidad, un tema sobre el cual intento profundizar, en parte, desde mi propia biografía y, en parte, con reflexiones que van más allá de mi experiencia. En su origen, la maternidad era uno de los principales poderes de la mujer, sin embargo, con el tiempo, empezando con la institucionalización de la religión católica, a las mujeres se le ha extirpado dicho poder y podríamos, incluso, decir que la maternidad se ha convertido en un no-poder. En efecto, el aborto y, más en concreto, la prohibición del aborto es el resultado de la no posibilidad de la mujer de actuar sobre el propio cuerpo.

Este es uno de los temas centrales del libro: el no poder de elección de la mujer sobre la experiencia de la maternidad.

Por un lado, se exalta la maternidad como algo extraordinario, pero, en realidad, en la actualidad la maternidad no tiene nada de sagrado. La maternidad carece de toda sacralidad y no utilizo el término “sacralidad” por su acepción religiosa. Me refiero a que, al menos en mi opinión,  la maternidad no es, en la práctica, un valor auténtico. Es más bien un valor utilitario. Ahora desde las instituciones se alerta de que los jóvenes no tienen hijos, pero no se hace nada para remediarlo, no se piensa en la maternidad como algo importante. Yo siempre digo que las violaciones son una violencia contra el concepto de maternidad en cuanto la violencia sexual implica una violación de aquella parte del cuerpo donde nace el hijo. En este sentido, la violencia sexual es, entre otras cosas, una ofensa a la maternidad y, a pesar de todo ello, ¡cuántos casos de violencia sexual hay cada día! Y, ¿qué se hace al respecto? Por esto digo que no hay un verdadero respeto por la maternidad, es pura retórica. Y, en mi opinión, la primera cosa que se tendría que hacer por y para la maternidad es dar a las mujeres la oportunidad de ser o no ser madres. Durante siglos, ninguna mujer ha podido elegir si quería o no quería ser madre. Lo era y punto.

Dicho de otra manera: devolverles a la mujer el poder de elección.

Efectivamente. Lo paradójico es que, en su origen, la maternidad no era un no poder. Todo lo contrario: la maternidad era el gran poder de las mujeres. No hay que olvidar que todas las grandes religiones, en su origen arcaico, tenían como figura central un cuerpo materno, pero luego el relato se ha invertido.

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Imagen vía Editorial Altamarea.

¿Hemos pasado del control religioso sobre el cuerpo de la mujer al control del capital?

Sin duda, el elemento económico es esencial. En líneas generales, se trata de un control que impide a las mujeres una libre autonomía sobre su propio cuerpo, de ahí que el feminismo haya hecho del aborto una bandera para defender el derecho de la mujer sobre su propio cuerpo. Para mí, sin embargo, el aborto no es algo bueno a priori: es siempre una forma de violencia. Dicho esto, las mujeres tienen que tener el derecho de decidir si ser madres o no, es un derecho que no se les puede quitar.

Usted, además, señala que esta falta de poder sobre el propio cuerpo viene acompañada por una criminalización de la mujer que sí que reivindica su derecho sobre su cuerpo. De ahí que se venere a la virgen y se condene a Eva, a la “pecadora”.

“Divide y vencerás”, decían los romanos y esta división se basa en esta misma lógica: han dividido a las mujeres entre buenas y malas, la virgen frente a la prostituta, la mujer de casa frente a las “malas mujeres de la calle”…. Una de las batallas del feminismo ha sido combatir la idea de que existen mujeres buenas y malas por principio. No es mejor la mujer con posibles que vive dedicada a su casa que la mujer que debe ganarse la vida en la calle. Contraponer ambas figuras no tiene sentido alguno. Cada mujer tiene sus cualidades y sus defectos, pero no se puede juzgar a las mujeres en base a su destino.

Además, por lo que se refiere a la prostitución, existe una gran hipocresía social: se condena a la prostituta, pero se compran sus servicios.

Efectivamente. No nos olvidemos que si existe la prostitución es porque hay clientes. Sin clientes, no existiría la prostitución, pues es la demanda la que crea la oferta. La oferta siempre viene después de la demanda. La prostitución implica un acto de poder del hombre sobre la mujer, es comprar el poder absoluto sobre el cuerpo de una mujer. Es un acto carente de toda humanidad. Por lo general, si tú quieres hacer el amor con una mujer, la tienes querer, la tienes que seducir. El cliente no hace nada de todo esto, simplemente paga, compra el cuerpo, despreocupándose de las consecuencias de su acto y, sobre todo, considerando a la mujer como mero objeto de consumo.

En el libro, también se reflexiona sobre la herencia de Mayo del 68. Usted que lo vivió en primera persona, ¿cuál cree que es su legado?

El 68 instauró unos principios que a lo mejor se aplican en el día a día, pero están ahí y sirven como referencia. Te pongo un ejemplo que puede parecer un poco raro, pero es ilustrativo: Puede que la mayor revolución del mundo la haya hecho Jesucristo; en un periodo de guerra y de violencia, él dijo: “Ama al prójimo como amas a ti mismo”. Este amor que el proclamó es seguramente la más grande de las fuerzas revolucionarias; su mandato implicaba terminar con las guerras, con el odio, con la esclavitud… Evidentemente, la gente no ha seguido los preceptos del cristianismo, pero es evidente que dichos preceptos son fundadores de nuestra cultura. Jesucristo fue derrotado al ser crucificado, pero los conceptos que él divulgó en vida son fundadores de la sociedad cristiana. Algo parecido podríamos decir del mayo del 68 así como del feminismo: han instaurado unos principios fundadores de carácter moral y ético para nuestra sociedad de hoy. Puede que sea muy poca gente la que los practique, pero estos principios están ahí, no se puede hace caso omiso de ellos. Piensa en la Revolución Francesa: se conquistaron unos derechos fundamentales, estaba naciendo la democracia. Después vino Napoleón y tantos otros que contradijeron los principios revolucionarios, pero esos principios han perdurado.

Como la Revolución Francesa, podríamos decir que Mayo 68 fue también derrotado con la victoria de De Gaulle en las urnas.

Por lo general, las grandes revoluciones son siempre derrotadas, pero, como te decía antes, ponen sobre la mesa unos valores que perduran. A día de hoy, los valores del feminismo, como la igualdad entre sexos o la solidaridad, no se pueden negar; están ahí, por mucho que algunos quieran menospreciar el feminismo y su importancia. Pero, como decía, casi siempre las revoluciones que establecen nuevos valores sociales y éticos son derrotadas; pasó con la Revolución Francesa, pasó con Garibaldi, pasó con Mayo del 68, pero, a pesar de todo, su legado es indudable.

Dacia Maraini: “Las mujeres tienen que tener el derecho de decidir si ser madres o no”

Dacia Maraini. Foto de archivo cedida por la autora.

¿Cómo ha vivido el movimiento MeToo? ¿Podemos hablar de un renacimiento del movimiento feminista?

El despertar de un movimiento de personas a favor de una causa común siempre es positivo, porque nadie puede cambiar el mundo por sí solo. Solo una multitud de personas que comparten una idea puede cambiar y transformar el mundo. Piensa en lo que está sucediendo en la lucha por el medioambiente: es evidente que Greta Thunberg es una niña de dieciséis años como también son niños muchos de aquellos que apoyan su lucha, pero esto no significa que su gesto no sea importante. Greta ha conseguido sacudir nuestras conciencias, ha creado un sentimiento y lo ha contagiado a mucha gente. ¿Os parece poco? Lo que ha hecho Greta es fundamental. Claro está que, como ella misma dice, el paso siguiente lo deben dar los adultos y, en concreto, los políticos para establecer nuevas leyes y nuevas reglas. Lo que no se puede cuestionar es que Greta haya creado un sentimiento popular que es fundamental para cambiar las cosas. Algo parecido ha sucedido con el MeToo: ha creado un sentimiento de protesta contra los abusos. Hasta el MeToo, nadie se atrevía a denunciar a Weinstein, que tenía un grupo de abogados capaces de convertir a la víctima en culpable. Sin embargo, cuando las mujeres empezaron a hablar, cuando dejaron de sentirse solas y denunciaron todas juntas lo que habían sufrido, todo cambió. Los abogados podían enfrentarse a una denuncia, pero no a veinte, a treinta o más; es decir, podían enfrentarse a una mujer sola, pero no a un grupo de mujeres. De ahí que para mí el movimiento MeToo haya sido y sea tan importante: ha conseguido hacer público unas prácticas que existían, pero que nadie denunciaba.

Y estos movimientos, el MeToo o el ecologista, coinciden con el auge de la extrema derecha. Allí está Trump, Salvini o Vox.

Se están reimplantando discursos que creíamos desaparecidos o superados. Estamos viviendo un nuevo despertar de las peores derechas, las derechas racistas y negacionistas. El populismo, que ha regresado con tanta fuerza, niega todas las conquistas realizadas y, de ahí, que se enfrente a los expertos, a todo aquel que, desde el conocimiento, cuestione su relato. El populismo se enfrentan a los expertos y a la gente de cultura en cuanto los considera una élite y el populismo, por definición, se enfrenta a las élites. Pero su actitud es completamente idiota: me gustaría saber si ellos en lugar de ir al dentista van a que les arregle los dientes uno cualquiera. Para el populismo, el conocimiento no es indispensable, de ahí que se sostenga que cualquiera puede hacer política y no es así. Es necesario tener unos conocimientos en cualquier trabajo, incluida la política. El populismo se enfrenta a cualquiera que tenga conocimiento y hable desde el conocimiento; por esto, se enfrenta a los estudiantes, a los intelectuales… Para ellos, son todos enemigos.

Por otro lado, podríamos hablar también del declive de la figura del intelectual.

No estoy muy de acuerdo con este diagnóstico. Claro que hay intelectuales hoy en día y en Italia se escucha su voz. Pienso en Roberto Saviano o en Camilleri. Quien tiene voz se hace escuchar, el problema es que los otros gritan más alto, chillan, insultan y no es el caso de ponerse a su nivel. Esto no quita, sin embargo, que sí que hay intelectuales y son odiados por los nuevos gobiernos precisamente porque representan una voz crítica que se hace oír.

¿Cree de verdad que actualmente tenemos figuras del peso intelectual y la influencia de Pasolini o Sartre?

Los hay. Lo que pasa es que la sociedad está menos organizada, está más fragmentada. Ya no existen ni las ideologías ni las utopías, hoy es más difícil, por todas estas razones, vehicular discursos como se hacía en los años de Pasolini y Sartre. Sin embargo, si antes te he citado a Saviano es porque es un intelectual que ha atacado a la Mafia, que vive con escolta por constantes amenazas de muerte… En definitiva, es un intelectual que ha arriesgado su vida por denunciar determinadas realidades. Lo que pasa es que, además de un gran intelectual, Pasolini era un gran poeta, un gran cineasta. No en todas las épocas es posible encontrar alguien con el peso de Pasolini.

Usted relata cómo, en los sesenta, se reunían con Calvino, Pasolini, Fellini o Moravia. ¿La vida cultural e intelectual de la Roma es comparable a la de ahora?

En absoluto, la Roma de hoy, la sociedad de hoy, no tiene nada que ver con la de entonces Nos reuníamos en el Bar Rosati, era un bar de Piazza del Popolo donde se reunían los intelectuales, ahora, sin embargo, es en un bar más para turistas. En aquellos años, en Roma había una vida cultural, intelectual y política mucho más activa de la de hoy. Había un intercambio de ideas que hoy ha desaparecido. La televisión ha terminado por centralizarlo todo. Ahora la política se hace en televisión, pero tiempo atrás los políticos iba a las plazas a hablar con la gente. Puede que algunos recibiera algún tomate que otro en la cabeza, pero no importaba, ellos iban a las plazas. Ahora, sin embargo, se encierran en los estudios televisivos y no tienen ni idea de quién los escucha, de quién está al otro lado. Hay una separación tajante entre el político y la gente. Para mí el hacer política en televisión es muy negativo, porque el político no ve a quien habla, no sabe la realidad de quien le escucha. Antes, sin embargo, el político recorría la ciudad, paseaba por los barrios, recibía pitadas y gritos, contestaba preguntas… En la televisión, el ciudadano no puede intervenir. Ahora todo se ha convertido en espectáculo, simple espectáculo.

Y ya que habla de política, uno de los temas del libro es que nuestro comportamiento privado, íntimo, es político, tiene implicaciones sociales.

Esta es una idea esencial del feminismo. Todo es política, tú manera de estar en el mundo refleja una actitud política y, por tanto, lo privado es político. Nuestros comportamientos privados tienen un peso y una importancia a nivel social; no tiene sentido ir públicamente de revolucionario y ser, en el ámbito privado, un reaccionario. Esta doble moral es absolutamente condenable, si bien es muy frecuente, sobre todo entre los políticos. Pienso en el político italiano de la Liga Norte, Alberto Bossi, que no hacía otra cosa que acusar a Roma y al sur de Italia de robar dinero a las regiones del norte. Bueno, pues se descubrió que robó dinero de su partido, que desvió partidas presupuestarias a su favor, que su hijo conducía el coche pagado del partido…. Esta es una actitud muy típica de los políticos, que dicen una cosa y hacen la otra.

De ahí que usted haga hincapié en la importancia de la educación.

Las ideas no se pueden imponer, se pueden inculcar, contagiar, pero no imponer. El hijo debe absorber las ideas que tú le transmites y, convencido de ellas, hacerlas propia. Lo difícil es transmitir determinadas ideas, como puede ser el feminismo, de las que el contexto social y los discursos dominantes reniegan.

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