Política y conflictos

Daniel Gascón: «Tenemos un lenguaje de buenas prácticas sin las prácticas»

El columnista, guionista y novelista imparte su segundo curso en este casa: 'La era de la farfolla'

por The Objective

Daniel Gascón, el escritor y el analista, es el profesor de un nuevo curso en The Objective: ‘La era de la farfolla’. En el anterior abordaba el columnismo. En este se ocupa –nuevamente– de la palabra. Sin ponernos bíblicos. O tal vez sí. Gascón pasa su bisturí por el lenguaje político: sus excesos, sus trampas, su juego sucio. «Una característica del lenguaje de la política actual es que prácticamente significa lo contrario de lo que supuestamente dice».

Cómo suena: farfolla.

Me divierte cómo contamos las cosas, cuál es el lenguaje que se emplea en la política. Supongo que por formación. He hablado a menudo de bullshit, que no sabes muy bien cómo se traduce. Había escrito y pensado muchas veces acerca de un lenguaje hinchado, muy alejado de lo concreto, bastante infalsable. No sabía muy bien el término adecuado. Había una columna de The Economist que hablaba de Canción de Navidad. Muchas veces se traducía lo que decía el personaje como «paparruchas». Pero buscando traducciones de humbug encontré… ¡farfolla!

Misterio resuelto…

Pensé que describe los lenguajes de los gobiernos, ese tono de consultoría, donde se emplean muchos tópicos que piensan que suenan bien y que dan cierta musiquilla, pero que en el fondo no significan nada. Y hay palabras que pasan de moda, se gastan, y pasan por una especie de purgatorio. El caso más claro es resiliencia, ahora mismo. Siempre me ha gustado la reflexión sobre el lenguaje, el artículo de Orwell Politics and the English Language o los diarios de Arcadi Espada. O un artículo de Simone Weil sobre la guerra de Troya que también habla de la inflación léxica. No quieren iluminar la realidad, sino oscurecerla, casi en un ejercicio de ilusionismo. Y no sabes cuánto tiempo la pueden mantener en esa distracción.

¿Qué particularidades tiene esta hornada de políticos?

La mentira no penaliza. Tienes una polarización que hace que no pase nada por que te descubran: el escándalo siempre es de los otros. Y ha habido un secuestro del lenguaje del buen gobierno, donde no tienes que hacerlo. «Creo que un portal de transparencia, decimos que estamos y que somos transparentes, pero pasamos de él». La palabra que usan designa lo contrario de lo que es.

Las buenas intenciones, incluso sin intenciones.

Ha sido una especie de cambio: se han incorporado las señales, pero no la esencia. Tenemos un lenguaje de buenas prácticas sin las prácticas.

¿Cómo organizas la parte teórica y la participativa?

He pensado en hablar de algunos textos de referencia que pueden servir. Mi abuelo siempre decía: «No levantes una piedra, que puede salir un escorpión». Pues aquí es todo lo contrario: levantar la piedra para que salga el escorpión. Estudiaremos textos donde se puede ver cómo funciona esto. Si el otro tenía un elemento de taller de lectura, enfocado a la escritura, este es un taller de desactivación: ver algunas estrategias para no dejarse llevar por el argumento y ver dónde te pueden llevar esas fallas pensando en que cada palabra tenga un hilo que lo conecte con algo. Y no que las palabras vayan volando y no signifiquen nada. Es un taller de lectura para desarrollar cierto escepticisimo metodológico.

Ese saber leer como un actor.

Muchos actores que conozco son grandes lectores porque tienen esa práctica. Buena parte de su trabajo tiene que ver con la interpretación del texto: encontrar los sentidos –los obvios y los soterrados–. Hay cuestiones que me gustan: el eufemismo, la metáfora tramposa, los superlativos. Por ejemplo, el propio Gobierno ha presentado un plan donde todo se escribe con mayúsculas. Ese tipo de signos. Me parece que  es interesante verlos para entender cómo funcionan y desactivarlos como lector, al menos. Porque no puedes hacer otra cosa.

¿A quién crees que le puede interesar este curso?

Pienso que es un curso muy analítico, para gente que no está necesariamente pensando en escribir, pero sí en comprender mejor la política o cómo nos están contando las cosas. Estamos rodeados de este lenguaje y esta es una forma de desnaturalizar la convivencia con él. Puede divertirle a mucha gente. Este lenguaje se va alejando de la realidad y, sin quererlo, acaba siendo de Marx. Pero de los hermanos.