Cultura

Daniel Gascón: «La cultura de la cancelación tiene los defectos de las religiones y ninguna de sus virtudes»

El escritor y editor de 'Letras Libres' publica una nueva novela, 'Un hipster en la España vacía', y aprovechamos la ocasión para charlar sobre el libro y sobre tumbar estatuas

por Jorge Raya Pons

Tuvo una idea, la desarrolló un poquito, luego otro poquito. Se le fue de las manos. Cuando se quiso dar cuenta, ya era tarde: a la idea se le puso cara de libro. Daniel Gascón tiene 39 años, los ojos azules y una novela recién publicada, aquella idea: Un hipster en la España vacía (Literatura Random House). Sobre un urbanita posmoderno que aterriza en un pueblo del Bajo Aragón, por lo que sea –evitemos la sinopsis–. Gascón no es nuevo en esto: conoce bien el Bajo Aragón y lleva escribiendo desde los siete; publicó su primera novela a los 20 y su primera colección de cuentos a los 24. Escribió con su amigo Jonás Trueba el guion de Todas las canciones hablan de mí, a los 28, y ahora es el editor de la milagrosa Letras Libres. Gascón es tímido en las distancias largas y no hace excepción en las cortas. Pero es alegre, a su manera; amable y cortés, de la única posible. Y en esta conversación hablamos de su novela, claro. También de tumbar monumentos, de la cultura de la cancelación, del látigo y el don que es la escritura, de la delgada línea que separa las buenas intenciones de la intolerancia, de algunos libros que no son una pérdida de tiempo y de la vida misma, por ponernos estupendos. Vamos a ello.

Daniel Gascón, sobre la escritura y sus primeros libros

«Creo que desde siempre me gustaba hacer las dos cosas, leer y escribir. Casi sucedió a la vez que leía, como un juego. Recuerdo más de mayor el pensar que me gustaría dedicarme a escribir. A los 18 o así. Siempre había tenido vocaciones creativas y digamos que la primera había sido la escritura, que me divertía a los siete años, y luego pensé en dibujar cómics, en hacer cine… y mi propia inutilidad me acabó mostrando que sólo podía dedicarme a la escritura, que era donde tenía menos defectos y más facilidad. Fue un proceso de descarte».

«No los releo [sus primeros libros], pero tampoco releo la columna de hoy porque creo que me va a horrorizar. A veces, porque se reedita y tal, tienes que leerlo. Y es extraño porque en parte pertenece a otra persona y en parte es como un hermano pequeño tuyo que eres tú mismo. Lo miras con una sensación un poco desconcertante. El segundo libro lo siento un poco más cercano que el primero. En el primero veo cosas que me gustan y cosas, o una manera de escribir de la que ahora me siento lejos. Pero luego, también, te dices que hay gente que piensa lo que estaba bien es lo que hacías entonces. Los libros son de los lectores. Con mi amigo Jonás Trueba he hablado en algunas ocasiones de que el primer libro, el primer disco, la primera película, muchas veces contiene toda la obra. Seguramente con más torpezas, con tosquedades, con alguien que todavía no controla, pero muchas veces el embrión de casi todo está ahí encerrado. Incluso de los caminos que no has tomado».

Daniel Gascón, sobre la novela Un hipster en la España vacía

«Estaba haciendo en la web de la revista textos humorísticos que pensaban mucho en los textos de humor del New Yorker, en los cuentos aquellos de Woody Allen, me parecía que era una forma divertida e interesante de tratar algunas cosas de la bronca política española. En realidad, el Hipster era una idea de ese proyecto que yo pensaba vagamente como libro. Me pareció que podía seguir. Me pasó un poco como al personaje, que se va al pueblo por un tiempo breve y se acaba convirtiendo en alcalde. Eso me pasó a mi escribiendo. Vi que podía contar más cosas de él, que también al principio tenía sólo su voz, pero luego pensé que está bien que los del pueblo cuenten cómo lo ven a él. Se me iban ocurriendo más tramas. Finalmente, me di cuenta de que el pueblo era como una especie de microcosmos o como la aldea de Asterix y Obelix, que allí pasaba todo. Los enfrentamientos entre los vecinos, pero también el capitalismo. Así surgió. Cuando acabé esta parte en la que él se hace alcalde, pensé que la historia podía seguir».

«El esquema era el choque entre el posmoderno urbano que se va al pueblo y se encuentra con una realidad más áspera, con otra sensibilidad. Y en eso yo pensaba en un Quijote. Solo que, en lugar de haberse leído los libros de caballerías, él se ha leído toda la teología posmoderna. Lo hice un poco activista 15M, también. Va de un encontronazo en un pueblo… exagerados los dos en su forma de ser. Eso era lo que tenía. No tenía pensado exactamente los asuntos que iba a tratar. Eso ya lo fui descubriendo. No tenía pensado los capítulos. El libro fue creciendo».

Daniel Gascón, sobre la cultura de la cancelación

«Creo que tiene los defectos de las religiones y ninguna de sus virtudes. Uno de los elementos de las religiones es aceptar el perdón y el error, y en este caso no. Siempre te pueden sacar algo del pasado que te condena absolutamente. En el caso de las estatuas, creo que hay una complicación, que es el espacio público y cuál es la imagen en la que queremos reconocernos. Pero eso es un debate. Si yo tiro una estatua, lo que yo estoy haciendo es imposibilitar el debate. Otra cosa es plantear si tiene que estar o no, si tiene que estar en otro sitio o con una placa donde se explique. Pero si yo la tiro lo que estoy diciendo es que no sólo no me representa a mí, sino que nadie puede reconocerse en ella».

«Estos movimientos creen que la intolerancia es una virtud moral. ¿Cómo te defiendes de eso? Tienen una capacidad para presionar a las empresas que están siempre muy obsesionadas por la reputación. Muchas veces tú asustas a la empresa y acaban echando a alguien. Siempre dicen que se echa al poderoso, pero creo que uno de los efectos peligrosos es que mucha gente no se atreve a meterse en ese lío, sobre todo el que no está tan instalado. Como mínimo es muy desagradable que tus compañeros o gente con la que te sentirías próximo te excluya o condene a cierto ostracismo».

Bonus track: 11Q
Jorge Raya Pons

Castellón de la Plana, 1992. Vive en Madrid y es responsable de Cultura en The Objective. Anteriormente trabajó en El Mundo y Expansión. Un día aspiró a ser futbolista profesional. No cayó esa breva.