Daniel Monedero: «Yo trato de hacer cosas en los cuentos que parece que están reservadas para la novela o la poesía»
Foto: Cedida por la editorial

Cultura

Daniel Monedero: «Yo trato de hacer cosas en los cuentos que parece que están reservadas para la novela o la poesía»

por Carlos Madrid

Dice Daniel Monedero que en su libro de cuentos Volar a casa (Páginas de Espuma) el narrador juega a crear imágenes poéticas que se escapan de lo realista y, al momento, a desmontarlas. Algo así como bailar con la credulidad y la incredulidad mientras escribe. Pero, ¿no es acaso así nuestra propia vida? Al fin y al cabo, la realidad de cada uno está compuesta también por las ficciones que vemos, que leemos, que escuchamos.

Bajo este principio narrativo, que no es más que su forma de ver la vida, el autor nos presenta a una serie de personajes desnortados que buscan su lugar en el mundo y a los que este les sorprende continuamente. Una maniobra que también tiene su efecto sobre el lector, quien se pierde y se encuentra sin cesar en este libro, consiguiendo así vincular literatura y vida.

Escribes que la verdadera literatura no puede contarse, que es la carne que hay en las palabras. Aun arriesgándote a fallar, ¿de qué va Volar a casa?

Es una pregunta difícil, ya que si lo supiese, no lo escribiría. Uno escribe un libro porque solo tiene esa forma de hacerlo. Como digo en el libro, «la manera de contar una historia es la verdadera historia también». Pero haciendo un esfuerzo, creo que habla sobre personajes que están desorientados, que buscan su lugar en el mundo, y sobre las pequeñas epifanías cotidianas que iluminan su realidad. También sobre la literatura.

Apuntas que los cuentos hablan de la literatura, pero de una literatura vinculada con la vida. Volviendo a tu libro, escribes esto: «El mundo es una cosa y la contraria según uno ponga sustantivos y verbos en un lugar o en otro». Estas palabras enlazan directamente escritura y realidad.

Totalmente. Es perfecta esta aclaración para mí. No me interesa realizar con estos cuentos un alarde académico, ni cultural, sino hablar de cómo está pegada la literatura a la vida. Y cómo se influyen y nos hacen mirar la realidad de otro modo. Defiendo que la literatura es una manera de mirar el mundo. En esta línea, creo que la diferencia entre realidad y ficción no está muy clara hasta el punto de que la realidad está formada por las ficciones que hemos visto y leído. Por eso pasa muchas veces que no sabemos en qué línea se mueven mis personajes.

Daniel Monedero: «Yo trato de hacer cosas en los cuentos que parece que están reservadas para la novela o la poesía»

Imagen vía Editorial Páginas de espuma.

En este sentido, ¿beben los cuentos de lo fantástico? Juegas en esos planos de mezclar realidad y ficción.

A mí me gusta más referirme a ello como extrañamiento. En el libro creo una imagen poética que no sabes si se escapa de lo estrictamente realista, y al momento, la desmonto. Escribo jugando todo el tiempo con la credulidad y la incredulidad. Pero no es más que mi forma de ver el mundo: la vida se mueve en esos planos. Muchas veces sucede algo y tiene que ver con cómo cada uno lo interpretamos. Creo que la vida cotidiana, si somos capaces de observarla desde determinado punto de vista, tiene ese tipo de contrastes. Contrastes que a veces pueden ir desde lo poético o lo mágico, hasta lo absurdo. 

Dices que es tu forma de mirar la vida, una forma que entiendo que es muy lírica, ya que tus cuentos están cargados de poesía.

Me interesa la poesía en el sentido de poder decir las cosas de una manera muy precisa. Además, creo que tiene dos cualidades muy importantes: ser capaz de elevar la experiencia humana y de cavar muy profundo. Me interesa también porque supone un lenguaje muy cuidado, donde se pueden buscar ciertos hallazgos verbales que hacen intensa la experiencia lectora. Algo que intento con mis cuentos.

También son cuentos compuestos por cuentos que, a modo de matrioshka, encierran en sí mismos varias historias.

Al cuento contemporáneo parece que se le ha negado que pueda tener digresiones. Parece que todo tiene que estar calculado. Yo trato de hacer cosas en los cuentos que parece que están reservadas para la novela o la poesía. Voy hacia otro lado y luego lo recupero. Esto hace que el lector también se sienta un poco perdido y, por lo tanto, más vivo. Algo que también me ocurre a mí como escritor, ya que me sorprendo a mí mismo cuando se me escapan cosas. 

Estos cuentos son también un homenaje a los propios cuentos y a los cuentistas.

Eso me interesaba mucho. Lo fui encontrando mientras escribía. Es un libro que pretende ser un homenaje al cuento y a los cuentistas que me han influenciado. Parece que siempre se les reivindica poco y que juegan en una segunda línea. Sin embargo, a mí me parece que, a pesar de su corta extensión, los cuentos ofrecen mucha libertad.

Decías antes que los personajes están un poco desnortados, que andan a la caza de su lugar en el mundo. Quizá sea por ello que los llevas siempre a doblar esquinas, como una metáfora de buscar nuevas vidas.

Digo en el libro que doblas una esquina y el mundo puede cambiar. Es un mantra que se va repitiendo. El mundo de estos personajes, pero también la realidad, está lleno de azar. Cuando uno piensa en la madurez, cree que todo va a estar perfectamente armado. Pero no, la vida cambia en cada esquina. Eso no es malo, ya que puede llevarnos a nuevos hallazgos. Lo que hay que tener es los ojos bien abiertos. Hay cosas inesperadas que los personajes van interpretando y que pueden ser verdad o mentira.

Al principio, apuntabas que te costaba mucho decir de qué iba el libro. Me parece que ahora lo has logrado: ese buscar la sorpresa… sabiendo que te puedes perder en cualquier momento.

Me parece que has concentrado muy bien el libro. Pero tendría que añadirle una cosa más: que haya un gusto en perderse, tanto a nivel de lector, como de personajes y para el propio escritor. Algo que creo que no significa más que vivir. Es ahí cuando uno encuentra cosas mejores de las que buscaba. 

Carlos Madrid

Terminé periodismo allá por 2013, pero, no sintiéndome suficientemente formado, me matriculé en lector insaciable, perpetuo viajero, musicodependiente, aprendelenguas. Difundo lo que me agita por dentro en aquellos lugares donde me toleran. También lucho en mis ratos libres para que le devuelvan la tilde a ‘sólo'.