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Daniel Pennac, el escritor de y para todos

Foto: Francesca Mantovani | Literatura Random House

Tras casi dos décadas, Daniel Pennac recupera su anti-héroe, Ben Malaussène y publica El caso Malaussène. 1. Me mintieron (Literatura Random House en castellano y Empúries en catalán). A través del personaje de Alceste, escritor perseguido por su familia tras haber contado “la verdad verdadera”, y a través del secuestro de Lapietá, un empresario/conseguidor que ha despedido a 8.302 trabajadores, Pennac cuestiona la idea de verdad absoluta: ni la justicia ni la literatura pueden hacerse cargo de los hechos tal y como suceden. Como ya hiciera en La pequeña vendedora de prosa, el escritor francés parodia la literatura del yo que pretender contarlo todo y “saberlo todo” y, al mismo tiempo, con mirada irónica y siempre desde la hipérbole retrata la sociedad de hoy en día.

 

La novela puede definirse como una gran burla al concepto de “verdad verdadera” y a esa voluntad, no sé si ingenua, de querer contar “la realidad” tal y como es.

Al hablar de este concepto pienso fundamentalmente a un movimiento literario que tenemos en Francia y que se conoce con el nombre de autoficción: hay autores que se presentan como los escritores que están en posesión de la verdad absoluta, se consideran conocedores de todo, dicen conocerte a ti, conocer a tu marido, a tu vecina y a todos. En este libro, he querido construir los personajes a través de mis observaciones y lo que me he dado cuenta es que siempre y cuando una persona se me presenta diciendo que está en posesión de la “verdad verdadera” yo la veo como un ser ficticio, artificial. Esto me pasa porque para mí la realidad y, por tanto, la verdad es la complejidad; la verdad no es un monolito, no es como el Alcestes de Molier.

La complejidad anula toda idea de una versión única, de una sola verdad.

Y parte de esta complejidad de debe al hecho de que nosotros somos incapaces de percibir la realidad en su totalidad y somos incapaces de comprender nuestra propia complejidad.

Esto se ve a través del protagonista, Ben Malaussène, que descubre que sus hijos no son tal y como él creía.

Al respecto, hay un refrán popular que dice: “Si quieres hacer reír a Dios, explícale tus proyectos”. Nada de aquello que proyectamos o aquellos que percibimos es tal cual como lo proyectamos o lo percibimos.

De lo que no hay duda es que usted ha recuperado unos personajes que para el lector son muy reconocibles.

Tenía el deseo de reencontrarme con una manera de escribir, con una escritura que había abandonado durante mucho tiempo. Quería reencontrarme con su ritmo, con su musicalidad, con ese uso de las metáforas que la caracteriza… en cierta manera me ha pasado como lo mismo que le sucede a un pintor cuando quiere recuperar los colores que ha dejado de utilizar o a un músico que quiere rescatar las armonías perdidas.

Esta novela dialoga especialmente con La pequeña vendedora de prosa, donde usted parodiaba las modas literarias y el mundo de la edición.

Efectivamente. En La pequeña vendedora de prosa me burlaba del realismo liberal, que es un tipo de escritura que practicaba un autor muy concreto en Francia y lo hacía, en cierta manera, en contraposición al realismo social, que estaba muy en boga en aquellos años. Yo quise burlarme de este escritor y de ese realismo liberal a través del personaje de JLB.

(Si bien Pennac no da el nombre del escritor, parece ser que tras el personaje se esconde la figura de Paul Loup Sulitzer).

La crítica lo ha definido como uno de los escritores más relevantes de las letras franceses actuales y el público lo ha convertido en uno los autores más leídos, más populares.

Para mí no tiene ningún sentido hablar de una literatura que se dirige únicamente a una minoría lectora y, de hecho, si recorremos la historia de la literatura nos daremos cuenta de que la literatura popular siempre ha ocupado un lugar preferente y, sobre todo, en Europa. Basta pensar en autores como Victor Hugo, Charles Dickens, García Márquez o Vargas Llosa, por poner dos ejemplos de literatura hispanoamericana. Las obras de todos ellos las podemos considerar como literatura popular, porque son obras que puede leer cualquiera. Y esto es lo que a mí me interesa, de ahí que me reivindique como un escritor de literatura popular, de una literatura que, si bien puede leerse desde distintos prismas, es accesible a todos.

Daniel Pennac, el escritor de y para todos

Daniel Pennac recupera su anti-héroe, Ben Malaussène en El caso Malaussène. 1. Me mintieron. | Imagen vía Random House.

 

En este sentido, usted se situó desde el inicio a las antípodas del nouveau roman.

Ciertamente mi literatura es muy distinta, principalmente por dos motivos. En primer lugar, yo no escribo para una congregación, yo no escribo para los míos, para mis fieles, yo escribo para todos. En segundo lugar, no considero la cultura como una propiedad privada, todo lo contrario, la cultura debe ser transmisión. Estas dos ideas están a la base de mi literatura.

Y, pensando en su ensayo Mal de escuela, estas ideas están también a la base de su idea de educación.

Han pasado años desde que escribí Mal de escuela, pero la situación no ha cambiado. Para mí, por lo que se refiere a la educación, hay un principio básico: el aprendizaje cultural no tiene que dar miedo a los jóvenes o a los adolescentes. Por ello, la misión principal de un adulto, ya sea padre o profesor, acabar con este miedo al aprendizaje y solo así será posible abrir las puertas a la formación cultural.

El otro día, afirmaba que no tenía mucha confianza en la capacidad de transformación de la literatura, sin embargo, si bien desde la exageración o la hipérbole, su novela ofrece una mirada crítica a la Francia de hoy.

Claro, no puedo hacer otra cosa, vivo aquí, no en otro planeta. Tengo que contar la realidad, no puedo vivir de otra manera si no es observando lo que ocurre a mi alrededor. No hacerlo significaría vivir con los ojos cerrados, vivir sin escuchar a nadie y, en definitiva, vivir una vida de autista o vivir encerrado en una casta ajena a todo. Yo, sin embargo, quiero abrir las puertas, no cerrarlas.

Su implicación, además, trasciende la literatura: en su momento, firmó un manifiesto en apoyo de Erri de Luca, cuando estaba acusado por expresar su oposición a la construcción del TAV, y, recientemente, ha firmado un manifiesto en contra de la encarcelación de los políticos catalanes encarcelados.

Personalmente, creo que no se debe encerrar en la cárcel a nadie por un delito de opinión. Una opinión nunca es un delito y esto es válido para todos. Solamente los países totalitarios encarcelan por una opinión. Esto es lo que está pasando en Rusia, en Turquía, en Bulgaria, donde están encarcelando a sus intelectuales. Que suceda esto ahora supone una regresión política e histórica enorme y cuando hablo de regresión me refiero al hecho de que se estamos viviendo un retroceso del principio democrático y, por tanto, de que estamos asistiendo a como la democracia desaparece poco a poco.

Esa voluntad de “abrir las puertas” se ve también en la elección de Belleville como escenario de sus novelas, un barrio parisino ajeno a ese París construido y mitificado desde la literatura.

Belleville es un barrio que está dentro París, dentro del Périferique, que es la línea que separa París con las afueras. Sin embargo, es cierto que Belleville es un barrio distinto a los demás, es un pequeño planeta, un mundo en miniatura distinto a todo aquello que lo rodea. En Belleville conviven una gran diversidad de culturas: en Belleville puedes encontrarte con lenguas, religiones y gastronomías diversas. Yo vivo ahí desde 1969 y me gusta porque puedo vivir la multiculturalidad y, lo más importante, puedo vivirla en un ambiente de completa armonía. En Belleville todos viven en paz.

En Libération se publicaba una carta “a los que aman París y no pueden vivir en ella”.  En relación a esto y teniendo en cuenta también en los actos terroristas que la ciudad ha sufrido en los últimos años ¿cómo ve usted París a día de hoy?

En términos generales, podemos decir que París es una gran ciudad europea. Sin embargo, como también están haciendo otras ciudades europeas, como pueden ser Barcelona, Madrid o Roma, París está expulsando a sus habitantes. Hace veinte años se comenzó a imponer esta tendencia de marginar a los más pobres fuera de la ciudad y, ahora, en efecto, lo que se está haciendo es expulsar a los pobres y a los habitantes menos acomodados del centro, obligándoles a ir cada vez algo más lejos hasta llegar a expulsarlos de la ciudad. Lo que consigue una ciudad expulsando a sus habitantes es perder su personalidad y convertirse en una reserva de la clase media acomodada. Y esto que digo no es nuevo: en el siglo XVI, el rey Enrique XIV ya lo decía. Para Enrique XVI había que evitar que los pobres vivieran más allá de los muros de la ciudad y, sin embargo, esto es lo que está haciendo París, está expulsando a los pobres y a quienes tienen menos posibilidades fuera de la capital y esto no es socialmente bueno ni sano.

Uno de los temas del libro, muy actual al menos aquí en España, es la desconfianza en la justicia. Prueba de ello es que algunos personajes llegan al punto de tomarse la justicia por su mano y secuestrar al empresario LaPietá.

Sí, este aspecto aparece en la novela, pero no hay que olvidar que estamos delante de una novela y, por tanto, de un relato de fantasía. Dicho esto, por lo que se refiere a la justicia es evidente que, en más de una ocasión, se cometen errores judiciales de mucha relevancia, a veces relacionados con la política, pero no siempre. En esta novela me interesaba hablar de errores judiciales, pero de carácter más banal o, por lo menos, de errores judiciales comunes, debidos, en parte, la fase de investigación y de instrucción se lleva a cabo realizando un camino narrativo de carácter novelesco. Es decir, la fase de instrucción y de investigación se basa en una especie de concatenación de relaciones causa-efecto, que parecen lógicas, pero no lo son porque la realidad no es lógica. Te pongo un ejemplo: seguramente hoy has previsto muchas cosas, como, por ejemplo, habías previsto entrevistar a un escritor francés. Sin embargo, si esta noche, cuando llegues a casa, piensas en todo aquello que no habías previsto, te darás cuenta que todo el conjunto de imprevistos conforma el 80% de vuestro día. A pesar de que los imprevistos configuren el día a día, las instituciones judiciales tienen una gran dificultad a la hora de tenerlos en cuenta, puesto que realizan la investigación en torno a una intención y a un acto, cuando, en líneas generales, los actos no suelen ser previstos, no suelen tener una intención detrás.

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