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El día que Bowie buscó una cerveza en Madrid y 300 españoles le ayudaron a encontrarla

Foto: Charles Krupa | AP

Hay unos locos que sueñan con viajar a Marte, como si fuera esta una hazaña novedosa, cuando resulta que ya vino desde allí un hombre hace 72 años para contarnos su expedición. David Bowie —no debemos cuestionarnos su versión— llegó a este acogedor planeta siendo muy pequeño y cayó directamente en Brixton, al sur de Londres.

El contraste entre los planetas debió de ser evidente, por supuesto. Imagino que allí la vida será dura, para solitarios, con extensiones infinitas y arena suspendida colándose en los pulmones a cada rato. Así que Bowie no tardó demasiado en adaptarse a los placeres de la Tierra y a los gustos culturales de la época. El proceso fue tan rápido que, siendo un adolescente, fundó la Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Hombres con el Pelo Largo y la BBC, intrigada, le hizo una entrevista. No era extraño que, en los sesenta, te llamaran nenaza por dejar el pelo crecer.

Ya entonces quedó claro su carácter rebelde y liberal: “A todos nos gusta llevar el pelo largo y no tendrían que acosarnos por ello”. E igual que nunca escondió su inconformismo, tampoco ocultó su gusto por las mujeres de la Tierra, quiso amarlas a todas, y del mismo mismo modo a algunos hombres, a los que sedujo más por curiosidad de espíritu que por deseo carnal.

En 1987, el mismo año en que actuó en Berlín lo suficientemente cerca del muro para como para que lo escucharan en el otro lado, estuvo de visita en España. Nos queda un vídeo de todo aquello. David Bowie, acompañado del cantautor Peter Frampton, paseó por las calles de Madrid en busca de un lugar donde tomar unas cervezas. Los dos músicos partieron desde la plaza Santa Ana, en el mismo lugar en que se encuentra la redacción de este periódico, cuando todavía el lugar no estaba ocupado por las terrazas.

El viaje hasta esa cerveza, que les esperaba en la plaza Mayor –solo que todavía no lo sabían–, les llevó a conocer a toda clase de personajes pintorescos. A un grupo de colegas a las puertas de un bar vitoreándolo, por ejemplo. “Esos de ahí son unos amigos”, dijo, sonriendo a cámara. A un perro al que pidió declaraciones con un mechero con forma de micrófono. A un hombre al borde del infarto al descubrir que no solo había reconocido a Bowie, sino que caminaba Frampton junto a él.

–¡Eh! ¡Tchss, tchss! Peter Frampton, ¿no?

–No, no –respondió Bowie, apartando a su amigo–. Ese no es Peter Frampton.

–¿No? –le dijo el hombre, llevándose el dedo índice a un ojo–. Creía que era usted Peter Frampton.

De un momento a otro pareció salir Madrid entera en busca de un autógrafo. Todos se arremolinaron en torno a ellos, a su paso por la calle Álvarez Gato, impacientes por su trozo de Bowie. Entre ellos una adolescente que en algún momento le prestó su bolígrafo al hombre de Marte y vio cómo este, en su tentativa de huida, se lo guardó en un bolsillo.

–Oye, ¡qué morro! –exclamó la joven–. David, ¡es mío!

Bowie tardó un segundo en comprenderlo. Luego cayó en la cuenta.

–¡Oh, tu boli! –respondió, muerto de risa–. Perdona, lo había olvidado.

Tras escabullirse del gentío, Bowie ironizó sobre aquel encuentro imposible: “No hay nada como salir del estudio y dar un paseo con 300 ó 400 amigos buscando un bar”. Aquellos amigos, por inercia, lo condujeron hasta la cerveza deseada.

Hay algo que llama la atención sobre Bowie: soportaba sorprendentemente bien ser el centro de atención todo el tiempo, llevar la voz cantante, lo que va más allá de tener o no tener habilidades sociales. David Bowie ejercía ese atributo hipnótico sobre el resto. No solo era un imán para las miradas, sino una jaula. Cualquier madrileño de adopción sabe que no hay más de cinco minutos a paso rápido entre la plaza Santa Ana y la plaza Mayor. Y, sin embargo, este vídeo se alarga un cuarto de hora en los tiempos en que –a falta de selfies– los autógrafos eran tendencia. “Qué firma más divertida, ¿verdad?”, sonrió tras liberarse.

Los mejores años 80 estaban en Madrid, según cuentan los amantes de la noche. Si en su vida tuvo David Bowie un instante de aburrimiento, no ocurrió en este lugar. Ahora se cumplen tres años de su muerte, cuando un cáncer de hígado se lo llevó por delante con 69 años. Llevaba más de 40 en la cresta de la ola. Los británicos lo adoraban, tanto que lo escogieron como uno de los cuatro mayores iconos culturales de su historia. La reina trató de condecorarlo en dos ocasiones, la primera en el 2000 –con la Orden del Imperio Británico– y la segunda en 2003 –con el título de caballero–, y fracasó en ambos intentos. Bowie rechazó los honores por retrógrados y clasistas.

Bowie no perdió un segundo en su vida, fue músico y actor y un lector voraz, y no se le conocen cuentas pendientes. Ni siquiera cantar en italiano; lo hizo todo. Bowie fue el hombre solitario que vive entre contrastes: entre la soledad de las composiciones y el bramido de los escenarios. La misma distancia que los separa, separa a la Tierra de Marte.

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