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De Chaplin a Tarantino: 20 escenas iniciales que son historia del cine

Foto: 20th Century Fox Studios

Con una lista así es complicado hacer justicia y sencillo que una turba se eche encima –que no aparezca Up puede ser motivo de discusión–. Así que ponemos sobre aviso y advertimos de que la lista no pretende ser una enumeración de las mejores escenas iniciales de la historia del cine, no es nada parecido a una selección definitiva. Es, más bien, una selección de escenas iniciales que han marcado generaciones de cineastas y espectadores. Arrancamos.

 

Luces de la ciudad (Charles Chaplin, 1931)

El vagabundo Charlotte, que sobrevive soportando mil penurias, remolonea en el monumento dedicado a la paz y la prosperidad. ¿Cuándo? En el mismo día de su inauguración, con el pueblo expectante y los políticos radiantes. Suena el himno nacional al tiempo que Chaplin tiene una espada tomándolo por el trasero. El drama y la comedia.

 

Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941)

Un castillo prácticamente amurallado por puntiagudos y oscuros barrotes que cercan la colina. La cámara se acerca al lugar donde adivinamos que está Charles Foster Kane. La luz se marcha y la música se detiene y luego regresan ambos de manera acompasada y dentro de la habitación donde el hombre descansa. Un domo de nieve cae de su mano y el magnate pronuncia la palabra misteriosa que nos acompaña durante toda la película: “Rosebud”.

 

El séptimo sello (Ingmar Bergman, 1957)

Dos caballeros en una playa de rocas, uno de ellos despierta y la Parca no le quita el ojo. “¿Es que vienes a por mí?”, le pregunta uno de los caballeros, caricaturizado por Von Sydow. “Hace tiempo que voy tras tus pasos”, responde el hombre de túnica negra. La vida del mortal se juega entonces en un tablero de ajedrez.

 

Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958)

No sabemos por qué lo persiguen, pero lo persiguen. La escena ocurre entre azoteas. James Stewart tropieza y se agarra a una tubería para no caer al vacío. Nos encontramos en ese momento con el motivo del título: vértigo. Un agente de policía cae intentando ayudarle. Fin de la primera escena.

 

La máscara del demonio (Mario Bava, 1960)

La historia comienza por el principio: 200 años antes. Una bruja sentenciada de muerte. Una atmósfera oscura, tensa, aterradora. Un ritual y una máscara que colocan a la mujer. “En nombre de Satán, te maldigo”, grita la mujer, que promete venganza. El más fuerte de los hombres toma finalmente un enorme mazo y ejecuta la decisión. Dos lágrimas de sangre recorren la máscara, escuchamos música de tambores de fondo.

 

Ocho y medio (Federico Fellini, 1963)

Vemos a Marcello Mastroianni atrapado en un atasco, todos tienen puestos los ojos en él. Del interior de su coche comienza a salir humo, la puerta está atrancada, apenas escuchamos su hiperventilación y el viento de fondo. Pide ayuda, nadie se la proporciona. El hombre logra salir y comienza a levitar, primero, y a volar con soltura después. Hasta que lo vemos convertido en una cometa, por encima del mar. Trata de soltarse de esa cuerda que lo tiene cogido por el tobillo. Durante el esfuerzo, cae a plomo y despierta del sueño –a solas– con un brazo en alto, tratando de aferrarse a algo que no existe.

 

El desprecio (Jean-Luc Godard, 1963)

Una broma muy seria de Godard, que nos lee los créditos de una película que comienza en la simulación del rodaje de la propia película. Vemos un largo travelling que sigue a Brigitte Bardot. Finalmente, una cita de André Bazon. “El cine sustituye nuestra mirada por un mundo más en armonía con nuestros deseos”.

 

2001: Odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968)

Si somos sinceros, no se trata exactamente de la primera escena, que correspondería más bien a la imagen de la alineación de la Luna, la Tierra y el Sol. Pero lo pasaremos por alto. Aquí comenzamos a escuchar a Richard Strauss y pronto conocemos los inicios del hombre, representados por unos brutales primates. La belleza de la secuencia es inaudita. Por supuesto, la elipsis que se produce al reconocer un hueso como arma, su lanzamiento al aire y la conversión en una nave espacial es uno de los eventos cinematográficos más importantes de la década.

 

El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972)

Bonasera pide justicia a Don Corleone después de que dos hombres abusaran de su hija y fueran absueltos por la justicia. Al salir del tribunal, le sonrieron. Don Corleone acaricia un gato, un gato que pasaba por el plató y que no estaba previsto que entrara en escena, y le pide respeto: él no es un asesino cualquiera, no debe confundirle con un sicario. Bonasera le rinde pleitesía y Corleone acaba cediendo: los muchachos pagarán –probablemente con sus piernas– el delito que cometieron. El cine ha dado pocos personajes del carisma que atesora Marlos Brando en este trabajo de Coppola.

 

Annie Hall (Woody Allen, 1977)

“Dos señoras mayores están en un hotel de montaña y una dice: ‘Hay que ver lo mala que es aquí la comida’. Y la otra dice: ‘Sí, además las raciones son tan pequeñas’. Bueno, así es como yo veo la vida”. Un maravilloso monólogo en el que Woody Allen, frente a un sobrio fondo marrón, se dirige directamente al espectador ante de contar su historia de amor y amistad con Annie Hall.

 

Halloween (John Carpenter, 1978)

La mirada subjetiva de la cámara, que son los ojos del despiadado Michael Myers, en una procesión que le acompaña durante su primer asesinato. Ocurre en una casa situada en un barrio residencial. El pequeño Michael llega hasta la cocina y escoge un cuchillo y sube las escaleras hasta el cuarto de su víctima, una joven que se cepilla el pelo y conoce su nombre. ¿Por qué? Porque es su hermana.

 

Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979)

La cabeza de Benjamin L. Willard está llena de imágenes del napalm devorando los palmerales, de helicópteros sobrevolando los terrenos en guerra. Sus ojos azules observan el techo, el ventilador que da vueltas y produce el sonido idéntico de las hélices al girar. Suenan los Doors con aquel himno llamado The End, que viene a decirnos que si el fin del mundo está de camino, no debe andar lejos.

 

Toro salvaje (Martin Scorsese, 1980)

La neblina cubre el cuadrilátero, los flashes rompen con la oscuridad, el campeón LaMotta hace sombra, todo es aire en el plano. La pelea no tiene otro rival que él mismo. Esta obra maestra de Scorsese tiene el boxeo por excusa, en lugar del boxeo pudo ser el diseño de interiores. Su amigo De Palma quedó deslumbrado: “No importa cuánto te esfuerces. No importa lo bueno que seas. Siempre está ahí Martin Scorsese”.

 

Tres colores: Azul (Krzysztof Kieślowski, 1993)

Todo lo que vemos es un coche familiar y una niña en el asiento trasero. La niña se aburre, juega con un plástico azul que se escapa, observa con atención la velocidad de los coches. Al minuto descubrimos que algo malo ocurre en el vehículo familiar, pierde aceite y la niebla hace imposible la visión de la carretera. Un muchacho escucha un golpe, ve el coche siniestrado, se llena de un humo y un balón hinchable escapa por la puerta. No hay más movimientos. Un comienzo trágico y terrible tratado con el pulso de un genio.

 

El rey león (Rob Minkoff y Roger Allers, 1994)

El amanecer en un paisaje salvaje de África. Los animales intuyen la noticia, todos marchan a paso rápido, atravesando llanuras y humedales, para asistir al nacimiento del heredero: el Rey León. Una de las escenas más icónicas de Disney y seguramente de nuestras infancias. Es imposible olvidar aquella canción: El ciclo sin fin.

 

Toy Story (John Lasseter, 1995)

El plano subjetivo desde los ojos de Woody es maravilloso. Su rostro inerte pero feliz, la diversión del niño y Tienes un amigo en mí como hilo musical. Pixar revolucionó el mundo de la animación con esta película, un proyecto que llevaba años desarrollando en una paciente espera; no pudieron desarrollarla hasta que la tecnología alcanzó el nivel de las ideas.

 

El club de la lucha (David Fincher, 1999)

“Lo sé porque Tyler Durden lo sabe”. El inicio de la película es el inicio de la última parte. Toda una estrategia para hacer volar por los aires el mundo. El manejo de los tiempos es fabuloso, igual que las transiciones entre secuencias, como siempre ocurre en Fincher. Un viaje de la cámara desde lo alto del edificio hasta el subsuelo, donde está preparada para estallar un furgoneta blanca. “En cierto modo, me di cuenta de que todo esto –el arma, las bombas, la revolución– tenía algo que ver con una mujer llamada Marla Singer.

 

Pozos de ambición (Paul Thomas Anderson, 2007)

Daniel Painview pica y pica en el pozo. Es 1898. No hay nadie cerca, nadie que le ayude. Hay un aviso de tormenta cuando Daniel descansa. Después continúa y pica y pica, coloca un explosivo para seguir picando en la mina y poco después sufre un accidente que le deja varios huesos rotos. Así es el comienzo del camino de un minero desde la miseria hasta la riqueza más absoluta. La explicación la tiene el petróleo.

 

Malditos bastardos (Quentin Tarantino, 2009)

Lo más recordado del comienzo de la película es el momento en que llegan los nazis a la casa y ametrallan a la familia escondida bajo el suelo. Sin embargo, hay un momento que es puro cine, cuando apenas se intuye la llegada de esos nazis a la casa en algún lugar de la Francia campestre. Una mujer tiende una sábana y, al oír a lo lejos el rugir de varios motores, corre la sábana como lo haría con una cortina. Tarantino da play a la música y observamos varios vehículos acercarse. Los dueños de la casa estaban esperando el momento, solo que no sabían cuándo llegaría.

 

Melancolía (Lars von Trier, 2011)

Dijo el autor danés que se trata de “una bella historia de amor sobre el fin del mundo”. Es eso lo que nos encontramos desde este inicio, el prólogo de la historia, con lechuzas que caen del cielo –Von Trier no escoge al azar los detalles–. Cada plano es un lienzo, aparece Kirsten Dunst bellísima –la idea original fue Penélope Cruz como protagonista–, somos testigos con la música de Wagner del impacto de otro planeta sobre la Tierra. Algunos críticos tacharon la escena de excesiva… y lo es, al tiempo que hermosa.

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