Dentro del festival de reguetón más grande del mundo: “Esto es un perreo decente”
Foto: César Vicuña

Cultura

Dentro del festival de reguetón más grande del mundo: “Esto es un perreo decente”

Cerca de 75.000 asistentes abarrotaron el recinto del Flow Fest, en Ciudad de México, para ver a J Balvin, Ozuna o C. Tangana

por Beatriz Guillén

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Al salir de un metro abarrotado por muchachos con jeans y mochilitas, en Ciudad Deportiva sobresalen los gritos de vendedores que rastrean entradas. Hombres y mujeres apostados a cada paso insisten: “¿¡Sobran boletos?!”. No hay reventa a las puertas del Coca-Cola Flow Fest, el festival de música urbana más grande del mundo, que se celebra en Ciudad de México. Cerca de 75.000 asistentes para ver en directo a referentes del reguetón y del trap como J Balvin, Ozuna, Anuel AA o C. Tangana.

Los jóvenes ignoran el ruido y siguen su camino en formación hacia alguna de las puertas de entrada del Autódromo de los Hermanos Rodríguez. Un hombre se interpone, casi cubierto entero, con un cartel: «No sigáis a las jodidas estrellas del pop, seguid a Jesucristo». Policías y sus carros, taxis arriba y abajo, tacos y tortas. Todo se mezcla en una acera estrecha y un carril invadido del caótico Viaducto Río de la Piedad. “Gorras a 50, gorras a 50”. Por poco más de dos euros, te llevas a Sech o el lema “Real hasta la muerte” en estampado flúor sobre negro.

En un país donde el salario mínimo ronda los 3.000 pesos mensuales (unos 150 euros), las entradas para el Flow Fest salieron a la venta por 33 euros y casi duplicaron su precio los días previos al evento. Entre las 75.000 almas que han ido a este tercera edición del festival, hay jóvenes de Mixhuca y de la lujosa Interlomas, que van a la universidad pública mexicana y a la Anáhuac (donde estudia la hija del expresidente Peña Nieto). El perreo no entiende de barrios.

Imagen del concierto de Danny Ocean en el Flow Fest. | Crédito: Ocesa | Lulu Urdapilleta

Son las 17:45 y, puntualísimo, aparece deslizándose sobre el escenario un chándal naranja que lleva dentro a Danny Ocean. El venezolano, autor del Dembow, trae poco aparataje y justa fiesta. El punto exacto para que todos graben con sus móviles y las parejas se abracen fuerte. Mientras, las cámaras que proyectan imágenes sobre el escenario enfocan una tras otra a jovencísimas chicas subidas a hombros. De ellos, ni rastro en las pantallas.

Bruno lleva camiseta negra, vaqueros y mochila rosa. Tiene 22 años y aparato. Le agrada todo el cartel del festival, pero nos dice emocionado que no nos vayamos a perder a Uzielito Mix (un DJ y estudiante mexicano de 21 años que se ha convertido en una revelación en el país), que tiene “todo el ritmo”. Ha venido con un compañero de su clase de Ingeniería de Sistemas, René, y otra amiga que cursa Arquitectura, Aura. Los tres estudian en la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) y esperan animados en la cola de la bebida. Nos hablan del vi ai pi, que estaba carísimo, y de que no han escuchado nunca a C. Tangana: “¿Ese era de Madrid?”.

“Una bulla para los hombres que mandan en su casa. Y otra para las mujeres solteras”. Guaynaa pide y entonces todos gritan. A este puertorriqueño, de 26 años, algunos medios mexicanos le auguran un futuro claro como estrella del reguetón.

Este año ha sacado sus dos éxitos: Rebota y Rebota Remix, juntos suman más de 600 millones de reproducciones en Youtube y Spotify y su letra dice así: «Mamarre, mamarre, mamarre, mamarre. / Como lo mueve esa muchachita. / Le mete al dembow y no se quita. / Yo tengo el ritmo que la debilita. / Ella tiene nalga y tetita, nalga y tetita». Este último verso estaba disponible en camisetas en la zona extraoficial del merchandising del festival.

Guaynaa cantó su gran hit dos veces, una antes y otra después de entonar a su manera El rey, la ranchera escrita por José Alfredo Jiménez. Lo hizo para contentar a la masa mexicana, pero aún se oyó alrededor: «¡Cómo se atreve!».

Ya es noche cerrada en Ciudad de México y Anuel AA, también puertorriqueño y también millenial de 26 años, sale con fuegos y un equipazo de bailarinas al escenario. «¿Dónde están las mujeres solteras y a cuántas han dejado solitas esta noche?». Y dale, erre que erre.

Anuel es hijo del empresario José Gazmey, vicepresidente de Sony Music en Puerto Rico durante 12 años, y novio de Karol G, una reguetonera colombiana mucho más famosa que él con quien canta temas como Culpables o Secreto. Anuel nombra mucho a su pareja durante el concierto —hasta pone fotos y vídeos de ella— pero no tanto como repite sin cesar: «Bebecita, ua».

El cantante de Ella solo quiere beber fue condenado en 2016 a dos años de cárcel por posesión ilícita de armas. El mismo día que salió de prisión lanzó su primer disco: Real hasta la muerte. Con el que está aquí todavía de gira. Tiene tantas colaboraciones y tantas con el plantel del festival —Ozuna, J Balvin o DJ Luian— que es muy fácil terminar escuchando varias veces la misma canción.

Anuel AA en el Flow Fest. | Crédito: AP Photo | Ginnette Riquelme

Óscar está muy quietecito durante todo el concierto de Anuel. De vez en cuando saca el móvil, graba algo, algún trozo, lo guarda. Es estudiante de Psicología y espigado. 21 años, chándal y gafas pequeñas. Está solo y no bebe nada. Ha venido exclusivamente desde Chiapas (al sur de México) para ver a su ídolo: J Balvin. Más de 800 kilómetros para este concierto. «Dos horas en avión, no más». Duerme en un Airbnb y al día siguiente, vuelta a casa. Lo perdemos de vista entre el gentío, comienza el show.

Todo en el Flow Fest es un ensayo hasta la llegada del verdadero rey de la música urbana del momento. J Balvin sale a ritmo de «si el pueblo pide reggaeton, reggaeton. No se lo vo’ a negar, reggaeton, reggaeton”. Y todo palpita.

La respuesta de 75.000 devotos de su música consigue que José Álvaro Osorio Balvín se arrodille en el escenario, se cubra la cabeza con las manos y casi llore. Da las gracias, muchas veces. Hace seis u ocho años nadie apostaba por el reguetón. Ahora es una realidad. Estamos moviendo las masas. Gracias por apostar por la música urbana”, dice ya levantado y orgulloso. 

Crédito: Ocesa | Lulu Urdapilleta

J Balvin rompe el tabú de la depresión

Varios gestos valientes distinguen a Balvin del resto de autores. Aquí no hay llamamientos a las mujeres solteras sino mensajes para Trump por los niños que están «enjaulados» en la frontera de México con Estados Unidos.

Justo después de cantar Ginza («si necesita reggaeton ¡dale!»), Balvin rompe un tabú al contar delante de 75.000 personas que le idolatran que ha tenido depresión: «Si alguno de ustedes está pasando por un mal momento miren la luz, porque a mí también me pasa, porque yo soy igual que ustedes, mis hermanos. No confundan la fama con la felicidad. Hay días que no me quiero levantar. Yo también voy al psiquiatra, al psicólogo, busco en Dios la ayuda para pasar los momentos difíciles. A mí no me da pena, tengo el valor y los cojones para hablar de la depresión y la ansiedad, es una realidad”.

El colombiano también lanza un mensaje hacia su país, inmerso en protestas ciudadanas contra el presidente Iván Duque. «Que los quiero, que los amo, que estoy con ustedes y que estoy haciendo patria trabajando por un mejor futuro para nuestro país». Balvin se apresura a añadir que no se define «ni de izquierda ni de derecha» porque «lo importante es ser derecho en la vida» y «no pasar por encima de nadie». Termina pidiendo «buena vibra» y dar una luz con los móviles «que sirva de oración para Colombia». A José siempre se le obedece y, de repente, todo el festival parece iluminado.

J Balvin durante su concierto en el Flow Fest. | Crédito: Ocesa | Lulu Urdapilleta

En un fallo claro de organización, J Balvin se solapa con la otra cabeza de cartel del festival: Ozuna. Ríos de gente tratan de llegar de un escenario a otro para ver al negrito de ojos claros. El puertorriqueño anuncia aquí la fecha de salida de Nibiru, su tercer disco, para el 29 de noviembre. Después de más de una hora de concierto, Ozuna confiesa que no se quiere ir todavía. Termina tarde y cuando lo hace la mayoría del recinto se vacía.

Aún queda el último concierto de la noche, el del único español: C. Tangana. El madrileño comienza con retraso su show, más de 30 minutos, con el reloj apretando. Prueba de luz y de sonido, y otra de luces. El público se impacienta, lleva más de 13 horas de música y son casi las dos de la mañana. «Pinche Pucho, sal ya». «No mames güey, que nos vamos». «Señora, que no es J Balvin». Los mismos que increpan, corean Puchito en cuanto Tangana pone un pie en el escenario. Sale y detrás proyecta cuidadísimas imágenes de una cadena gigante de oro —coronada con su cabeza— o de su nombre en neón.

Dice Tangana que solo va a poder cantar tres canciones, que no le dan más tiempo, que lo quieren mandar «pa’ Madrid». Dice que para devolver el cariño que México siempre le ha dado, va a quitarse una (y se la cede a El Alemán, un conocido rapero mexicano que manda brincar a todos los supervivientes). Dice que quiere hacer honor al perreo de festival y canta Booty (sin Becky G, claro). Y cuando pregunta al público con qué canción quieren que cierre, se apagan los micros y las pantallas. No puede despedirse más que tirando un beso desde el escenario. Muchas horas de viaje para 20 minutos de concierto.

«Culeros», gritan algunos. Pero en general, resignados, todo el tropel de fans del reguetón abandona tranquilamente la curva cuatro del autódromo Hermanos Rodríguez. Como había anunciado, Guaynaa horas antes, al final, «esto es un perreo decente».

Beatriz Guillén

Periodista y feminista, sin cacofonías. No me creo lo de "millennials are killing". He aprendido en El País y Materia. Hay gente ahí fuera haciendo cosas alucinantes. Vamos a contarlas.