Desde mi ventana: Distopía
Foto: Paz Juristo

Cultura

Desde mi ventana: Distopía

Delirios, aforismos y microrrelatos inspirados por el confinamiento

por Álvaro del Castaño

Actualizado:

En The Objective tenemos el placer de publicar en exclusiva los primeros capítulos del nuevo proyecto literario del novelista Álvaro del Castaño, Desde mi ventana, escritos en Londres durante los días de cuarentena.

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Desde mi ventana: Distopía. Un cuento

 

Las gotas de lluvia se deslizan por la ventana, arrastrando consigo la suciedad acumulada en su superficie. 

Goterones negros. 

La ciudad duerme a mis pies, y no consigo recordar su nombre. La noche es fría, la luz nos abandonó hace tiempo. Hay poca luz. 

Repito, hay poca luz.

Las calles de la ciudad son cloacas que arrastran riadas de seres humanos a los desagües del destino. 

Goterones negros.

Veo pasar gente debajo de mi atalaya. Estos ríen a grandes carcajadas. Vociferan, quebrando el silencio de los que pretenden pensar. Son la pestilencia de la humanidad. Sin cultura, gente que no ha leído un libro en su vida. Gente educada por los flashes de información falsa. Gente que nunca se ha esforzado. Gente con derechos pero sin obligaciones. Son la casta que ha generado nuestro estado del bienestar. Son tremendos inocentes de su inmensa miseria, pero culpables por no tomar las riendas de su ambición. Los hemos dejado solos, y son unos verdaderos inútiles, carecen de compás moral. Mea culpa. Han abandonado sus creencias religiosas y sus raíces culturales, y se enganchan a nuevas batallas pseudo religiosas con un fervor esquizofrénico. Capitanean movimientos sociales, de los que son víctimas y que los utilizan en beneficio de sus líderes. Los sumos sacerdotes de la nueva religión escupen sus mensajes envenenados a las almas basurero que recogen cualquier inmundicia que les cae encima. Son receptores predestinados. Son los vertederos intelectuales del siglo XXI. Son los esclavos de la nueva casta.

Esas víctimas de aspecto humanoide desprovistas de ética, embebidas de ego y sin logros respetables que destacar, no me dan asco. Me dieron pena en su momento, y luché por cambiar su curso. 

For sale, baby shoes, never worn (en venta, zapatitos de bebé, nunca usados).

Además les robaron la ejemplaridad de su sufrimiento, pues este era común, era una experiencia compartida con su comunidad. Habían sido involuntariamente incluidos en ese club de los damnificados por el virus, donde todo el mundo era víctima, y en el cual perdían su individualidad y protagonismo. Rabia. 

La sociedad decidió tras la pandemia abandonarse al populismo y a las recetas del odio. Culpable el que está mejor. Culpable el que se siente mejor. Culpable el que lucha por ser mejor. Culpable el que tiene esperanza. Caza al que tiene un pensamiento o algo que yo no tengo. Odio al que fue previsor. Odio al que trabaja duro. Odio al que se esfuerza. Odio al sacrificio.

El daño producido por el virus es desproporcionado. El dolor que sentimos es invisible, una herida escondida. Nadie la ve. 

Goterones negros. 

El gobierno en su total inutilidad, fue prometiendo más y más al pueblo, pero eran promesas imposibles de cumplir. Con esos mensajes hundían cada vez más al pueblo en su incapacidad. Esto pasará, decían, pero lo que no decían es que lo bueno ya pasó también. Se fue para no volver. La verdad a la que tenemos que enfrentarnos ahora es que solo la muerte acaba con la capacidad de cambio de la vida. 

Parafraseando a Winston Churchill, no hubo sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor. (blood, toil, tears and sweat).

Las masas borrachas de su nueva religión, la de los derechos adquiridos, estaba desprovista de un código de conducta con el que saber luchar. Sin capacidad de superación, sin ambición, eran como un niño mimado al que sus padres le dan todo los que el pide. Pero cuando este llega a su madurez, es entonces incapaz de sobrevivir por sí mismo, y se hunde en el pozo de la depresión. El agujero negro del “no es justo”, del ‘no me merezco esto”. Es el yacimiento de la envidia, el rechazo a todos aquellos que tienen un código de valores constructivo. Es la semilla del resentimiento. Era el populacho empobrecido, herederos de las políticas bolivarianas que les sometieron irremisiblemente en la miseria moral y económica más absoluta. Es muy fácil controlar a las masas empobrecidas dándoles mínimas migajas subvencionadas, pues sus vidas dependen de la “generosidad” de sus administradores. Como no había un enemigo común, ni un salvador común a falta de fe, se unieron en la desesperanza. No hay salvador. Y por esa rendija penetró el populismo.

Bajo mi mirada, estos rebaños beben, gritan y se odian entre sí. Hay algunos pocos, los héroes que se mantienen firmes, pero las masas salen a su caza con sus arcos y flechas. Fogonazos de claridad que se extinguen ante la riada de populismo imperante.

Desde mi atalaya, la lluvia sigue golpeando la ciudad. La ciudad se ha ahogado. 

Goterones negros.

Game over.

 

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ÍNDICE

Capítulo 1: Tempus Fugit

Capítulo 2: Mi casa es mi castillo

Capítulo 3: La belleza de la amistad se encuentra levemente implícita

Capítulo 4: Mirada furtiva. Un cuento

Capítulo 5: El gran desnivel

Capítulo 6: Inés

Capítulo 7: Una idea original

Capítulo 8: Morir solo

Capítulo 9: Atroz

Capítulo 10: Ángeles

Capítulo 11: Miedo

Capítulo 12: Los Errantes

Capítulo 13: Distopía. Un cuento

Álvaro del Castaño

Vivo en Londres y trabajo en un banco de inversión. Soy novelista, pero mis novelas no nacen de una vocación literaria, sino de una necesidad vital. Observo la realidad con distanciamiento.