Desde mi ventana: Mirada furtiva. Un cuento
Foto: Paz Juristo

Cultura

Desde mi ventana: Mirada furtiva. Un cuento

Delirios, aforismos y microrrelatos inspirados por el confinamiento

por Álvaro del Castaño

Actualizado:

En The Objective tenemos el placer de publicar en exclusiva los primeros capítulos del nuevo proyecto literario del novelista Álvaro del Castaño, Desde mi ventana, escritos en Londres durante los días de cuarentena.

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Desde mi ventana: Mirada furtiva. Un cuento

 

Es mi paseo diario en dirección a Battersea Park. Son tiempos de reclusión, son tiempos de silencio. Salgo a pasear pero no tengo contacto con otros seres humanos.

La melancolía me empuja, el automatismo de mis movimientos es lo que dirige mi voluntad. No quiero hablar con nadie. Tengo más de 1.000 mensajes de WhatsApp. No me interesa el virus, no leo los periódicos, no cojo el teléfono, estoy agotado, y aburrido. No existo. Pero tengo la suerte de estar solo. No se me puede morir nadie en el mundo. Ese pensamiento me llena de serenidad. Puedo ser egoísta, no pensar en nadie. Podría estar otra semana sin hablar con nadie, podría estar muchos meses sin pensar en nadie. ¿Quién es alguien? ¿Dónde están? No los echaría de menos. 

Mi trabajo es digital, no hay relaciones humanas, todo lo hago por escrito. Yo podría ser una máquina dotada de inteligencia artificial que respondiera exclusivamente a los estímulos diarios de mi profesión. Algún día, no queda mucho, seremos sustituidos por autómatas, o por programas inteligentes, pero por ahora sobrevivimos en actividades donde hay que tomar decisiones, en trabajos artísticos y de creación. El resto está automatizado. Estamos alimentando a la bestia. La bestia nos va a devorar.

Cruzo Battersea Bridge ante la apocada mirada de aquellos con los que me cruzo. ¿Están allí o son un holograma que proyecta mi imaginación? ¿Realmente han salido de casa? No quieren hacer contacto visual, bajan la mirada, que se pierde en el asfalto. El asfalto es un agujero negro que absorbe los reflejos de todas las retinas cobardes. La brisa húmeda acaricia mi rostro, y mis ojos se humedecen. El río lleva bruma protegiendo a sus aguas. Casi sonrío.

Enfilo la entrada del parque, giro a la izquierda y camino en paralelo al río. Estoy encerrado en mis pensamientos escuchando Mythodea de Vangelis a través de mis cascos que eliminan el ruido exterior. Vivo dentro de mi. Los oídos me pitan, el tinnitus me acompaña y me recuerda que no soy un ser superior. 

¿Hay gente a mi alrededor? Quizá, pero no lo sé, hace tiempo que no observo lo que me rodea. Ahora todos nos ignoramos, no existimos los unos para los otros, la humanidad se ha deshumanizado, todo se hace con filtro. 

El calor humano solo existe cuando juntamos nuestras propias extremidades, es el calor propio. Solo recuerdo el aroma de mi madre, y la seguridad que me transmitía químicamente cuando yo me abrazaba a ella de pequeño. No hacía falta que me hablara. Solo con alzarme en el aire y abrazarme, depositando mi cabecita contra su pecho era suficiente. Ese olor dulce, ligeramente especiado de una madre, ya no existe.

Huelo el río, huelo la humedad, huelo la falta de cariño, huelo el vacío.

El miedo impera en las miradas, campa a sus anchas, y la soledad azota. 

Camino sin destino, buscando lo que nunca podré encontrar. Agotado por el fardo tenebroso que me acosa, me siento en un banco mirando a la otra orilla. Observo a mi “otro yo” de Borges, que me mira desde la lejanía. Es imposible bañarse dos veces en el mismo río, ya que uno y el río, no son los mismos, balbuceo sin escucharme.

Londres está vivo, pero huele a muerto. Se mueve, pero no tiene alma. Palpita, pero no tiene corazón. 

Me llevo las manos a la cabeza y hundo mi cara entre ellas, acercándomelas a mi regazo. Lloro en silencio. Ahogado en mi sollozo recuerdo que el día es frío y que está nublado. Me sorprende que siento calor, en el lado derecho de mi mejilla, expuesta a la intemperie en la parte que no ocupan mis manos o mis lágrimas. Mi mente procesa la información y recuerda. ¿Es la suavidad de una mirada intensa e inocente ese recuerdo azaroso de alguien que te presta atención? ¿Es la carantoña del fondo del alma? 

La seguridad de que alguien sabe que existo. Giro mi cabeza ilusionado, casi azorado, sabiendo lo que voy a encontrar. Veo una niña de siete u ocho años, que aún no sabe que la humanidad, ni los hombres, han desaparecido. ¿Mis plegarias han sido escuchadas? Está sola y sentada a mi lado. Está quieta, sonriendo con sus ojitos chispeantes llenos de vida, porvenir e ilusión. Ladea la cabeza hacia un lado para enfocarme mejor con la mirada, y me señala con su pequeño dedo índice. No me habla, no me dirige la palabra, pero me dirige toda su atención. Sus cabellos rojizos mecidos por el viento golpean dulcemente su cara e interrumpen su mirada. Cuando cierra los ojos se me hiela el alma. Cuando me observa otra vez, el sol ilumina mi corazón. Ella lucha por mirarme con ternura, por mantener su atención en mí. Su audacia me deslumbra. Su mirada rebosa generosidad. 

Lloro. Me vacío. Pestañeo. 

Pero nunca hubo una niña. 

Habemus Deus?

 

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ÍNDICE

Capítulo 1: Tempus Fugit

Capítulo 2: Mi casa es mi castillo

Capítulo 3: La belleza de la amistad se encuentra levemente implícita

Capítulo 4: Mirada furtiva. Un cuento

Capítulo 5: El gran desnivel

Capítulo 6: Inés

Capítulo 7: Una idea original

Álvaro del Castaño

Vivo en Londres y trabajo en un banco de inversión. Soy novelista, pero mis novelas no nacen de una vocación literaria, sino de una necesidad vital. Observo la realidad con distanciamiento.