Desde mi ventana: Tenebrae
Foto: Paz Juristo

Cultura

Desde mi ventana: Tenebrae

Delirios, aforismos y microrrelatos inspirados por el confinamiento

por Álvaro del Castaño

Actualizado:

En The Objective tenemos el placer de publicar en exclusiva los primeros capítulos del nuevo proyecto literario del novelista Álvaro del Castaño, Desde mi ventana, escritos en Londres durante los días de cuarentena.

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Desde mi ventana: Tenebrae

 

He recibido un regalo inesperado, algo que me ha conmocionado y ha cambiado mi estado de ánimo repentinamente. He sido el afortunado, he sido el uno-entre-un-millón. Gracias. No buscaba, pero encontré.

Ha sido un descubrimiento que me ha ayudado a alumbrar el tenebroso estado de ánimo en el que a veces estoy sumido en este encierro. La felicidad sensorial es un conjunto de destellos de luz, fogonazos de calor a flor de piel. Es la total sorpresa de encontrarse con algo deslumbrante. Sentir que tu piel se eriza percibiendo algo único, por primera vez. Cuestionarte qué posición ocupas en el cosmos. ¿Cómo es posible tanta belleza?

Vivimos un continuo Vía Crucis, persiguiendo esas escasas vibraciones esquivas que cada vez se distancian más en el tiempo, a medida que uno pierde la capacidad de sorpresa. Estábamos en el tiempo del consumo rápido, de la poca paciencia, del déficit de atención, de la necesidad de pasar a la siguiente sensación sin haber analizado y catalogada la que acabamos de sentir. Vivíamos instalados en el vicio automatizado de pasar página, incluso antes de haber empezado a sentir. Estábamos abocados por la vida moderna a dejar de disfrutar lo que no estimula inmediatamente nuestros degradados sentidos, tan huérfanos de percepción.

Y… ha sido música. Esa que antes se escuchaba con atención y a veces con devoción. Esa música que ahora se consume y antes se sentía y se atesoraba. Ahora, en los tiempos modernos, la música ha sido degradada, y tanta selección y elección casi gratuita arruina el valor del arte. Ahora la música es consumo.

Pero el confinamiento nos ha devuelto a algunos a la vida vivida despacio, con mimo, y nos ha arrojado a nuestros orígenes, casi a nuestros instintos. Ahora tenemos otra vez el tiempo para disfrutar, y para invertir en sensaciones y analizarlas con detenimiento.

Recibí el Miserere Mei, Deus por casualidad, gracias a una amiga. Un WhatsApp, como el que recibimos todos los días en incontables ocasiones, uno de los cientos de vídeos mayoritariamente inútiles que las redes sociales nos escupen. Gracias a Dios, ahora he desarrollado el criterio de selección del que antes carecía, cuando vivía aún frenéticamente instalado en el desvalorizado presente, en aras de un futuro que huía de mis manos. En el confinamiento, y desde mi ventana, sopeso lo que veo y lo que leo, y también elijo cuándo hacerlo. 

Miserere mei, Deus (ten piedad de mí, oh Dios) por haber vivido sin la caricia de la fantástica y fantasmagórica obra maestra de esta composición coral ¡a cappella

Y tengo que reconocer que he sido doblemente tocado por esta obra, tanto por su belleza como por su extraordinaria historia. 

Primero porque consiguió hacerme viajar en el tiempo. Sus secuencias para coro de nueve voces, en el estilo de la polifonía renacentista, intercaladas con párrafos gregorianos, me concedió el privilegio de instalarse físicamente en el medievo, sintiendo el calor de un hábito de algodón tosco contra mi piel, gozando el roce de sus voces en mi alma, padeciendo del frío húmedo de una iglesia románica. Los agudos de sus voces mantenidos entre las cuatro paredes de esta capilla casi a oscuras, al anochecer, terminan explotando en mis sentidos con relámpagos eléctricos. Escondido tras el manto de las tinieblas de los oficios Tenebrae, que se desarrollaban en la antigüedad los últimos tres días de Semana Santa, los cantos de esas voces magistrales flotan en el aire, ascienden hasta el infinito y golpean los muros de piedra de la capilla como una ola golpea la orilla del mar. Un ritmo regular pero siempre singular. Una ola que se desdobla en pequeñas olas. Cada una con su propia cadencia. La sensación de poder abarcar en mi mente nueve voces, todas distintas, de seguir a cada una de ellas por separado dentro del gran conjunto es prodigiosa. El coro me canta a mí, a mí solo, no hay nadie más. Esa soledad me acerca a lo sublime, es una meditación, es estar en trance.

Tras casi quince minutos flotando en el cosmos, se hizo el silencio y abrí los ojos para volver a la realidad del confinamiento. Sumido en un estado de tranquilidad y paz, decidí bucear y descubrir el origen y la historia de esta genialidad. Sabía por instinto que su increíble historia estaría a la altura de la calidad de esa obra maestra.

Miserere mei es un himno litúrgico, compuesto en 1638 para uso exclusivo de la capilla Sixtina en el Vaticano, donde solo se representaba en los oficios Tenebrae en semana santa. Era una música accesible a los papas y muy pocos más, completamente prohibida y totalmente secreta, bajo peligro de excomunión, solo representada en la Capilla Sixtina los tres días antes de Semana Santa. Hasta 1770 solo hubo tres copias fuera del Vaticano, una para un Emperador romano, otra para un rey de Portugal y finalmente a un maestro sacerdote. Pero nunca logró representarse en toda su grandeza puesto que la mayor parte de su belleza, según la tradición renacentista, se derivaba de sus ornamentos, de las ornamentaciones musicales de sus cantantes. Estos abbellimenti (embellecimientos) solo se recogían por tradición oral y su transcripción musical no recogía estos detalles esenciales para su representación en toda su grandiosidad. Su disfrute fue durante siglos patrimonio exclusivo y secreto del corazón de la iglesia. Hasta que llegó el genio de Mozart, que la escuchó en Roma, con tan solo catorce años. Solamente el talento de Mozart, que la escucha una vez y consigue milagrosamente transcribirla de memoria, de carrerilla, y recogiendo todos los abbellimenti que nadie había logrado transcribir hasta entonces. Contra todo pronóstico, el Vaticano, en vez de excomulgarlo, le otorga una de las más grandes condecoraciones de la época: La Orden del Espolón Dorado.

Siéntense, acomódense, y abandonen por un rato el mundo y el ahora, y dediquen quince minutos a estar con Dios. Puede ser cualquier Dios, la belleza más sublime o la simple perfección. 

Obra de arte, meditación, genio secreto, tinieblas: Miserere mei es lo más cercano a estar sentado a la derecha de Dios.

 

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ÍNDICE

Capítulo 1: Tempus Fugit

Capítulo 2: Mi casa es mi castillo

Capítulo 3: La belleza de la amistad se encuentra levemente implícita

Capítulo 4: Mirada furtiva. Un cuento

Capítulo 5: El gran desnivel

Capítulo 6: Inés

Capítulo 7: Una idea original

Capítulo 8: Morir solo

Capítulo 9: Atroz

Capítulo 10: Ángeles

Capítulo 11: Miedo

Capítulo 12: Los Errantes

Capítulo 13: Distopía. Un cuento

Capítulo 14: Esperanza

Capítulo 15: La peste

Capítulo 16: Estulticia

Capítulo 17: Gashin-Shōtan

Capítulo 18: Tenebrae

Álvaro del Castaño

Vivo en Londres y trabajo en un banco de inversión. Soy novelista, pero mis novelas no nacen de una vocación literaria, sino de una necesidad vital. Observo la realidad con distanciamiento.