Desirée Bela-Lobedde: «Los medios perpetúan los prejuicios que pesan sobre un montón de minorías en España»
Foto: Luciana Hoffmann

Cultura

Desirée Bela-Lobedde: «Los medios perpetúan los prejuicios que pesan sobre un montón de minorías en España»

La activista y comunicadora Desirée Bela-Lobedde publica su segundo libro, 'Minorías. Historias de desigualdad y valentía', un retrato de las discriminaciones cotidianas contra las que luchan numerosos colectivos en nuestro país 

por Pablo Jiménez Arandia

Desirée Bela-Lobedde (Barcelona, 1978) cita una frase de la científica francesa Marie Curie en la introducción de su nuevo libro, Minorías. Historias de desigualdad y valentía (Plan B): «Dejamos de temer aquello que se ha aprendido a entender». Bela-Lobbede, comunicadora, activista antirracista y mujer afro-descendiente, invita en esta obra a sentarnos a tomar un café con catorce mujeres que representan nueve historias. Todas ellas atravesadas por la discriminación y los prejuicios, pero también por la valentía de sus protagonistas. «El libro es una invitación a ir más allá de las etiquetas que envuelven a algunos colectivos», cuenta la autora con su tono calmado, al otro lado de la pantalla. 

En 2018 Bela-Lobedde publicó Ser mujer negra en España, una crónica para desmontar mitos y llamar la atención sobre las barreras que la población negra enfrenta diariamente en nuestro país. En esta ocasión las protagonistas son personas como Valérie, una prostituta que ejerce de forma libre y voluntaria su profesión; Safia, hija de inmigrantes que tiene que pelear hasta la extenuación por sus derechos; Yos, una persona transexual que llegó a España escapando de su Venezuela natal; Montse, una joven con síndrome de Down empeñada en derribar barreras; o las hermanas Sey, actrices y artistas afro-españolas que se han hecho un hueco en la escena cultural del país. 

En el contexto de este libro, ¿a qué te refieres exactamente cuando hablas de «minorías»? 

Después de haber escrito mi primer libro, hablando de mi experiencia como mujer negra en España, quería hablar con otras mujeres que pertenecen a grupos o comunidades que viven situaciones de discriminación y prejuicios. Comunidades sobre las que pesan unas etiquetas determinadas, generalmente negativas.

Esto de llamarnos minorías no atiende muchas veces a una razón numérica sino a cuestiones políticas de poder y privilegio. Y de quién maneja y quién construye las narrativas y las políticas. No es que seamos minorías sino que somos grupos minorizados a los que se nos desprovee muchas veces de poder para que sintamos efectivamente que somos menos o que estamos más abajo. 

A lo largo del libro relatas numerosas situaciones de discriminación, en diferentes formas y contextos. ¿Cuáles destacarías, por ilustrativas, de los problemas que afrontan estas comunidades en España? 

Hay tantas… Por un lado, si hablamos de racismo institucional, recomendaría el capítulo de Safia, para saber todo lo que implica conseguir un NIE (Número de Identidad de Extranjero). Estar en situación administrativa irregular y todo lo que cuesta regularizar una situación como esta. Esto es algo que la gente desconoce muchísimo. 

Y en relación al racismo más cotidiano, podríamos poner muchos ejemplos. Por ejemplo el caso de Anna Fux, que es filipina. Cuando la insultan la llaman «china de mierda», ¡sin ser ella china!. O el caso de Iman, quien después de unas vacaciones vuelve al instituto con el hiyab puesto. En ese momento todo cambia a su alrededor. Hasta entonces ella tenía una relación con sus compañeros y compañeras y de repente todo cambia sólo porque lleva un pañuelo en la cabeza. O el de Silvia, una mujer gitana, y todo lo que pasa alrededor de su comunidad y las mujeres…       

Habitualmente dices que la lucha contra el racismo y la discriminación es como una carrera de fondo. ¿En qué momento crees que estamos en esa pelea?

Yo no me planteo este camino como una línea recta. Sino que lo entiendo más como algo cíclico. Sí que es verdad que hay avances y que se van consiguiendo mejoras en ciertos aspectos. Pero también van apareciendo otras fuentes de desigualdad, que obligan a poner el acento ahí.

Por ejemplo nos encontramos ahora en un momento que sí hay una cierta consecución de derechos pero de repente la extrema derecha sube de forma abrupta. Estamos consiguiendo más derechos civiles pero de repente la pandemia pone de manifiesto la vulneración de derechos humanos de muchos colectivos, que ya de por sí estaban marginalizados. En determinados países se están produciendo vacunas y se está vacunando a un ritmo frenético, ¿pero cómo se está gestionando esto en los países del Sur global? Hablar en términos de avances cuando todo está tan mezclado y es un entramado tan complicado es difícil.

Ahora que lo mencionas, ¿cómo crees que hay que responder ante mensajes abiertamente racistas como los de VOX durante la reciente campaña madrileña?

La mayor parte de sus mensajes son propaganda y contienen datos mal interpretados o directamente falseados. Yo creo que hay que contrastar y ofrecer todo el tiempo información veraz para desmontar estos mensajes y evitar sus efectos propagandísticos sobre la gente. Hay que aportar información y datos contrastados, para que la gente vea que todo es infundado.

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Imagen vía Editorial Plan B.

También has comentado que el propósito de este libro es «predisponer» a quien lo lea a conocer otras realidades. Como un modo de derribar muros, muros construidos en parte desde los medios de comunicación… 

Si en tu entorno no tienes a gente diferente a ti, ¿por qué vas a conocer esas realidades? Si vives en tu parcelita y consumiendo los mismos medios de siempre y no tienes acceso a otras historias o perspectivas, ¿pues cómo vas a cuestionar eso que te ofrecen los medios? 

Los medios en general lo que hacen es perpetuar los prejuicios que pesan sobre un montón de comunidades diferentes. Todas las narrativas vertidas sobre las personas negras están siempre relacionadas con la inmigración, con la venta ilegal en la manta, con el trabajo agrario… y no se sale de ahí. Si hablamos de personas marroquíes, la gente piensa en menores no acompañados, en el velo, en terrorismo… eso es lo que todo el tiempo nos muestran los medios. No nos muestran una imagen positiva en términos generales de otros colectivos. Si eso es lo que tú consumes, creerás en eso y a partir de ahí conformarás tu opinión. 

Un libro como Minorías, donde hay conversaciones con personas tan diferentes, a lo mejor te abre la mente a todas esas realidades que ni atisbabas. Y dices: fíjate, yo me estoy cruzando todos los días con gente y les pongo unas etiquetas X sin saber lo que hay detrás. El libro es una invitación a ir más allá de esas etiquetas. Por eso los capítulos tienen los nombres de las protagonistas. Estamos hablando de gente, con unas vidas, un contexto, unas historias… 

El objetivo es que no veamos en esos colectivos una masa informe de personas sin nombres ni apellidos. Que igual que yo, como lector, tengo el derecho y reivindico mi individualidad, las otras personas también la tienen. 

Un elemento que recorre el libro es la falta de referentes individuales para las protagonistas de las historias, sobre todo en su juventud. Algo en lo que ya incidías en tu anterior libro. ¿Crees que esto está cambiando para las nuevas generaciones?

Claro, hay una diferencia abismal. Por ejemplo lo veo con mis hijas. La cantidad, la cercanía y accesibilidad de esos referentes. Con las redes sociales puedes llegar a contenidos de personas con las que sentirte identificada. 

Cuando tenía la edad de mis hijas, todo eso era mucho más difícil, ya no solo en el entorno digital, también en cuanto a libros. Era muy difícil encontrar libros con facilidad y ya ni te cuento sobre referentes en medios de comunicación. Lo que permiten las redes es que tú pases de un medio como la televisión tradicional, a uno en el que tú puedes ir a buscar el contenido que te interesa.

Una de las herramientas que defiendes para que muchos colectivos se protejan ante actitudes discriminatorias son los espacios no-mixtos, como lugares «libres de juicio donde poder sanar y descansar». ¿Puedes ahondar en este concepto? 

Hablo de lugares donde estar tranquila. Y donde no tengas que explicar algo que tiene que ver con una discriminación que tú vives mientras alguien cuestiona o te dice cómo te tienes que sentir respecto a esa cuestión. Los espacios no mixtos muchas veces no son tanto espacios públicos, o actividades abiertas al público, sino espacios más íntimos y en petit-comité. 

Un espacio-no mixto por ejemplo es una comida con mis amigas afro en un restaurante senegalés. Ese momento en el que estoy con personas que tienen una experiencia como yo y en el que puedo hablar de todo el dolor y la ansiedad que me genera estar sometida la mayor parte del tiempo a actitudes hostiles. Ellas lo entienden y por lo tanto no lo van a juzgar y no me van a decir «no te lo tomes así», o «es que tienes la piel muy fina» o «es que ves racismo en todas partes». Sino que va a haber una comprensión. Y ahí yo puedo relajarme y no tengo que estar siempre en alerta porque va a haber alguien cuestionando lo que esté diciendo. 

A esto me refiero cuando hablo de espacios no mixtos, no tanto a actividades organizadas por los colectivos –que también hay, pero son un porcentaje muy pequeño. Porque al final estar en alerta constante erosiona la salud mental de la gente que vive así. Y estos espacios son de relajamiento y tranquilidad.  

Otro fenómeno que habitualmente señalas -y criticas- es esa necesidad de la población blanca de justificarse ante actitudes racistas propias. Lo denominas «fragilidad blanca»…

El hecho de que a una persona blanca se le señale un comentario o actitud racista hace que salte un mecanismo, que se pone en marcha cuando esta persona se siente incómoda. La fragilidad blanca es todo ese despliegue de comportamientos que la llevan a intentar recuperar el confort en la conversación y sentirse de nuevo con las riendas.

Para mí esto también está ligado con un concepto erróneo de lo que es el racismo. Cuando tú crees que el racismo son cosas muy explícitas y violentas, cuando lo ligas a la moralidad y al ser buena o mala persona, y que implica agresiones verbales o físicas… Y te dices: yo no haría nada de eso, con lo cual no soy racista. Ese es un argumento muy simplista para entender lo que es el racismo. Hay que entender que esas conductas que se identifican son la punta del iceberg, de toda una masa de cuestiones más complejas y sutiles. 

Yo constantemente hago el símil con el machismo y el patriarcado y las conductas misóginas. El lenguaje y las actitudes que tenemos son muy machistas, ¿por qué? Porque las hemos aprendido así. Y cuando empiezas a entrar en contacto con las teorías feministas te llevas las manos a la cabeza y descubres todas esas conductas patriarcales o machistas que como mujer sigues teniendo.

Si con el machismo ya hay una mayor predisposición de cuestionar y de hacer ese ejercicio… con el racismo todavía hay una gran incapacidad para hacerlo. Y por eso la fragilidad blanca está tan presente. Hay mucha reticencia a reconocer las conductas racistas propias. 

Contexto

    Pablo Jiménez Arandia

    Periodista y redactor. He publicado en The Objective, CTXT, VICE España, El Salto Diario y Condé Nast Traveler, entre otros medios.