Cultura

Diego Martín: «Nunca me he asfixiado por pensar 'tengo que ser algo y no lo soy'»

El actor Diego Martín ha vuelto a la ciudad a rodar la quinta temporada de 'Élite'. Con la excusa, hemos acabado hablando de todo un poco...

por Carolina Freire Vales

Diego Martín (Valladolid, 1974) vive de aquí para allá entre Madrid y París. Es una de las caras más conocidas de la televisión española, y la grabación de la quinta temporada de Élite –sí, habrá quinta temporada– le trae estos días por la ciudad. Pero no ha venido a hablar –sólo– de eso. Tampoco a contarnos si prefiere la televisión, el cine o el teatro. 

Viene a charlar sobre su profesión, tan incierta como la vida últimamente, y a recordar impases, paradas y desvíos. El hedonismo –«no perder esa posición de extrañeza frente al mundo, esa que lleva a maravillarse»– y el trato a la cultura en Francia y en España también se cuelan por ahí. 

Empezaste a estudiar interpretación con 21 años – ¿Cuánto tardó en arrancar tu carrera?

Yo empecé a estudiar teatro de manera muy amateur. No lo veía como una opción, pero tampoco el Derecho, que era lo que estudiaba. Luego las circunstancias se fueron dando para que debutase en una compañía profesional en el año 1995. Cuando me llamaron por primera vez de televisión –en el 99–, empecé a ver que era una carrera posible; cuando enlacé dos o tres trabajos. 

Se oye mucho eso de que ‘los jóvenes de hoy en día’ no tenemos paciencia, que buscamos el éxito inmediato. Tu profesión siempre ha tenido ese componente de esperar a que suene el teléfono y quería saber tu opinión. Un consejo incluso, si te animas

No, no; un consejo, Dios me libre. Tengo la impresión de que ahora se llega mucho antes a todo y es una parte que me angustia mucho, porque nunca he sido muy de amaneceres rápidos. Veo a actores y actrices de 15 años que ya tienen una formación, que lo tienen clarísimo. Yo empecé con 20 años y entonces no era ni de los mayores. Hoy empiezas tu carrera con 27-28 años y ya eres mayorcísimo. Creo que yo necesité ese periodo de maduración para que, cuando la vida decidió que fuese por esos derroteros, estuviese preparado.

De todas maneras, pertenezco a una generación cuyo camino todavía estaba muy pavimentado. Una carrera universitaria –independientemente de tu vocación– y, después, un trabajo o dos. Ahora es normal cambiar de trabajo. Aunque, en mi profesión, el camino que coge cada uno tiene mucho que ver con cómo te vienen dadas; reaccionas más que programas. 

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Diego Martín era Carlos en ‘Aquí no hay quien viva’. | Foto: Imdb

Por lo que cuentas, el tuyo no es uno de esos casos de «siempre quise ser actor». Si no desde siempre, ¿cuándo hizo clic?

La verdad es que no lo sé. Siempre me ha gustado muchísimo el cine y cuando miro atrás veo que ha sido muy formativo. Pero, no sé por qué, no daba opción a que alguien –o yo– pudiera estar ahí. Luego, mirando atrás, si puedes encontrar siempre miguitas de pan (por qué hacía esto, por qué me disfrazaba así…), pero todo empezó por una de estas casualidades de la vida. Entablé relación con la compañía de teatro de la universidad de Valladolid a través de una amiga y un día me dejaron ver una función entre cajas. Ahí note algo así como esto me apetece probarlo. Pero todo lo que significaba, no tenía ni idea. Tenía cero contacto con ese mundo. 

¿Qué rasgo de tu personalidad dirías que te ayudó más durante los momentos de impás?

Una buena dosis de paciencia. Cuando he querido algo nunca he sido de desesperarme, más bien de ir poco a poco. A toro pasado, no recuerdo con excesiva angustia el que fuese pasando el tiempo. Yo iba haciendo mis cosas y no me recuerdo muy asfixiado por decir «tengo que hacer algo o ser algo» y no lo soy. También recuerdo haberme puesto límites. Si a los 30 no veía posibilidad de futuro, pues a otra cosa. No soy nada de consejos, pero creo que hay que tener un plan B y un plan C, porque esto no es una cosa que dependa de ti. 

Hubo una época en que actores y actrices eran las ‘celebrities’ del momento, siempre envueltos en ese halo de glamour y misterio. ¿Te gustaría haberla vivido?

No sé… porque cuando las cosas me hacen soñar de una manera, me gusta ese statu quo. Cuando veo una película perfecta, no quiero actuar yo en ella. Me considero afortunado de haberla disfrutado como espectador y no quiero que nada cambie. 

Hay veces que las cosas tienen mucho más encanto cuando uno las consume que cuando ves la trastienda. Es verdad que esa época iba en consonancia con la importancia social del cine; era una de las pocas ventanas que tenía la gente para asomarse a algo que les hiciese imaginar, soñar, pensar. Ahora todo se ha diversificado mucho, por un lado, y por el otro se ha vulgarizado. Se han roto esas barreras de ver a los actores como algo inaccesible. 

¿Eres nostálgico en cuanto a la forma de concebir y crear la cultura?

Sí, sí. La nostalgia es uno de los ingredientes de mi forma de ser. Aunque no es que esté muy orgulloso de ella, porque la nostalgia puede ser paralizadora y peligrosa. Vivimos el momento histórico en que más ficción se ve, más historias se cuentan, pero no se cuida el envoltorio como se cuidaba antes. 

Soy nostálgico porque creo que hay bases que son necesarias para formarse como consumidor de cultura y como ser humano. Ahora hay que ir a buscar más y necesitas a alguien que te conduzca, y eso es un poco triste. Yo vengo de una generación que, aunque no quisieras, había cosas que se compartían per se, en casa. Si había una película los domingos, toda la familia veía esa película. Esa falta de alternativas permitía descubrimientos. Había un caldo de cultivo más general. Ya me ha ocurrido, eso de tener actores y actrices compañeros muy jóvenes que tienen unas lagunas escalofriantes en cuanto a referentes. Me cuesta pensar que vaya a haber una generación que no sepa quién es Hitchcock. 

Vamos, que en las series, capítulo por semana mejor que maratón, ¿no?

Bueno, es que al final uno es víctima de la sociedad en la que vive y me he pegado maratones igual que todos los demás. Pero sí que es verdad que había algo en que las cosas durasen y en ese tener que esperar a que la narración se aposente, sin que sea compulsivo. Somos un poco yonkis de ese consumo. 

Sí, y de poner el ‘tick’.

Sí, y es en todo. También a la hora de visitar una ciudad. Hacemos tick, tick, tick; visto, visto, visto. Antes, por inusual, todo marcaba mucho más. Y, además, siempre hay una vuelta de tuerca posible. Ya no es sólo devorar una serie. Si no engancha, la dejas a mitad…

O la pones en velocidad rápida.

¡Ya! Que exista eso me parece alucinante.

Diego Martín: «Nunca me he asfixiado por pensar 'tengo que ser algo y no lo soy'»

Foto: Eva Cubas | The Objective

Siempre se ha comparado –y últimamente mucho más– la forma de ver y de tratar la cultura en Francia y en España. Tú que tienes un pie en cada sitio, ¿ves esta diferencia?

Sí que la hay, y aunque todo el mundo está viviendo este mismo proceso a la vez, Francia todavía tiene elementos que la diferencian. Respecto a España, sigue siendo un país que mantiene una relación con su pasado, su historia y su literatura muy densa, muy difícil de destruir. Se nota en lo que estudian los niños en el colegio. Todavía hay maneras de hacer, desde muy pequeños, que para un español es sorprendente porque son contenidos humanísticos que, según tengo entendido, han desaparecido totalmente del sistema educativo español.

Y, bueno, el cómo se vive en general la cultura. El respeto que hay todavía por el detalle en el uso de la palabra, el uso de la inteligencia… Ellos te dirán que no, pero es un país que hasta en los círculos más mediáticos es muy común que haya sociólogos, filósofos, escritores, historiadores… La cultura, las letras, el cine son cosas con los que los franceses hacen poca broma. También me da la impresión de que allí la cultura está menos ideologizada.

Y, paradójicamente, esa forma de verla tiene su efecto en las políticas de Gobierno. 

Para una visión española, donde todo está atrincherado o tiene una bandera de un lado o del otro, allí hay bastantes cosas que están por encima de las ideas políticas. Todo el mundo arrima el hombro. En ese sentido, España da la sensación de ser un país a medio hacer. 

Contabas en una entrevista que te llama la atención lo distinto de la vida social aquí y allí. 

Allí hay mucha más costumbre de invitar a casa a tus amigos. Aquí, lo normal es quedar fuera. Yo tengo amigos muy íntimos cuya casa apenas conozco.

Puedes jugar un poco al sociólogo doméstico y encontrar cosas detrás de eso. Tenemos ese lado latino más acentuado de vivir hacia afuera. Lo vemos también en los gustos. A veces da la sensación de que tienen que tener un lado visible. Quizás en Francia el disfrute sea más íntimo. Aquí entras en un restaurante y todo el mundo sabe que has entrado. Allí las mesas están a tres milímetros y medio y es como si entre ellas hubiera una mampara infranqueable; tienes la sensación de que a nadie le importa tu conversación. 

Recibir a alguien en casa quiere decir que le estás enseñando cómo vives. Abres las puertas de tu intimidad y, al mismo tiempo, entra en juego esto del savoir vivre francés que es casi como un ritual y la gente le da mucha importancia al aperitivo, a sacar una bebida, a cocinar… a intentar dar siempre lo mejor de ti.

Y ahora que hablamos de placeres y maneras de vivirlos, ¿cómo te llevas con el concepto de ‘hedonismo’?

Pues tengo una muy buena relación con él [risas]. Para mí casi nada es indiferente. Pudiendo elegir algo que me plazca o que me despierte los sentidos, cuantos más mejor, lo hago. La cultura, la ropa, la comida, las casas… creo que a todo se le puede sacar brillo, conseguir que sea bonito en lugar de feo o que te diga algo en lugar de nada. 

Para mí el hedonismo no tiene tanto que ver con exprimir a fondo los placeres de la vida, sino con la curiosidad y el asombro. Con no perder esa posición de extrañeza frente al mundo, esa que lleva a maravillarse cuando las cosas son dignas de ello aunque puedan pasar inadvertidas. 

Creo que es una reflexión muy bonita, sobre todo porque esta actitud suele tacharse de frivolidad, y creo que hay una cierta hipocresía en ese juicio. 

Es otra vez esa paradoja. Somos un pueblo muy castrador con el disfrute. Ha habido siempre un poco de menosprecio al que se intentaba vestir con algo más de mimo, al que pretendía tener algo más de cultura. Nos cuesta aceptar el placer individual, privado; que alguien se pueda vestir, conducir un coche bonito o ir a un buen restaurante por su propio placer. Yo creo que es una forma estupenda de acercarse a la vida y de aprovechar lo que tienes. Siempre se le puede sacar punta a algo más allá de la mirada plana y seca. 

Carolina Freire Vales

Del salitre del norte y también del asfalto madrileño. Me metí en esto para saciar curiosidades, empezando por la mía.